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Opinión

  • | 2013/10/08 00:00

    Más allá del color de la piel

    El Primer Congreso Nacional del Pueblo Negro, Palenquero y Raizal fue un fracaso. No hubo un acuerdo mínimo sobre políticas públicas para el desarrollo de los afro.

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El Estado no ha estructurado una política de desarrollo realista y coherente que permita sacar de la pobreza a millones de negros que viven en los cinturones de miseria de las ciudades y en el campo colombiano. Los programas con los cuales se ha pretendido impulsar su desarrollo han fracasado al darle un enfoque de homogeneidad tribal a la población negra.

Porque cuando se habla de programas de desarrollo para las comunidades negras en Colombia, erróneamente se parte de la falsa premisa de una homogeneidad de los negros, sustentada en color de la piel, pero sin examinar que entre la población negra existen diversidades culturales y visiones de desarrollo que las hace diferentes dentro de un mismo departamento y de una región a otra.

Aspectos que no han sido tenidos en cuenta a la hora de estructurar sus políticas de desarrollo, se pretende impulsar su progreso dentro de una colectivización donde no se analizan las particularidades culturales y de otra índole. 

Se piensa que el simple color de la piel es un elemento aglutinador de los negros. Por eso las diversidades culturales se han convertido en uno de los grandes escollos a la hora de llegar a consensos políticos y organizativos sobre cómo desarrollar un modelo de desarrollo en unas comunidades que a veces lo único que las une son la pobreza y el color de la piel de sus habitantes.

Otro aspecto polémico es que se trata de desarrollar políticas de inclusión del negro, basadas en un falso tribalismo y en un unanimismo étnico inaplicables en la práctica porque, desde el punto de vista cultural los negros en Colombia, tenemos diferencias que han hecho difícil llegar acuerdos políticos entre los líderes de las organizaciones entorno unas políticas de desarrollo.

Porque la pertenencia a determinadas particularidades culturales, tienen mayores fuerzas de cohesión política y social que el simple color de la piel. El negro chocoano tiene una cultura y una visión de desarrollo que lo hace diferente a los negros del Valle, Cauca y Nariño, y estos entre sí, también tienen profundas diferencias, además de los factores políticos de tipo regional.

Ahora los negros de los departamentos del Caribe son culturalmente diferentes a los negros del Pacífico y viceversa. Desde luego, tienen visiones de desarrollo diferentes. Un negro nacido en Bogotá con su cultura cachaca no piensa igual en término desarrollo que un negro de las riberas de los ríos Atrato y Patia. 

Tampoco un raizal de San Andrés piensa idénticamente en cuestiones de desarrollo a un negro nacido en el Eje Cafetero. Igual sucede entre un negro oriundo de los valles de San Nicolás y de Aburrá con su simbología paisa y un negro de Barbacoas. 

Estas diferencias, sumadas a que las organizaciones negras se han convertido en el refugio de los politiqueros que han fracasado en los partidos tradicionales y de izquierda, quienes se han trasteado a estos procesos organizativos con todos sus vicios de corrupción y de malabarismos politiqueros ha sido otro eslabón nefasto. 

Los mismos que desde hace décadas controlan las inoperantes consultivas y los espacios de concertación con el Estado, fueron en parte los responsables del fracaso del Congreso Nacional que se realizó en Quibdó con motivo de los 20 años de la ley 70, en donde no hubo ni siquiera un acuerdo mínimo sobre cómo desarrollar unas políticas públicas para impulsar el desarrollo de las comunidades negras. 

De la lectura de las vergonzantes conclusiones del congreso se colige que fue un fracaso, porque en seis de los los siete resultados esperados no fue posible llegar a un consenso y avanzar en las hojas de rutas. 

Un congreso que, además de los intereses económicos políticos y regionales que se evidenciaron entre diferentes actores, también fue escenario de una puja por el control de los procesos organizativos entre la visión de la Colombia negra rural de los Consejos Comunitarios que tienen el control de los territorios colectivos y la visión de la Colombia negra urbana, representada en una serie de organizaciones “sin ánimo de lucro” que durante dos decenios han dominado los espacios de interlocución con el Estado. Dos visiones con intereses económicos y políticos diferentes que han hecho difícil la puesta en marcha de un Plan de Desarrollo de las Comunidades negras
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