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Opinión

  • | 2014/09/30 00:00

    Porque te quiero, te mato

    El número de tragedias pasionales con toda seguridad se incrementará para el año en curso, así lo vienen mostrando los titulares de prensa.

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Con el paso de los días la ocurrencia de crímenes pasionales viene en aumento en una proporción que invita a preguntarse a qué obedece que esta modalidad de asesinato tenga ahora tantos practicantes o ‘afectos’.  
 
Para citar los dos casos más recientes en Colombia, en Pereira un vendedor de carros mató a sus dos pequeños de 2 y 4 años de edad y luego se suicidó, y en Vélez otro individuo, en un ataque de celos, hizo lo mismo tras disparar sobre su esposa, su hija de 14 años (en la boca) y el hijo menor, de 7 años. Mientras tanto, desde el otro lado del género una eminente médica colombiana del MD Anderson Cancer Center (Houston, Texas), Ana María González, es condenada a diez años de cárcel por envenenar al también médico George Blumenschein, con quien sostenía una relación de sexo casual a pesar de que este tenía novia.
 
Aunque no fue posible encontrar estadísticas claras sobre el crimen pasional, un informe de Medicina Legal sobre el comportamiento del homicidio en el 2013 muestra que de los solamente 3.780 casos en los que se pudo establecer el motivo (entre los 14.294 ocurridos ese año), el 48,28 % correspondió a “violencia interpersonal impulsiva”. Y de los 110 casos que se presentaron específicamente de “violencia de pareja”, en 97 casos las víctimas fueron mujeres y sólo en 13 casos fueron hombres.
 
En este contexto lo ocurrido con Ana María González sería una excepción a la regla, sólo que bien llamativa, por tratarse de una de las más importantes oncólogas de Estados Unidos y porque su conducta se ajustó con ‘fidelidad’ a la atracción fatal que expuso la película del mismo nombre, en la que un encuentro clandestino entre el abogado neoyorquino Dan Gallagher (Michael Douglas) y una madura pero atractiva Alex Forest (Glenn Close) desarrolla en esta última una obsesión que termina en tragedia.
 
Son precisamente tragedias pasionales las que con mayor frecuencia se vienen presentando en Colombia, y las cifras de Medicina Legal con toda seguridad se incrementarán para el año en curso, así lo vienen  mostrando los titulares de prensa. Sea como fuere, llama la atención su incidencia cada vez más alta sobre mujeres, en lo que ahora se conoce como “feminicidio” y sin que la palabra homicidio represente el antónimo, por cuenta de la también en boga inclusión idiomática de género.
 
En busca de una palabra que dé explicación a lo que viene ocurriendo, encontramos dos: liberación femenina. Es un hecho indubitable que en los últimos 30 años, de algún modo contagiadas por el hipismo de los años 70 y su revolución del amor libre, mujeres de todos los confines del planeta han desencadenado una revolución sexual que está afectando profundamente sus relaciones con los hombres.
 
Se trata de una cita a la que muchos ‘machos’ llegaron tarde porque se niegan a entender que la mujer ha ocupado unos espacios en los que antes desempeñaba un papel de sumisión o inferioridad, los cuales van desde el ámbito laboral hasta la conquista de su propia libertad sexual (todo ello ligado a la práctica de su derecho a la felicidad), mientras que un sentimiento atávico de posesión machista impulsa al sexo opuesto a impedirlo. En Colombia el fenómeno se ha venido presentando con especial crudeza, por cuenta de unas estructuras de pensamiento arcaicas ligadas incluso a dogmas religiosos, donde la mujer le debe obediencia, sometimiento y fidelidad al hombre.
 
Hay casos de casos, claro está: está el del celoso patológico Samuel Viñas, que en Barranquilla, durante  la celebración del Año Nuevo, asesinó a su exesposa, Clarena Acosta, delante de sus hijos (pero el muy cobarde no se suicidó), hasta el del rey de burlas que después de 20 años de matrimonio descubrió que su señora mantuvo relaciones íntimas con tres de sus amigos, y al enterarse se debate entre matarla, suicidarse o dejarla, y escoge la tercera opción, para salvación de todos los involucrados.
 
Según Françoise Giroud (Hombres y mujeres, Editorial Planeta), “el drama de los celos consiste en que mientras más vigilada y espiada se halla una, más se ahoga y más tentada se siente a alimentar la sospecha”. A lo cual responde en el mismo libro el pensador Bernard-Henri Lévy, ubicando la discusión en un contexto humano, demasiado humano: “Desde que hay amantes, hay celosos. Y los celos son inconfesables. Y hay hombres, eventualmente filósofos, que estrangulan a su mujer”.
 
Se trata de un fenómeno cuyas raíces son incluso étnicas, pues en Occidente seguimos atados a una moral judeocristiana que subyace en el inconsciente colectivo y le teme al “poder desmesurado del placer femenino”. Al respecto dice la Giroud que “si se dejara actuar a la mujer, agotaría la energía del hombre”. De otro lado, es sabido que los chinos –y las chinas- tienen una vida erótica más intensa y refinada, quizá debido a que ignoran la noción de pecado. Para no hablar de los esquimales, quienes no conocen los celos y por tanto, cuando un extraño llega a su iglú, lo más refinado de la hospitalidad es prestarle la mujer.
 
Hay que hacer el llamado a la serenidad sobre todo a los varones, pues son esos condicionamientos culturales incorporados como un chip a estereotipos machistas los que a veces convierten a un hombre culto y respetado en un asesino, por culpa de una ‘canita’ que quiso echarse su mujer, cuando la solución al problema pudo haber estado en tomarse unos días de descanso en Groenlandia, donde abundan los iglúes.
 
DE REMATE: La lluvia de amenazas que se ha desatado contra líderes de izquierda y defensores de Derechos Humanos parecería el coletazo de una bestia herida. Como llamativa coincidencia, los más amenazados son quienes más duro han hablado contra Álvaro Uribe.
 
En Twitter: @Jorgomezpinilla
http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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