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Opinión

  • | 1995/07/10 00:00

    PRIMER ANTANAZO

    La gente quiere que Mockus haga con el Consejo de Bogotá lo que Fujimori hizo con el Congreso del Perú.

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YA SE SABIA QUE UN ENFRENTAmiento entre Antanas Mockus y el Concejo de Bogotá era una pelea de tigre contra burro amarrado. Pero, como en los combates de Mike Tyson, a pesar de saberse el desenlace, todo el mundo espera con ansiedad el momento en que el adversario cae bocabajo y sin sentido a la lona, tras un golpe seco en la mandíbula.
El alcalde le cumplió a las expectativas de sus hinchas en una jugada en la que mostró bastante valor y mucha fuerza, pero también mucha astucia y malicia política. Valor porque no es fácil para un alcalde descalificar de un plumazo a todo un Concejo, como lo hizo Mockus, pues las retaliaciones por haber dejado en ridículo a la corporación pueden ser fuertes. Y fuerza porque el tímido pataleo de los concejales indica que saben bien que no hay nada más impopular que enfrentarse a un alcalde al que la ciudadanía ve con una aureola encima de la cabeza.
La malicia y la astucia están en el momento elegido por Antanas para soltar el primer garrotazo y en la disculpa que escogió para hacerlo. Con el argumento convincente de que lo estaban obligando a meter en el plan de desarrollo programas que no iba a poder pagar, y con la protesta de que su programa bandera de educación ciudadana estaba siendo saboteado, Mockus se agarró de un detalle de trámite (colombiano, al fin de cuentas) y expidió el plan por decreto, en medio del aplauso atronador de la galería.
Pero todo parece indicar que este es apenas el primer Antanazo, de una serie que promete ser muy larga y que plantea desde ya varios puntos de análisis. El primero, que estamos ante un Mockus sólido y serio. que poco a poco va encontrando un tono cada vez menos existencialista y abstracto, y que busca con cautela un punto medio de exhibición ante la opinión pública, entre el mutismo absoluto de los primeros días y la locuacidad permanente que le reclaman los medios.
El alcalde de Bogotá demostró que es un hombre serio, lo cual ya se sabía, pero además mostró el grado de compromiso que tiene frente al mandato popular que recibió. Esa actitud se traduce en un poder político excepcional, que hace que los concejales se mantengan a una distancia prudente, para que no los vaya a herir la fiera cuando mande el próximo zarpazo.
Este episodio también cambia el concepto tradicional del Concejo de Bogotá. Ante la casi nula presencia de los partidos como orientadores políticos en el seno de esa corporación, el Concejo se convirtió en la suma de posturas individuales aparentemente egoístas y anárquicas. Si a esto se suma el grado de desprestigio de los concejales (más allá de lo justo, para hacer honor a la verdad), el resultado es que el futuro del Concejo va a ser el de aprobar, con obediencia todo lo que el alcalde proponga, o entorpecer su labor y correr el riesgo de ser arrollado por la aplanadora Mockus, por ejemplo por la vía de la consulta popular.
Nadie sabe qué va a hacer Mockus con la millonaria cifra de la educación ciudadana. Pero el desprestigio de la clase política es tal, que entre no saber qué va a hacer el alcalde con la plata o no saber qué va a hacer el Concejo con la plata, la gente escoge la primera opción, sin dudarlo un segundo. Eso ocurre porque la gente sí sabe qué es lo que suele hacer el Concejo con la plata.
El precedente que se sienta con el caso del plan de desarrollo es definitivo. La gente ve en Antanas Mockus un Fujimori a escala metropolitana, y le pide a gritos que haga con el Concejo lo que el japonés-peruano hizo con el Congreso del Perú. Esa tendencia a apoyar a los caudillos y despreciar a los partidos es un hecho generalizado en América Latina, y por ese camino han sido elegidos varios presidentes. En Colombia esa nueva ola sólo ha elegido alcaldes. Por ahora.
Hay quienes sostienen que no está pasando nada. Es el caso del concejal Jorge Child, integrante de la única lista que apoyó Mockus durante su campaña, quien asegura que el enfrentamiento entre el alcalde y el Concejo es un invento de la prensa sensacionalista. Desde su curul en el Concejo, el analista Child no alcanza a ver un hecho que puede llegar a ser histórico para la ciudad, y cuyo protagonista es su propio jefe político.
El hecho es que nunca antes un alcalde se había enfrentado así a un Concejo de Bogotá, y es fácil suponer que a partir de ahora la tónica va a ser la de la confrontación. Eso significa un cambio político radical. Los coqueteos con el Concejo son una tradición muy vieja, y esta preponderancia del Cabildo le trajo muchos problemas a la ciudad. Y a los alcaldes también, claro. Que lo diga Juan Martín Caicedo.
Pero como el Concejo bogotano no se va a dejar meter en cintura sin dar la pelea, todo parece indicar que estamos en el primer asalto de una combate largo, y con el público ansioso por ver el próximo Antanazo.
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