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Opinión

  • | 2007/03/25 00:00

    Preguntas sin respuesta

    ¿Era realmente tan estrecho el espacio para hacer política en regiones como Cesar sin involucrarse con los paramilitares?, es una de las preguntas que se hace Diana Quintero.

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La discusión sobre el tema de la para-política se ha concentrado, tanto en el nivel nacional como local, en un debate de “nosotros contra ellos”. Costeños contra cachacos, amigos del gobierno contra opositores, el presente contra el pasado, en fin. Esto no es sorprendente. Es más fácil reaccionar impulsivamente que controlarse, pensar y argumentar. Sin embargo, la polarización elimina la creatividad, cierra puertas y nos postra en esas eternas discusiones llenas de prejuicios a las que nos hemos acostumbrado. Así, terminamos enfrascados en fortalecer las diferencias, negándonos la oportunidad de encontrar puntos en común hacia el futuro.

En general, el debate hasta el momento ha sido estéril porque ignora las causas y la evolución de un proceso de degradación de las instituciones en el país. Por supuesto, hay que encontrar y juzgar a los culpables, pero es crucial que hagamos una reflexión profunda de lo que nos trajo a este momento. Concentrarnos en discutir si es una familia, una sola región, o sólo los uribistas, nos desvía de lo importante. Dejemos que la justicia haga su trabajo, y mientras tanto, tengamos un diálogo informado y ajeno a las mezquindades de turno.

El destape de los vínculos entre la política y los paramilitares, que ha llevado a ocho congresistas a la cárcel recientemente, es un reflejo de un largo y complicado proceso de oportunismo, miedo e indiferencia. Del cual todos los colombianos hemos sido víctimas y a la vez cómplices. Se podría decir que algunos no sabían, otros sabían pero no les importaba, y otros, aunque sabían, decían que no había nada que se pudiera hacer (por cobardía, conveniencia o conformismo). Además, no se trata de un hecho aislado, y mucho menos de unas pocas manzanas podridas. Recordemos que el fenómeno del paramilitarismo surgió como un remedio equivocado y de corto plazo a un problema de falta de Estado en algunas regiones del país. La desesperada necesidad de protección de la vida, de los bienes y del estatus nubló el panorama y desvió la atención. Se sumaron al problema el narcotráfico, la búsqueda de poder político y económico y nuestra incapacidad en las regiones para atacar el problema de raíz. Terminamos así con un remedio que se salió de las manos y empeoró la enfermedad.

Por supuesto, las terribles consecuencias de haberle declarado una “guerra privada” a la guerrilla, sin la fuerza legítima del Estado, no las vivieron aquellos que tomaron la decisión y que aportaron recursos para crear grupos de autodefensas. Hay una cara humana del país que ha vivido por muchos años en medio del conflicto, la pobreza y la falta de oportunidades. Para muchos de ellos, quienes han tenido que salir corriendo de sus casas y pueblos, dejándolo todo para proteger su vida (muchas veces sin éxito), ésta es una guerra sin sentido, pero no tienen otra opción que vivirla día tras día.

Mientras entre los privilegiados nos culpamos los unos a los otros, son las víctimas silenciosas de la guerra a quienes deberíamos estar escuchando, involucrándolos en el debate y compensando por los errores del pasado.

Hoy tenemos la oportunidad de enderezar el camino. Empecemos por hacernos preguntas en lugar de apresurarnos a dar respuestas. Se me ocurren algunas: ¿Qué dinámicas institucionales hicieron posible el surgimiento y posterior fortalecimiento del paramilitarismo en el país? ¿Qué papel desempeñó la clase política en ese momento? ¿Por qué crear grupos de defensa privada fue considerada una mejor solución que, por ejemplo, movilizar la clase dirigente en Bogotá y las diversas regiones para fortalecer el Ejército y la Policía? ¿Qué tan dañino ha sido el estrecho vínculo entre elites políticas y elites económicas? ¿Había alguna motivación oculta (como narcotráfico, mayor concentración de poder y acumulación de riqueza) en la decisión desesperada de protegerse? ¿Era realmente tan estrecho el espacio para hacer política en regiones como Cesar sin involucrarse con los paramilitares?

Como colombiana y en particular, orgullosamente vallenata, estoy convencida de que todas estas son preguntas cuya respuesta es dolorosa e, incluso algunas veces, demoledora. Lo que las hace aún más relevantes. Si tuvimos los pantalones para armarnos entre unos pocos, beneficiarnos de ello y quedarnos callados, tengamos hoy la entereza de asumir nuestras responsabilidades y dar respuestas a tantas preguntas que quedan en el aire. ¡Bienvenidas sean más aperturas a esas cajas de Pandora todavía escondidas!

No cometamos los mismos errores de anteriores experiencias: No desviemos la atención y no permitamos que otros la desvíen. Recordemos que detrás de los titulares de prensa, de las fotos de las celdas de los congresistas y de las riñas políticas e institucionales, hay un país que quiere paz. Dejemos de mirar a un lado cuando en el pueblo cercano hay cientos de personas sufriendo las consecuencias de la guerra. Dejemos de proteger nuestros privilegios. En fin, hagamos un debate productivo, con argumentos objetivos y sin culpar a los demás, buscando soluciones reales y no fáciles a nuestros problemas.

No sólo con balas se gana la guerra. Para tener una paz duradera tenemos que empezar por revaluar nuestros valores y quehaceres, tanto en el nivel local como nacional. Ojalá aprovechemos el momento para escucharnos unos a otros, creando los puentes necesarios para tener un país sin guerra.
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