Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/09/16 00:00

¿Por qué solo el oso andino?

En los centros de acogida de animales del país se pueden encontrar perros quemados, gatos mutilados y caballos con las costillas rotas por los golpes. ¿Por qué no hay una ley que penalice a los responsables?

¿Por qué solo el oso andino?

“El Congreso discutirá un proyecto de ley que busca aplicar condenas de hasta tres años de prisión y multas de 500 millones de pesos a quienes cacen o sometan a tratos crueles a los osos de anteojos, especie de los páramos que está en peligro de extinción”, dice un aparte de El Tiempo. Esa es, de hecho, una noticia para alegrarse de que empecemos a superar un atraso legal miserable, pero, se pregunta uno, ¿y por qué solo al oso de anteojos?

Por otra parte, la Unión Europea prohibió que gorilas, chimpancés y orangutanes se usen como experimentación y otra vez, ¿cuál será el criterio de selección? Año tras año se somete a torturas inenarrables a millones de animales en el mundo y no solo en nombre de la ciencia sino también por parte de las empresas cosméticas, de las multinacionales de productos de limpieza y de las grandes compañías armamentísticas. Aún los procedimientos loables como el desarrollo de las vacunas han sido denunciados repetidamente en muchos países, ya que la mayor parte de estos experimentos son innecesarios, convirtiéndose en excusa para obtener becas y financiación e ignorando los numerosísimos bancos de datos ya existentes. Adicionalmente, la mayor parte de los resultados no son extrapolables al organismo humano.

La argumentación sobre no matar animales se hace complicada. Si se mata para comer, se podría decir que finalmente también como seres humanos hacemos parte de la cadena alimenticia. En ese sentido se podría entender lo de no matar a las especies en vías de extinción pero la posibilidad de hacerlo con las vacas, por ejemplo. Pero me gustaría saber quién puede defender los llamados, en el Proyecto de Ley mencionado, “tratos crueles”. Es decir, una cosa es matar y otra es la forma de hacerlo. Creo que a todos nos han atacado con un correo de los que pasan de mano en mano y que reproduce un video de un hombre apaleando despiadadamente a una foca. Estos “empresarios” se ensañan con las más pequeñas (el 95% tienen menos de doce días) para que puedan defenderse con menos fuerza y luego, aun agonizantes, las ensartan en los ganchos con las que los arrastran. Me gustaría oír a alguien defendiendo ética o moralmente esa práctica.

Pero no hay que viajar hasta Canadá para enfrentarse con la faceta más oscura del ser humano. En un recorrido por los centros de acogida de animales del país se pueden encontrar perros quemados, gatos mutilados y caballos con las costillas rotas por los golpes. ¿Por qué no hay una ley que penalice a los sádicos que asumen que sus animales son propiedades contra las cuales pueden descargar libremente sus frustraciones?

Lo otro es la tradicional costumbre –en algunas culturas- de matar a los animales por placer. A mi modo de ver, eso se contradice con el mismo término de “cultura”, aunque los que tienen decoradas las paredes tipo Pablo Ardila seguramente defenderán esa triste afición.

Un socorrido argumento de muchos se refiere al por qué se adopta un animal y se le alimenta y cuida habiendo tantos niños con hambre en las calles. Pienso, simplemente, que son dos problemas distintos, dos tragedias simultáneas. Y que el Estado tiene que encarar este hoyo profundo en la legislación en el tema de la protección que hoy tocamos y que está en mora de asumir.

*Docente – Investigadora . Universidad Externado de Colombia.
b.vallejo@hotmail.es

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