Domingo, 21 de septiembre de 2014

| 2013/08/24 19:00

¿Porqué miles de personas abandonan la Iglesia Católica?

por Silvia Parra

A menos que la Iglesia Católica adopte una actitud más generosa hacia los divorciados, perderá la lealtad de las futuras generaciones.

Foto: SEMANA.

El asunto no es si las parejas divorciadas pueden recibir la sagrada comunión, sino cómo puede la Iglesia ayudar en situaciones familiares complejas. Tristemente, si le preguntamos al azar a 20 amigos nuestros, mínimo diez de ellos han sido divorciados o son hijos de padres divorciados. Esto quiere decir que si  usted se divorció porque su cónyuge, por ejemplo, le fue infiel y decidió apostarle nuevamente a un matrimonio sano y feliz en un entorno espiritual católico, acúsese inmediato de “pecador “porque ya lo es para su Iglesia, por lo tanto, será vetado a recibir la comunión eucarística y si estaba pensando pedirle al sacerdote de su barrio una “bendición de anillos”, ni se le ocurra porque saldrá de inmediato a cumplir penitencia.

Es evidente la insatisfacción para los fieles que viven esta situación y se sienten incomprendidos, juzgados, condenados y excluidos, a pesar de seguir creyendo en la misericordia de Dios y de desear vivir en el seno de su iglesia. Esas familias católicas en situación “irregular”, pese a asistir a la misa dominical, al no encontrar respuestas ni el soporte adecuado deciden abandonar la iglesia. La peor situación la viven los hijos de los divorciados y vueltos a casar, que con frecuencia permanecen ajenos a una vida cristiana por la no participación de sus padres en la iglesia. Y son ellos, con un gran vacío espiritual, los que en el futuro terminarán divorciándose. Y así se torna en un círculo vicioso. Padres divorciados, alejados de la iglesia, hijos alejados de la iglesia, futuros padres divorciados.

En l 2012, en Colombia, se triplicaron los divorcios, y en el primer trimestre de este año ya fueron reportadas 3.700 rupturas, según la Superintendencia de Notaría y Registro.

Es una clara muestra de que los vínculos humanos hoy son mucho más frágiles, los niveles espirituales están bajos y no hay quién los llene. 

Nuestra Iglesia católica se ha vuelto vieja, los templos son grandes pero vacíos, la burocracia eclesiástica aumenta y los ritos religiosos y la vestimenta son ostentosos. 

La “oficina” se ha catequizado antes de evangelizar, el sacerdote actúa mas como un administrador que como un líder espiritual, por eso muchos católicos no viven su fe al máximo, sólo asisten a la misa en Navidad, Semana Santa, y en alguna celebración de bautismo, boda o funeral. Allí están las consecuencias, en Latinoamérica casi 3,5 millones de católicos se van a otras iglesias. Los feligreses se sienten abandonados, no se trata sólo de dar los sacramentos, ¿dónde está el acompañamiento?

Mientras en otras religiones se tiene una atención más personalizada, el sacerdote actual maneja masas. Un sacerdote puede llegar atender 30.000 o 40.000 habitantes, cuando en otros grupos es una persona para 30 o 40 personas. 

Los feligreses que tambaleamos exigimos un cambio, una transformación radical, necesitamos vitalidad y dinamismo en los cultos, personalización del servicio, replantear no soólo el trato a los divorciados, sino también el celibato sacerdotal, el papel de las mujeres en la iglesia, las madres solteras, la homosexualidad, el control de la natalidad, posturas que con seguridad espantaron a muchos fieles. 

Y así lo reconoce el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), al aceptar que según estadísticas, por día, 10.000 personas abandonan la Iglesia católica en Latinoamérica

Aunque tenemos un papa renovado, más humano y vital, la iglesia sigue perdiendo creyentes, está en manos de Francisco desempolvar el manual de la vieja estructura de la Iglesia católica, arrancar unas cuantas páginas y reescribir el futuro que llevará a que, por lo menos mis hijos y demás generaciones, estén cobijados o no por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana

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