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Opinión

  • | 1998/02/09 00:00

    POR QUE SUBE BEDOYA

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Digan lo que digan, resulta un fenómeno político muy sorprendente. El general Bedoya viene ganando terreno en las encuestas. Sea que realmente esté en el segundo lugar, después de Serpa, como lo revela la última encuesta de CM& y El Espectador; sea que aparezca de tercero o de cuarto, según otras, el hecho es que sube. Sin asesores de imagen, sin políticos a su alrededor, sin plata, sin publicistas, sin experiencia alguna en campañas, sin partido ni movimiento político alguno como soporte, Bedoya prosigue su asombroso ascenso. ¿Hasta cuándo? ¿Será, en este país tan versátil, tan caprichoso en sus simpatías y abandonos, un fenómeno apenas episódico como sucedió con Antanas Mockus? ¿Tocó techo ya el general? No lo sé, no lo sabemos. Como sea, la pregunta es oportuna; deben hacérsela también los restantes candidatos: ¿por qué sube Bedoya? No sé qué dirán al respecto los politólogos, que entre nosotros compiten con los astrólogos, con el Indio Amazónico y con Mavé en la lectura del porvenir. Yo me doy una explicación, que a lo mejor no será la de ellos. Es la siguiente. Lo primero que busca toda comunidad, y sobre todo una comunidad amenazada, es la seguridad. La seguridad es lo más esencial para cualquier individuo y para cualquier sociedad. Antes que su bienestar económico, lo que cuenta para un hombre es proteger su vida y la de los suyos. Sin ella, sin la vida, todo lo demás es baladí. Y sucede que en Colombia nadie, absolutamente nadie, a menos que se quede en su cama _y aún así_, tiene la vida segura. De nada sirve que el país se engañe, que huya de esta realidad atroz extasiándose con las hazañas de Rentería, con el reinado de belleza en Cartagena, con las corridas de Cali, con el carnaval de Pasto o con la Feria de Manizales: todo lo que haga, lo que beba y lo que baile, no destierra del consciente o del inconsciente colectivo la zozobra de vivir en el país más peligroso e inseguro del planeta. Inclusive la pobreza, que afecta de manera absoluta al 48 por ciento de los colombianos, pasa a segundo plano como problema. Huyendo de la inseguridad, buscando el amparo del Ejército o de la autoridad civil, 300.000 desplazados prefieren dejar lo poco que tienen porque su vida pesa más que dos cuartas de tierra, que un rancho o dos gallinas. Tal es la realidad del país. Los candidatos lo saben. Y por ello casi todos hablan de paz. Sin paz no hay seguridad. Es un anhelo de 37 millones de colombianos. Pero en esencia lo que se nos propone como medio de alcanzarla es un improbable: la negociación política con la guerrilla. El diálogo. Y sucede que el diálogo es un viejo remedio mil veces propuesto, mil veces intentado, sin resultado alguno, con las Farc y el ELN. Diálogo con desmesuradas comisiones de paz propuso Belisario; diálogo con Plan Nacional de Rehabilitación propuso Virgilio Barco; diálogo con revolcón y nueva Constitución propuso Gaviria; diálogo en todas las formas y con toda suerte de concesiones propusieron Samper y su ministro Serpa. Y nada se ha logrado. Nada, sino más asaltos, más secuestros, más sangre. ¿Por qué creer que ahora sí funcionaría? Por varias razones, se nos dice. Porque 10 millones de colombianos votaron el mandato por la paz; porque la comunidad internacional ejerce presiones; porque la guerra y el comunismo se volvieron alternativas anacrónicas en el planeta; porque los paramilitares están cerrándole espacios territoriales a la guerrilla. Bien, pero... ¿no serán de nuevo vanas expectativas? ¿Acaso antes del mandato no sabíamos ya que el anhelo de los colombianos era la paz? Y si juzgamos a la comunidad internacional por lo que dice el New York Times, nunca ella ha estado más despistada. (Ojalá los corresponsales de ese diario fueran a Urabá y otras zonas candentes. Verían que ese Ejército, llamado por ellos el más abusador del continente, es ansiosamente llamado por la población para protegerse.) Y, por otra parte, ¿cómo apoyar una esperanza de paz en la aparición y auge de ejércitos irregulares? Cuentos. Si nuestra seguridad depende del diálogo y el diálogo depende de la buena voluntad del cura Pérez, Tirofijo y el Mono Jojoy, estamos fritos. Tendremos en los próximos cuatro años más de lo mismo. Promesas, ilusiones, retórica pacifista... y sangre. De ahí que un número creciente de electores tenga la tentación de buscar la alternativa hasta ahora inédita de la firmeza, representada por Bedoya. Y si esa firmeza, no sólo contra la guerrilla sino también contra el narcotráfico y la corrupción, la ofrece un general ajeno a los vicios políticos, resulta explicable su ascenso.Pese a que Santos articuló una propuesta de paz más consistente, Serpa pone toda su convicción en el diálogo. Mal que bien, se ha hecho dueño de esta bandera. El y Bedoya defienden alternativas opuestas con igual vehemencia. Son rotundos, fácilmente perceptibles. Dentro de esta polarización, las soluciones intermedias, las de Noemí y Valdivieso, por ejemplo _consenso, autoridad, diálogo, acción social en dosis equivalentes_, resultan, tal vez injustamente, vaporosas. Un médico que oscila entre varios diagnósticos y remedios deja dudas en el enfermo. La cautela de centro hoy defrauda. ¿Se darán cuenta? Las encuestas están privilegiando opciones claras y tajantes. Y por eso, creo yo, sube Bedoya.
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