Martes, 25 de noviembre de 2014

| 2013/04/08 00:00

¿Por qué el uribismo le teme a la paz?

Una nación en paz es inconveniente para esa corriente política. Su pensamiento militarista no concibe otro mundo que el de la guerra. ¿Hasta cuándo tendremos que soportarlo?

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La mejor manera de contrarrestar el discurso a favor de la guerra del expresidente Álvaro Uribe Vélez y sus seguidores es firmar unos acuerdos de paz, sólidos y duraderos, con las guerrillas de las Farc y el Eln. De esa manera se desactivaría su “enemigo”, aquel que tanto le da valor para rechazar las conversaciones en La Habana, Cuba, instigar a los colombianos para no apoyarlas y perpetuar la confrontación armada.

La actitud belicista de Uribe Vélez tiene su origen en la venganza. A su padre lo mataron, supuestamente, facciones de las Farc. Desde ese momento se convirtió en una obsesión esa organización insurgente y todos aquellos que, arbitraria e ilegalmente, considera sus apoyos. Ese ánimo revanchista, que lo asumen sus seguidores y se apalanca en los diversos fracasos de los acercamientos de paz entre algunos gobiernos con ese grupo armado, tiene de fondo una razón concreta: la destrucción del “enemigo”. 

Y las estrategias de eliminación de ese otro que se considera “enemigo” es quizá lo que le gusta al Uribismo, en tanto crean escenarios donde no opera el Estado de Derecho sino la excepción a las normas, en las que priman la hegemonía de las instituciones castrenses, las violaciones de los derechos humanos, la impunidad y la corrupción. Las evidencias son claras cuando se revisan las actuaciones y discursos de Uribe Vélez durante sus periodos como Gobernador de Antioquia (1995 – 1997) y Presidente de la República (2002 – 2006 y 2006 - 2010).

La defensa que constantemente hace Uribe Vélez del estamento policial y militar, sus “soldados de la patria”, es una manera de reforzar la militarización de la conciencia ciudadana ante una sociedad “amenazada” por la insurgencia armada que, paradójicamente, las propias autoridades la presentan cada vez más débil. El miedo entonces es su principal arma y con ella cautiva a buena parte del electorado. Una vez se alcance una paz sólida y duradera, perderá sustento la doctrina guerrerista del Uribismo.

Pero la paz no solo deslegitimaría ese pensamiento, también daría pie para cambiar las lógicas presupuestales y jurídicas del estamento castrense. En la guerra, son los que mayores privilegios tienen. En nuestro país pobre, el incremento en defensa, año a año, ha llegado a niveles exorbitantes, lo que hace que altos oficiales vivan en sus cuarteles en medio de grandes comodidades y codeándose con las altas clases sociales de las ciudades.

Lo interesante de una nación en paz es que los billonarios recursos destinados a la defensa nacional pasarían a otras carteras, con lo que se podría lograr una mayor inversión para atacar los grandes problemas sociales que tiene el país. Cambiaría entonces la lógica presupuestal de manera sustancial. En tiempos de paz las Fuerzas Armadas deberán reducirse, por lo tanto sus gastos también, y lo que les dolerá más aún, llegarán a su fin los privilegios. En esa ecuación, subyacen varios motivos de peso para que sectores belicosos, como el Uribismo, odien la paz. La guerra es su negocio.

Uno de los aspectos que más se ha visto afectado durante los años de guerra en este país es el de la justicia. La impunidad, sobre todo para aquellos delitos cometidos por sectores del Estado y por agentes paraestatales, ha sido garantizada para acabar con el “enemigo”, representado tanto en aquellos de la izquierda civilista como la armada. 

Al momento de someterse a la Ley de Justicia y Paz, muchos paramilitares no tenían procesos pendientes con la justicia, fue a través de sus confesiones que se abrieron expedientes sobre decenas de crímenes. Lo paradójico es que el Uribismo alega que al proceso con las Farc lo rodea la impunidad. Ya lo ha dicho uno de sus máximos exponentes, Francisco Santos: “No acepto un proceso de paz con impunidad”.

¿Y acaso la impunidad no fue la garantía para que las fuerzas paramilitares actuaran a sus anchas en el país? ¿Y no se sacrificó una porción de justicia para lograr leyes que permitieran su desmovilización, reflejadas en la pena alternativa de 5 a 8 años? ¿Y por qué sí tuvimos que aceptar un proceso con tales garantías con los paramilitares?

Es curioso cómo el Uribismo ataca el proceso de paz aludiendo a las víctimas de la guerrilla. Vuelvo a las palabras de Francisco Santos: “No acepto un proceso de paz en el que las víctimas no sean el centro prioritario de la negociación”. ¿Y acaso las víctimas del paramilitarismo pasaron por Santa Fe de Ralito y se sentaron a la mesa con el Estado Mayor de las AUC? ¿Durante el proceso de negociación con los jefes paramilitares se contempló su asistencia y participación?

Es interesante que los uribistas expongan sus ideas sobre el proceso de paz en La Habana y expresen sus miedos. Cada frase que digan podrá usarse en su contra; muchas de ellas conducen a revisar sus actuaciones, en las que se siente el olor a pólvora. Para ellos, la guerra se convirtió en un sistema alrededor del cual debemos girar eternamente, por eso la alimentan, deslegitimando cualquier iniciativa que vaya en contra de su superación. ¿Es eso justo con un país que busca ser más incluyente y próspero?

En el odio del Uribismo hacia la paz que se intenta gestar con las Farc, y espero que, posteriormente, con el Eln, subyace una apuesta por la destrucción total del “enemigo”, menospreciando la Constitución Política que, en su artículo 22, consagra que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”; además, el parágrafo 6 del artículo 95 establece que son deberes de la persona y el ciudadano “propender al logro y mantenimiento de la paz”.

La paz es un imperativo en estos momentos de negociación; lo urgente es hacer pedagogía, para que el país entienda el proceso con las Farc y no se deje llevar por cantos de sirena que invitan a la guerra. El miedo del Uribismo no puede convertirse en una bandera nacional.

* Periodista y docente universitario

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