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Opinión

  • | 2014/10/12 00:00

    Primero fue la mafia

    En los últimos 30 años se ha construido un mito en Colombia: que los grupos paramilitares nacieron como respuesta a los abusos de la guerrilla.

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En los últimos 30 años se ha construido un mito en Colombia: que los grupos paramilitares nacieron como respuesta a los abusos de la guerrilla. Ese mito se cimienta en la trágica historia de los hermanos Castaño Gil, quienes, agraviados por el vil asesinato de su padre, emprendieron una despiadada retaliación contra la insurgencia. La violencia de los hermanos Castaño ha terminado siendo justificada como respuesta a una gran ofensa y a la desprotección en que vivía la clase media rural, en territorios sin presencia del Estado. 

En su libro más reciente, Guerras Recicladas,  la periodista María Teresa Ronderos destruye este mito fundacional de los grupos y con datos rigurosamente tejidos demuestra el origen mafioso de este fenómeno que engañosamente se ha llamado autodefensa.

Cuenta Ronderos que Fidel Castaño se fue de su natal Amalfi (Antioquia) para Guyana, a traficar con diamantes, siendo apenas un adolescente. Regresó cuando apenas tenía 21 con una pequeña fortuna y se instaló en la zona minera de Segovia, donde se dedicó, entre otras cosas, a robar madera y asaltar camiones. Tales serían las andanzas de Fidel, que en 1975 sacó una segunda cédula, apócrifa, y varios testimonios permiten creer que participó en un asalto al Banco de la República ocurrido en Pasto en 1977. Al finalizar los años 70 ya Fidel Castaño trabajaba para Pablo Escobar trayendo coca de Bolivia, lo que le permitió consolidar su fortuna. La familia Castaño nadaba en millones gracias a los negocios turbios de Fidel. Tenían tierras, casas fastuosas en Medellín, negocios de oro y de juegos de azar, bares y cantinas. Y, por supuesto, armas.

La relación de Fidel Castaño con su padre siempre fue pésima, al punto de que, según cuentan, en su pueblo, una vez estuvo a punto de matarlo. En cambio, tenía fluidas relaciones con la Policía y el Ejército, que se encargaban de proteger sus propiedades de capo en ciernes.

En 1981 la guerrilla secuestró al patriarca de la familia, don Jesús, y aunque la leyenda popular divulgada por los hermanos Castaño dice que Fidel tuvo que endeudarse para pagar el rescate, Ronderos demuestra que mientras este estaba cautivo, su hijo compraba tierra a manos llenas. 

Meses después de la muerte de don Jesús, vino una ola de masacres entre Amalfi y Segovia que dejó 65 muertos. Quienes cayeron en estas matanzas no fueron precisamente guerrilleros. La lista incluye varios trabajadores y conocidos de los Castaño, militantes comunistas y hasta a un líder sindical de las minas de oro.

Lo que queda claro en el libro es que el secuestro del padre tocó las fibras profundas de un mafioso en pleno apogeo y no a un simple campesino acorralado por las circunstancias. La sed de venganza de Fidel Castaño y sus hermanos fue astutamente utilizada por sectores del Ejército y gamonales de pueblo que ya querían sacar a la izquierda y a los movimientos sociales de su camino. Pronto finqueros, militares y políticos se aliaron con los Castaño, mientras en otras regiones como el Magdalena medio, ocurría exactamente lo mismo con los grupos armados que creó el Cartel de Medellín. 

Para entonces las autodefensas eran legales, contaban con el apoyo del Gobierno, y los mafiosos más peligrosos se encubrieron en ellas buscando la anhelada impunidad para sus crímenes de sangre y sobre todo para su insaciable acumulación de bienes. El Estado ha pagado un alto precio en legitimidad por la perversa alianza que durante más de tres décadas mantuvo con ellos, en nombre de la guerra contrainsurgente. 
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