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Opinión

  • | 2017/04/19 07:47

    Paz con el ELN: esa flor ya no retoña

    La porfiada negativa a poner fin al secuestro y a la violencia reduce al mínimo las posibilidades del gobierno -agobiado por la marcha tortuosa del proceso con las Farc- de continuar la aventura con el ELN

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El proceso de paz con el ELN agoniza. Lo confirma el reciente secuestro por ese grupo de una pareja en el Chocó y de un ganadero en el Valle. Y sobre todo su comunicado de esta semana en el cual responden a la exigencia del gobierno de respetar el Derecho Internacional Humanitario, que no renunciarán al secuestro, ni a la extorsión.

La paz con el ELN comenzó mal, no ha logrado desarrollos importantes y tiene malas perspectivas por la misma razón: ese grupo es, desde hace décadas, una mezcla ácida de idealistas y de fanáticos, con delincuentes y criminales. En su acción han sido constantes el terrorismo y los atropellos contra la población y sus esporádicas búsquedas de paz negociada no terminan en nada.

Los colombianos lo tienen claro. Lo confirman los más recientes reportes de Datexco y de Yanhaas. El Opinómetro ratifica que el ELN registra el mayor índice de imagen desfavorable en Colombia 82%, más que la clase política y por encima del promedio de las Farc en los últimos meses. Y que 74% de los colombianos creen hoy que el ELN no tiene intenciones legítimas de llegar a un acuerdo de paz (eran 54.2% en octubre de 2016). 67% de los colombianos desaprueban la gestión del gobierno en el proceso con el ELN, según Yanhaas.

Inaceptable e impresentable que pretendan continuar, mientras dialogan, el reclutamiento de menores, los paros armados en sus zonas de influencia, el brutal asesinato de policías, militares y civiles por control territorial, los secuestros, los atentados contra el oleoducto Caño Limón Coveñas -28 entre enero y marzo de este año-. E impulsar sus negocios de minería criminal en el Chocó o de narcotráfico en Nariño, Putumayo y en el Catatumbo.

La víctima mayor de los portazos y de la intransigencia para cesar la violencia es el propio presidente Santos quien ya no tiene el prestigio fresco de los 9 millones de votos ni el respaldo de casi todos los grupos políticos que le permitieron iniciar el camino con las Farc. Por el contrario, crecen los cuestionamientos a su gestión y el repudio por la debilidad de su gobierno para imponer y hacer respetar “inamovibles” al ELN, como no más secuestros. Fue un “tigre de papel” al respecto en el caso del ex congresista Odín Sánchez, cuya su familia confirmó que su regreso a la libertad no fue un gesto de paz sino que tuvieron que pagar el rescate, lo mismo que había ocurrido antes en La Guajira con el comerciante Octavio Figueroa y con Ramón Cabrales, liberado en Ocaña, entre otros casos.

Además de la desconfianza y pérdida de legitimidad que dejan los actos terroristas el proceso con el ELN enfrenta las enormes dificultades de la agenda, que a diferencia de la que se definió con las Farc, enfocada en puntos concretos –tierras, narcotráfico, participación en política etc- es vaga, extensa y gaseosa.

Si ha sido difícil activar la negociación, pinta titánico aterrizar temas como “Participación de la sociedad en la construcción de la paz”, “realización de un debate que permita examinar la participación y las decisiones de los colombianos en los problemas que los afectan y la manera como se tratan los conflictos”, etc, una agenda que con excepción del punto relativo al fin del conflicto, abarca un panorama de enorme amplitud, ambigüedad y complejidad, casi imposible de concretar en resultados, metas, compromisos y tareas precisas y verificables.

En contraste con la monolítica estructura de poder de las Farc, en el ELN son frecuentes las divisiones internas y los desacuerdos, en especial respecto de la paz negociada. Una parte del grupo apoya los diálogos y otra expandir las rentas del crimen que cuenta ahora con la posibilidad de reclutar disidentes de las Farc que quieren continuar en la coca y en la minería.

Con una agenda poco clara, una metodología compleja y el recalcitrante rechazo a respetar el Derecho Internacional Humanitario, las posibilidades de que la paz con el ELN dé resultados antes del cambio de gobierno se extinguen, mientras crecen las de que el gobierno intensifique la acción militar en su contra.

La prolongada negociación, el plebiscito y lo que vino después con las Farc dividieron y enemistaron a los colombianos y crearon un ambiente de pesimismo y de crispación que amenaza la consolidación de ese proceso. Es asombroso que los comandantes del ELN no entiendan esa realidad de la cual se deriva que tanto ellos, como el gobierno, disponen de márgenes mínimos para que la gente acepte la negociación que plantean “en condición de rebeldes alzados en armas” y que en su entender los autoriza a mantener encendida su actividad criminal y a seguir expandiendo la barbarie y el terror como lo han hecho durante más de cinco décadas.

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