Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/01/16 10:00

Presidente: no cambie la fecha del 23 de marzo

No tiene sentido hacerle caso a las tácticas dilatorias de las FARC.

Alfonso Cuéllar

Del afán sólo queda el cansancio. Esta frase de cajón parece ser el verbo rector de la estrategia de las FARC en sus conversaciones con el gobierno. Convirtieron una negociación “de meses” – según le prometió el presidente Juan Manuel Santos a los colombianos en septiembre de 2012- en una de años. (Se cumple el cuarto aniversario en febrero). En sus declaraciones públicas, que emiten diariamente como un reloj, resaltan la complejidad de los temas y justifican la demora en llegar a un acuerdo con otra frase de cajón: una guerra de medio siglo no se resuelve en unos pocos días y semanas (se ha dialogado con la guerrilla desde 1984). Piden paciencia e insisten en su buena voluntad de finalizar el conflicto y el “derramamiento de sangre lo antes posible”.

Esa avidez por una solución ágil, rara vez se ha reflejado en la mesa de La Habana donde proliferan las anécdotas de tácticas dilatorias de las FARC, de la reapertura de temas presuntamente resueltos una noche y que en el amanecer ya no cuentan con el visto bueno de la guerrilla. Nada refleja mejor esa maña que la decisión desde el primer día de designar a alias “Jesús Santrich”, miembro del estado mayor, como el revisor principal de los textos acordados entre las partes. “Santrich” es prácticamente ciego. Es diciente que de todos los roles que podría desempeñar le hubieran designado esa función: de garantizar que los puntos quedaran sobre las íes.

El pasado 13 de enero, vía Twitter, las FARC nuevamente mostraron su desfachatez. Alias “Iván Márquez” dijo: “insistir en el 23 de marzo como fecha límite de los diálogos, luego de la demora en el acuerdo sobre la JEP, es una ingenuidad ligera”. Quiere que pasemos por alto un pequeño detalle: que alias “Timochenko” aceptó, en vivo y directo con el presidente Santos, ponerle ese plazo a las negociaciones. Que ese compromiso no era cualquiera. Era el primer indicio real y tangible de que las FARC que estarían dispuestas a dejar atrás la lucha armada. Si la guerrilla no es capaz de cumplir con lo prometido ese 23 de septiembre en La Habana, ¿cómo creerles en lo otro? ¿Qué garantía tenemos los colombianos que no volverán a “hacernos conejo” con todos los otros “compromisos”?

Tiene razón Márquez. Es una “ingenuidad ligera” del gobierno y de muchos colombianos pensar que las FARC tienen palabra. Los defensores a ultranza de la paz a cualquier precio dicen que no es para tanto. Que hay que ser pacientes: no es fácil para un grupo armado abandonar su lucha. Que unos meses más no le hacen daño a nadie. Se equivocan: dada la fragilidad del apoyo a las negociaciones entre el pueblo colombiano - el respaldo oscila como un péndulo según los acontecimientos que emanan de Cuba-, un cambio de fecha de la firma de un acuerdo de paz impactaría severamente la confianza en el proceso y dificultaría la implementación de los acuerdos en el posconflicto.

Cuarenta y nueve meses de negociaciones cara a cara es tiempo suficiente. No más dilataciones. Hace un año, dije en esta misma columna, que las FARC no tienen plan B. Que saben que la victoria militar ya no es realista; que su única opción era y es política. Esa conclusión es aún más cierta hoy. Si bien su ofensiva del año pasado generó titulares, en la práctica fue una demostración de debilidad. Atentar contra infraestructura y derramar petróleo en ríos, no son acciones de un ejército en ascenso.

En este juego de póker las FARC no tienen más que un par de doses. Presidente, cántales el “bluff”. No cambie la fecha del 23 de marzo.

En Twitter @Fonzi65

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