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Opinión

  • | 2007/07/14 00:00

    Prioridades

    Cuando el país crece vigoroso y ya creemos que cesa la horrible noche, noticias como el asesinato de los 11 diputados nos confrontan brutalmente con las tareas que no aún hemos hecho

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Podemos hacernos los locos, hacer de cuenta que todo va divinamente. El país crece como hacía décadas no lo hacía: torres inmensas se levantan en las ciudades de la Costa Caribe, en El Poblado en Medellín se venden apartamentos de un millón de dólares, la inversión extranjera se triplicó, el país exporta 24.000 millones de dólares (8.000 millones más que hace apenas dos años), la agroindustria sube con la palma y se mueve con el biocombustible, y el desempleo cede.

Pero cada tanto, un suceso terrible que proviene de la Colombia profunda rompe el encanto: que unas guerrillas antediluvianas arrastran esclavos encadenados por las selvas; que las mafias organizan rescates privados con mercenarios sin que la autoridad se entere; que durante esta última década hordas paramilitares asesinaron a civiles a su gusto sin control alguno. Apenas uno de esos bloques, el Norte, cometió 243 masacres en las que les arrebató la vida a 1.111 personas, sobre todo a mujeres y niños. Esas son las noticias de los últimos días.

Podemos hacernos los buenos, hacer de cuenta que nada tenemos que ver con todo ese mundo escabroso. Pero la triste historia de esa Colombia de allá está ligada inexorablemente a la del país exitoso. No habrá tranquilidad para nadie si no asumimos como prioridad cambiar lo que sucede en esa Colombia marginal. Esa donde vive el 50 por ciento de la población que gana menos de 4.000 pesos diarios; esa que, a pesar del crecimiento, perdió participación en el ingreso nacional entre 2003 y 2005, mientras veía al 10 por ciento más rico del país aumentar su parte de la torta de 38,8 por ciento a 41 por ciento. Y para eso necesitamos encarar unas tareas prioritarias y urgentes.

La primera, la inclusión social y económica de buena parte de la población y la creación de igualdad. En eso el país ha venido avanzando demasiado lentamente. Después de décadas en que el gasto en educación apenas rondaba el 3 por ciento del PIB, ahora ya llegó al 5 por ciento. Pero se requiere una decisión más radical, similar a la que, por ejemplo, adoptó Medellín, que le ha metido casi la mitad de su inversión al desarrollo educativo. También se requiere aumentar la inversión en carreteras secundarias y rurales y una redistribución efectiva de la tierra (apenas 2.313 propietarios son dueños de la mitad de la tierra). Y se necesitan políticas tributarias que cierren la brecha entre ricos y pobres (hoy, dice el Banco Mundial, el 20 por ciento de la población más pobre apenas recibe el 2,5 por ciento del ingreso nacional).

Esto implicaría, en cierto modo, cambiar de paradigma. El país ha venido aumentando su gasto en defensa como respuesta a la crisis de seguridad del cambio de siglo. Hoy tenemos el récord histórico de gasto en defensa y seguridad de 5,3 por ciento del PIB. Es verdad que ese gasto se ha traducido en reducidos índices de inseguridad. Pero los males de fondo del país no se curan con aviones de combate, ni con artillería. Las enormes extensiones del territorio sin acceso a los mercados centrales, sin vías, sin jueces, ni educación no dejarán de ser terreno fértil de los grupos ilegales armados y de los negocios ilegales, a punta de bombardeos. Menos cuando tantos miembros de la Fuerza Pública han terminado sucumbiendo a la corrupción.

Si al menos la mitad de los 1.500 millones de dólares que se van a invertir este año en máquinas de guerra se destinaran a integrar estos territorios al país y en lograr que estos ciudadanos dejaran de ser de segunda, se lograría sentar bases bastante más sólidas para la prosperidad y la tranquilidad futura de todos.

La segunda gran tarea que nos espera, y en eso sí que hemos tenido poco progreso, es la del mejoramiento de la calidad y la legitimidad de las instituciones democráticas. Es necesario liberarlas de la captura de intereses privados, muchas veces delincuenciales o de grupos armados ilegales, y ponerlas al servicio de los ciudadanos. Para lograrlo se requiere un cambio de mentalidad en la dirigencia: aceptar de una vez por todas y para siempre que no se valen los atajos, que no pueden sentirse demócratas quienes mientras tanto tranzan puestos por votos, y consiguen votos explotando la pobreza de la gente, y mucho menos si contratan ejércitos privados para proteger sus intereses y asegurar su poder. Esto implicaría fortalecer la justicia y ponerla al servicio de este objetivo: mandar a la cárcel a quienes creen que las instituciones públicas son un botín para repartirse. Los procesos judiciales de la para-política son un paso alentador, pero no se ve aún la conciencia suficiente para apreciar el enorme daño que nos hace el modelo político que impera en el país.

La tercera labor que deberíamos emprender es encontrar una respuesta política y cultural al problema del narcotráfico, motor de la violencia y de corrupción. Con una terquedad inexplicable, gobierno tras gobierno han venido intentando más de lo mismo, sin resultados.
 
Fumigación, interdicción, extradición son tres patas de una política repetida desde hace 20 años, cada vez con mayor intensidad, sin resultados ni para el mundo ni para Colombia. Allá llueve cada vez más cocaína, y aquí no escampa la narcoviolencia ni la narcocorrupción. La “legalización” que tan alegremente defienden algunos es bastante más complicada de lo que se piensa. Pero tiene que haber salidas políticas diferentes; tiene que haber respuestas culturales que nos desnarcoticen, y respuestas políticas que nos libren de la maldición de la cocaína. Para descubrirlas, habría que empezar a pensar con mente más abierta. Mientras el negocio siga boyante, la prosperidad nacional puede ser falsa, y en todo caso, sus cimientos estarán hechos con sangre inocente.

Si los líderes políticos y sociales de este país lograran un consenso alrededor de estos y otros objetivos claros, podríamos empezar a soñar por fin con una Colombia que salga del atolladero de verdad. No es una utopía. Ya algunos líderes de Bogotá y Medellín lo están logrando. Podremos celebrar sin temor el crecimiento porque estará sustentado en el desarrollo humano de sus gentes; podremos enorgullecernos de unas exportaciones libres de sospecha, apuntaladas en el potencial creativo de la mayoría; los ricos no tendrían miedo ni vergüenza porque estarían entre pobres libres, con opciones reales de vida. Entonces los antediluvianos guerrilleros y paramilitares se extinguirán como los dinosaurios porque el clima ya no será apto para ellos.
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