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Opinión

  • | 2005/10/02 00:00

    Prestigio desaforado

    Cuando dentro de 40 años lean los discursos de Uribe y se analicen sus políticas, tal vez, pasado el efecto hipnótico, los colombianos del futuro no lo podrán creer

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En los estudios sobre el comportamiento animal hay un experimento muy interesante. Se sabe que los micos aprenden cosas, por ejemplo a sacar bananos de un recipiente con la boca estrecha. Lo curioso es esto: cuando los adiestradores le enseñan a sacar el banano a un mico sin prestigio, a un mico Omega (de los sometidos), los demás micos de la manada no lo copian,

por mucho que lo vean sacar y comerse su banano. Del que no tiene prestigio no se aprende nada. En cambio si se le enseña el mismo procedimiento al macho dominante (el Alfa), los demás empiezan a imitarlo y esa conducta aprendida se difunde a todo el grupo.

Como se sabe, los seres humanos no somos muy distintos a los micos, salvo en que a veces nos damos cuenta de que nos portamos como animales. Todos hemos tenido la experiencia, en una reunión de trabajo o en una fiesta social, de que cuando el macho Alfa habla (el presidente, el gerente, el que tiene más poder o más plata) todos los otros se callan y atienden. Le celebran los chistes malos, imitan su manera de hablar y de vestirse, y hasta la actitud corporal de los demás es de acato y sumisión. En cambio cuando habla un pobre diablo, por inteligente o sensato que sea lo que está diciendo, los demás ni lo miran, ni lo oyen, hablan entre ellos y si se alarga, bostezan. Algo parecido pasa con las mujeres bonitas. Se aclaran la voz con un carraspeo y todos los machos presentes le preguntan con una sonrisa, "¿qué dijiste?". En cambio la fea o la vieja dicen una genialidad y los demás ni se dan cuenta.

Yo ni me quiero imaginar cómo será aquí un Consejo de Ministros, con el Alfa dando gritos y los demás ratoncitos con la cola entre las patas. Y algo análogo está pasando con el país entero, hipnotizado por el activismo y la retórica del gran jefe. Si hoy hicieran un referendo y les preguntaran a los colombianos si quieren que Uribe, más que reelegido, sea Presidente vitalicio (hasta que la muerte nos separe) tengo la impresión de que podría ganar por un buen margen. El exceso de prestigio produce una popularidad acrítica, que en el caso de la ciencia hace que el conocimiento se estanque, y en el de la política, que los líderes sean endiosados.

Al cabo de cierto tiempo, el exceso de prestigio resulta difícil de creer. Así como fue casi imposible romper con la concepción cosmológica de Tolomeo, y a Copérnico no le creían y a Galileo casi lo queman vivo, también la medicina, durante muchos siglos, estuvo estancada en parte por el excesivo prestigio de Hipócrates. Sus Aforismos, uno de los tratados médicos más famosos de la antigüedad, escrito alrededor del año 400 a.C., tenían tanto prestigio, que nadie se atrevía a contradecir sus preceptos. Sus palabras, como las de los libros sagrados, eran consideradas verdades absolutas que ya no estaban sujetas a discusión. Hoy, sin embargo, muchos de estos aforismos tienen un efecto hilarante:

"Si una mujer lleva en su vientre un varón, tiene buen color; si lleva una hembra, mal color". "Los que padecen ictericia no son muy propensos a las flatulencias". "Que se les produzca hemorroides a los melancólicos y a los enfermos de los riñones es buen síntoma". "Si una mujer embarazada, que tiene en su vientre gemelos, se le adelgaza un pecho, aquélla pierde uno de los dos fetos. Si se le seca el pecho derecho, el varón; si se le seca el izquierdo, la hembra". "Los que padecen de eructos ácidos no son muy propensos a la pleuritis". "Los tartamudos padecen mucho de diarreas largas".

También la sicología, en el siglo XX, se estancó a causa del excesivo prestigio de Freud, una especie de sacerdote hipocrático. Hoy podemos leer afirmaciones de Freud con la misma risa que nos producen ciertos aforismos de Hipócrates. Igual de delirantes, igual de indemostrables, igual de descabelladas. Y cuando dentro de 40 años se lean los discursos del presidente Uribe (por ejemplo aquel en que nos recomienda postergar el "gustico", o cuando suprime el impuesto para la salida de las ganancias de las empresas trasnacionales), y se analicen sus políticas públicas, tal vez, pasado ya el efecto hipnótico de su gobierno, los colombianos del futuro no podrán creer el embeleso en el que vivían los colombianos del presente.

Nota: debo aclarar que la inclusión del periodista Gustavo Bolívar en una columna mía titulada 'Los hampones literatos' no significa que yo lo considere a él un hampón. Lamento que él o algún otro lector haya interpretado así lo que escribí. Cuando califiqué su novela Sin tetas no hay paraíso como un libro lumpen, me refería a su calidad literaria, y no a las cualidades éticas o morales del señor Bolívar, que es un profesional con reconocida trayectoria en la televisión nacional.
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