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Opinión

  • | 2003/05/12 00:00

    ¿Por qué el voto preferente?

    El presidente de la Cámara de Representantes, William Vélez Mesa, escribe sobre el voto preferente, al que califica como un "instrumento imprescindible de la reforma política" para realizar una verdadera reforma de los partidos políticos.

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No basta con estructurar partidos políticos fuertes, compactos y disciplinados -objetivo central de la reforma política-, es preciso democratizarlos. Nada habremos ganado conformando un escenario de unas 10 organizaciones partidistas importantes, si mantenemos inalterado el poder autocrático de sus jefaturas y la "ley del bolígrafo" al momento de escoger candidatos y listas. La falta de democracia interna de nuestras formaciones políticas condujo a su actual estado de disolución. Para construir un sistema de partidos democratizados, el voto preferente es instrumento imprescindible de la reforma política. Democracia interna significa el derecho de los ciudadanos rasos -militantes y simpatizantes del partido- a decidir con su voto, en algún momento del proceso eleccionario, quiénes integrarán la lista de candidatos y el orden de ubicación de los mismos en ella, a efectos de determinar su vocación elegible. Significa que el elector primario, la base del partido, dispone de un mecanismo para defenderse contra el poder de las maquinarias internas. La soberanía real del elector puede asegurarse de varias maneras: la democracia estadounidense inventó el mecanismo de "elecciones primarias", para que los militantes (y a veces a todos los ciudadanos), en el ámbito del respectivo estado o distrito, unjan a sus candidatos. En Europa, en un contexto de partidos organizados y jerarquizados nacionalmente, se han ensayado dos maravillosos instrumentos: las "listas abiertas", que permiten al ciudadano confeccionar su propia lista al momento de votar, mezclando integrantes de diferentes opciones partidistas postuladas (panachage); y las "listas cerradas pero no bloqueadas", es decir el voto preferencial, que permite al elector, además de votar por la lista de su predilección, seleccionar dentro de ella a uno o varios candidatos que merecen su confianza para representarlo. El voto preferencial goza de buena acogida en el derecho electoral comparado: fue utilizado en el constitucionalismo francés de la segunda posguerra (desde octubre de 1946) y tiene vigencia en Finlandia, Países Bajos y Austria. Entre nosotros lo ha ensayado Perú desde 1978. En la ciencia política, el voto preferente es una modalidad del "voto ordinal", como alternativa al tradicional "voto absoluto" que sólo permite un acto de adhesión y fe incondicional en el aparato del partido. El voto ordinal, en cambio, le permite matizar su opción electoral, expresar una preferencia más compleja y cualificarla. A decir del profesor español Francisco Fernández Segado: "Con el voto preferencial recupera el elector una capacidad de iniciativa que no sólo puede traducirse en una mayor representatividad (calidad de la representación), sino en una más aquilatada ponderación de las distintas corrientes existentes en un partido" (Estudios sobre Derecho Electoral, Ediciones Jurídicas, Lima, 1997, p. 64). Sería candidez aspirar a que nuestros partidos desmontaran de la noche a la mañana el inveterado poder autocrático de sus maquinarias. Que las listas no sean elaboradas en convenciones amarradas sino por la participación directa de la base ciudadana del partido, supone, como condición necesaria, una militancia identificable, carnetizada o registrada en la organización electoral, lo cual no se advierte dentro del horizonte de nuestras posibilidades inmediatas. No queda sino el voto preferente, como única alternativa viable para restablecer la relación directa (no mediatizada por la maquinaria) entre el elector y el elegido. El ciudadano ganaría así un derecho político adicional al de votar por el partido de su corazón: emitiría un segundo voto a favor de uno o varios integrantes de la lista que merecen su confianza. Con lo cual habríamos rescatado algo del sello personalizador que hizo plausible al hoy eclipsado sistema de representación uninominal. El riesgo de que el voto preferente reedite la operación avispa (por la vía de la individualización de candidaturas) y agudice las rivalidades entre aspirantes de una lista, puede ser conjurado mediante reglas estrictas de respeto mutuo, juego limpio e igualdad entre ellos. Desde otra perspectiva, el voto preferente puede aportarnos un marco atractivo para la reunificación intrapartidista de vertientes hoy en discordia. De allí que se justifique ensayarlo, siquiera a manera de fase de transición entre la desbordada fragmentación de los partidos en cientos de listas, y el ideal de partidos compactados, de lista única y con democracia interna plena. ¡Que el procedimiento de sufragar se torna excesivamente complicado! Tal vez, pero es una dificultad puramente operativa, superable con buena pedagogía ciudadana. En todo caso, no será más engorroso que encontrar una "lista" (léase un rostro) en el caótico tarjetón de 326 candidatos para Senado. La falta de capacidad intelectual del pueblo no puede seguir invocándose sempiternamente como argumento para desaconsejar la ampliación de la democracia. Si nuestro ciudadano está aprendiendo a manejar hasta cinco complicados tarjetones en una misma elección, puede también manifestar su preferencia dentro de la lista que quiere apoyar. * Presidente de la Cámara de Representantes
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