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Opinión

  • | 2000/04/10 00:00

    Primera Dama y Cia

    Es como si Ana Milena llevara la maldición de seguir siendo Primera Dama hasta la muerte, con las correspondientes inhabilidades de serlo

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Todo tipo de interpretaciones, desde las más absurdas, como ver en ello el comienzo de la unión liberal, hasta las más perversas, como afirmar que se trata de un andamiaje para el tráfico de influencias, ha suscitado el anuncio de que la ex primera dama Ana Milena Muñoz de Gaviria, va a montar una empresa de asesorías en Colombia.

En otras palabras, doña Ana Milena ha dejado saber su intención de empezar a trabajar. Pero desde luego, ella no es cualquier mortal, ni cualquier colombiana, ni cualquier mujer, sino la esposa de un ex presidente de la República, y por eso el anuncio no ha pasado inadvertido y desde ya han comenzado a dispararle desde los flancos más diversos.

¿Es legítimo que una ex primera dama trabaje? ¿Y qué tan incompatible es que lo haga en una empresa de asesorías?

César Gaviria rompió por primera vez en el país la tradición de que los presidentes tuvieran más de 65 años, para bajar el promedio a 45. Por consiguiente también cambió el perfil de las primeras damas, que antes, como se usaba en Colombia, apenas terminaban sus estudios escolares y no se les pasaba por la imaginación matricularse en alguna facultad universitaria. Ana Milena fue, pues, la primera Primera Dama que llegó al Palacio de Nariño con un título de universidad. Concretamente, de economista de la Universidad de los Andes, y de entrada se notó que ella era distinta. Ella no hacía floreros.

Para comenzar, vestida de manera inusual en una Primera Dama, de bluyines y zapato sin tacón, y para que quedara bien clarita su intención de ser protagonista al lado de su esposo, el Presidente, fundó la Oficina de la Primera Dama, con manejo presupuestal propio, y desde allí diseñó varios de los que serían sus programas bandera. Entre ellos Colfuturo, con apoyo de la empresa privada, y Batuta, que exitosamente acercó a los niños colombianos de los niveles más pobres con la música y sus instrumentos.

Lo de Colfuturo (empresa sin ánimo de lucro que aún hoy funciona como un relojito), cuya función era financiar a estudiantes en pregrado y posgrado en el exterior, comenzó a crecer tanto y a notarse tanto, que muy pronto se llegó a acusar a la Primera Dama de utilizar dicho rango para chantajear a los empresarios sacándoles plata. De ahí se pasó a ordenarle a Ana Milena que cerrara su oficina, con el argumento de que las primeras damas no tienen porqué manejar presupuesto propio ni mucho menos ejercer funciones distintas a las de presidir la junta del Bienestar Familiar, único cargo que la señora de un Presidente colombiano está autorizada legalmente a ejercer. “Es que aquí no la elegimos a ella sino a su marido”, recuerdo que se decía por ese entonces, como el argumento clave para obligar a Ana Milena a que autorrebajara su perfil y preferiblemente siguiera haciendo floreros, como sus antecesoras.

Ella no tuvo más remedio. Durante los cuatro años siguientes se puso a la sombra del Presidente, con gran dignidad y discreción, esta última de vez a vez interrumpida con ruidosas fiestas en Palacio, donde se cantaba música de los Beatles y se bailaban vallenatos hasta altas horas de la madrugada.

Vencido el período Gaviria, y de acuerdo con encuestas que demostraban su altísima popularidad entre los colombianos, a Ana Milena la alcanzaron a tentar con la política. Sé de buena fuente que lo estuvo pensando por los lados del Congreso. Pero ante el evidente riesgo de que no lograra independizar sus aspiraciones políticas del gavirismo, con las incomodidades que ello representaba para un ex presidente que entraba en período de reposo, Ana Milena renunció a la política y empacó maletas para convertirse en la esposa del nuevo Secretario General de la OEA en Washington.

Allí, nada de floreros. Estudiante. Se matriculó en una universidad, y sacó un master en política latinoamericana. Seis años después, a Ana Milena ha vuelto a picarla el mosquito que ronda a las mujeres independientes, esta vez para ingresar al mercado laboral.

Pero como decíamos al comienzo, ya a su intento de asociarse para fundar una firma de asesorías le han salido todo tipo de maliciosas interpretaciones. Como si haber sido Primera Dama conllevara la maldición de seguir siéndolo hasta la muerte, con las correspondientes inhabilidades de serlo.

Ignoro si episodios recientes la habrán hecho arrepentirse de sus planes, y si ya la compañía habrá cerrado sus puertas antes de abrirlas. Ignoro si, de comenzar a existir, esa firma de asesorías efectivamente logrará levantar clientes y contratos. Pero que tiene todo el derecho de intentarlo, lo tiene, aunque en el camino deba necesariamente enfrentarse con las acusaciones que ya comienzan a hacérsele, basadas en la suspicacia de que una ex primera dama tiene más influencias que otra esposa cualquiera.

Porque, si es que no la vamos a dejar trabajar en Colombia, llegaríamos a la trágica conclusión de que Ana Milena Muñoz es la única ciudadana colombiana a la que no le sirve para nada haber estudiado tanto.
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