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Opinión

  • | 2014/09/02 00:00

    Una defensa del proceso de paz de Santos

    Si nos ponemos de acuerdo en que la lucha armada no es la vía para tramitar nuestras diferencias, habremos dado un gigantesco paso hacia adelante.

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Colombia no será nunca un país civilizado si no tiene paz, y no tendrá paz por la vía del genocidio de los contradictores. ¿La razón? Uno no puede matar a media Colombia. Israel y Palestina así lo prueban: mientras la lógica sea responder a la muerte con muerte, la guerra se perpetúa por décadas. El único modo de lograr una paz duradera y estable es reconocer que nadie tiene la verdad absoluta, que todos tienen su parte de verdad.

Yo no defiendo a la guerrilla: sus métodos y su visión para Colombia me parecen abominables. Las FARC son, entre otras cosas, asesinas, secuestradoras y narcotraficantes. La embarraron hondo, muy hondo. Y con su brutalidad fomentaron la aparición de la brutalidad de los paramilitares. Y con esa guerra irregular, a Colombia le fue peor, no mejor. 

El país se dejó meter en ese juego, y hasta el Estado se volvió asesino. Qué terrible, qué dolorosa, qué triste, por ejemplo, la historia de los falsos positivos: jóvenes pobres que son asesinados para ser mostrados como éxitos del Estado frente a la guerrilla. No. El Estado tiene que estar en un plano moral superior. El Estado tiene derecho a defenderse de la amenaza guerrillera, pero la fuerza de las armas tiene que estar controlada por una fuerza superior: la fuerza de la democracia. Y la democracia es, entre otras cosas, el respeto a los derechos de los demás. Y las Fuerzas Armadas han ido aprendiendo: que no pueden reclutar menores de edad, que no pueden poner minas antipersonas, que no pueden violar los derechos humanos. Yo estoy con mis Fuerzas Armadas, el brazo armado legítimo de la democracia.

Por su parte, tanto la guerrilla como los paramilitares son una bestias. Y tampoco anhelo un régimen chavista-madurista para Colombia. Pero uno no puede dejar de ver que Colombia es un país dividido por profundas contradicciones. Que Bogotá es una cosa y que la provincia es otra. Fui al Cauca la semana pasada, a volver a visitar los hipogeos de Tierradentro, y volví al medioevo. No sorprende que allá medre la guerrilla. No podemos olvidar que Colombia es uno de los 12 países más desiguales del mundo; que no se puede viajar de Popayán a la costa pacífica, porque no hay carretera; que en este país millones de personas no tienen derechos efectivos. Por eso hay que volver a recuperar la política como método para tramitar nuestras diferencias. Un pacto de paz con la guerrilla es una admisión de la guerrilla de que la vía armada está equivocada.

Está bien que el Estado se fortalezca, y que le dé a la guerrilla el claro mensaje de que ella, por la vía armada, nunca va a tener éxito. Pero también es necesario que Colombia amplíe sus canales democráticos, que los excluidos sean oídos. Qué duro es hablar con asesinos. Creo que entiendo a todos los que dicen que cómo voy a hablar con el que me ha matado, me ha robado, me ha secuestrado. Es cierto: es terrible. Pero ahí están ciertas víctimas, encarando a las FARC para decirles: “lo que ustedes me hicieron a mí no está bien, y no debe repetirse”. Yo no sé si María Fernanda Cabal sea una víctima más del conflicto armado. Sé que Álvaro Uribe lo es. Frente a eso, solo puedo decir: cada uno es dueño de su dolor, y sabrá cómo lo administra. Pero el odio perpetuo es una esclavitud, y nos condena a una situación de guerra eterna que no sirve para el progreso.

A veces, una victoria militar asegura la desaparición del enemigo. Con la Segunda Guerra Mundial se logró la desaparición del nazismo. Era, sin lugar a dudas, como en el título del libro, “la guerra que había que ganar”. Pero la guerra que tenemos nosotros no podemos ganarla, porque es una guerra contra nosotros mismos. Para ganarla, no podemos exterminarnos, sino que tenemos que aprender a ser otros. Tenemos que reinventarnos. Tenemos que sustituir nuestra mentalidad excluyente por una mentalidad incluyente. Tenemos que cambiar nuestros puntos de vista personales por unos puntos de vista morales. Tenemos que cambiar la actitud guerrerista por una actitud democrática. Uno tiene que dejar de pelear hasta con la sombra. Y tenemos que recordar que un mal arreglo es mejor que un buen pleito.

Colombia ya ha hecho pactos de paz. Con el M-19, por ejemplo. Y de ese pacto de paz salió la Constitución de 1991, y la alcaldía en Bogotá de Gustavo Petro. No todo ha sido maravilla. Pero no me cabe duda de que el país con Constitución de 1991 y alcaldía de Petro es mejor que el país con el asesinato de José Raquel Mercado, la toma de la Embajada de la República Dominicana y la toma del Palacio de Justicia. No podemos negar que existen distintos tipos de colombianos, con distintas visiones para Colombia. Pero, si nos ponemos de acuerdo en que la lucha armada no es la vía para tramitar nuestras diferencias, habremos dado un gigantesco paso hacia adelante. 

Toca darle plomo al que solo quiere dar plomo, pero también hay que dejar la puerta abierta para todo aquel que quiere pasar del plomo a la palabra. Y, al que habla, hay que escucharlo: hay que integrarlo dentro del proceso de toma de decisiones colectivas. No hay otro remedio.

Von Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pues bien, nosotros, si queremos ser civilizados, no podemos continuar la política por esos medios. Toca volver a los otros. Toca reinventar el diálogo. Toca volver a darle dignidad a la vida humana. Es lo humano y lo cristiano de hacer. Es el imperativo moral. Está en nuestras manos escoger la civilización o la barbarie.

*Economista y ex vicepresidente de Asobancaria.
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