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Opinión

  • | 2014/10/12 00:00

    Porque creer en Dios es fácil, #Soy[in]capaz de amarlo

    Dudo mucho que una campaña publicitaria como #Soycapaz, más allá de mostrar a un grupo de señores ricos solidarizándose con un grupo de víctimas que vive en un barrizal en cualquier otra parte del país, contribuya en algo a la paz.

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No son nuevas las declaraciones de Stephen Hawking. Ya en otras oportunidades nos lo había dicho: Dios no existe. Es solo una ilusión que nos ha servido para organizarnos y depositar esperanzas. Su ateísmo no obedece a un arranque emocional sino a una larga reflexión sobre el gran diseño matemático del mundo y las condiciones en que surgió la vida en el Universo. Hace poco, Antonio Muñoz Molina, ese gran novelista español, afirmó en uno de sus artículos que “el Dios del Antiguo Testamento es quizá el personaje más inquietante y aterrador que ha creado la literatura”. En palabras más sencilla, es un personaje de ficción, salido de la mente febril de un fabulador, así como Melquiades fue el resultado de la desbordada imaginación de García Márquez.

Particularmente, no creo en el cielo y el infierno como esos lugares donde la gente va cuando muere. Nadie, que yo sepa, ha regresado para contarnos su experiencia. Decir que la Biblia es un conjunto de relatos míticos que tiene como objetivo el control social, es ya, de por sí mismo, un lugar común. La magia sigue siendo hoy tan importante para el hombre moderno como lo fue para nuestros lejanos antepasados. De ahí quizá la importancia de creer en un lugar que está más allá de esta vida, más allá de los límites de nuestras acción. Un lugar que, por cierto, no ha evitado que nos matemos e inventemos guerras para invadir y dominar a nuestros vecinos.

Dudo mucho que el Dios del Antiguo Testamento sea un ser amoroso, pues lo que siempre nos ha dejado ver es su profunda ira. Su estructura mental sigue siendo la de un dictador, un anciano caprichoso que tiene mucho de Al Gadafi, Idi Amin, Stalin y ese otro amplio abanico de reyezuelos bananeros que han conformado la historia de nuestra América Latina. Como buen dictador, es pragmático: “el que no está conmigo, está contra mí”. Escoge a un pueblo como su favorito y todos los demás entran en la lista de enemigos.

Si es cierto que es un dios de ficción, como lo asegura Muñoz Molina, y que hace parte de las creencias nacionales, como lo fueron los temibles e iracundos dioses de la Antigua Grecia, sus postulados han ejercido sobre la Humanidad una influencia tan poderosa que han permitido la organización teocrática de muchos naciones. Una muestra de ello es la ordenación jerárquica, esa pirámide discriminatoria donde Dios es la punta de la estructura y todo lo demás, necesariamente, está por debajo de él.

Al replicarse esta organización, la base de la pirámide quedó excluida, aunque luego haya dicho, en una intención de emparejar las cargas, que los últimos serán los primeros, excusa que nos ha permitido intuir que detrás de su enigmática figura hay todo un  fabulador, un ser que ama la ficción como todo novelista.

Como buenos católicos, como un pueblo cuyo fundamento es la religión, nos fascinan las fábulas y los cuentecitos de ficción. Nos encantan las historias con finales felices aunque la realidad nos esté diciendo otra cosa. Nos emboba escucharle decir al Presidente de la República que “la paz entre los colombianos está más cerca que nunca”, “que una vez firmado los acuerdos con las Farc, la gran inversión económica destinada a la guerra será para los menos favorecidos”,  “que en el  último trimestre el desempleo cayó 0.3 % con relación al trimestre anterior”.

Nos gusta, sin duda, creer en algo. Asir, al menos, la ilusión  de  una esperanza para no quedarnos colgado de la brocha. Creer que una vez firmado el documento de los acuerdos con los hijos de Marulanda, Colombia será un remanso de tranquilidad donde los ríos de leche y miel se desborden y cada uno reciba lo que le corresponde es apenas un sueño loable después de más de cincuenta años de plomo y varios millones de muertos. Pero la realidad nuestra es mucho más profunda y compleja de lo que dice el Presidente y nos hacen ver los noticieros de televisión.

Por eso, dudo mucho que una campaña publicitaria como #Soycapaz, más allá de mostrar a un grupo de señores ricos que vive en el norte de Bogotá solidarizándose con un grupo de víctimas que vive en un barrizal en cualquier otra parte del país, contribuya en algo a la consecución de la paz. Me pregunto si estos señores de traje y corbata y zapatos relucientes como espejos “son capaces” de desprenderse  de los 35 mil  millones dólares que, en los últimos veinte años, Bill Gates ha donado a distintas instituciones y causas sociales del mundo.

Ya lo había dicho Baudelaire: “creer en Dios es fácil, lo difícil es amarlo”. De nada vale que estos señores vayan todos los domingos a misa, se maltraten unos minutos las rodillas y contribuyan con unos billetes a la iglesia si luego, como miembros de la Andi, se niegan rotundamente a subir el salario básico de los trabajadores a 900 mil pesos, cifra ridícula de la cual estoy seguro no les alcanza a ellos para la gasolina del carro, pero que consideran elevadísima para una familia de cuatro miembros que además de pagar arriendo y llevar los niños a la escuela tiene que asegurar el transporte diario.

Hace pocos días, Carolina Sanín publicó en su cuenta de Facebook lo siguiente: “Los profesores de instituciones educativas privadas suelen tener derecho a que sus hijos se eduquen gratuitamente en el plantel en el que trabajan. Una propuesta modesta para promover la integración social [sería] que los profesores que no tenemos hijos podamos designar a un niño o a un joven que no pueda pagar la matrícula —y que pase los exámenes de admisión, etc.— para que se beneficie de nuestro derecho y estudie gratuitamente en la institución para la que trabajamos”.

La idea me pareció genial, una prueba de si las universidades privadas como la de los Andes, Javeriana o Externado “son capaces” de democratizar sus políticas y contribuir con un acto tan sencillo a la paz del país.

No necesité pensarlo más de treinta segundos para llegar a la conclusión de que lo de Carolina estaba más cercano a un deseo que a una posibilidad. “Se necesita de un milagro para que le den vía libre a una propuesta como esa”, le respondí.

Prometer es fácil, y hablar también, pero cumplir lo prometido no lo es tanto. Vainas de políticos #incapaces en campaña, sin duda.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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