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Opinión

  • | 2017/06/07 14:50

    Entre paz y política

    Hoy es indispensable que todos los actores del proceso, desde Timochenko hasta Uribe, piensen, por un segundo, en qué es lo mejor para el país; en qué hay que hacer o dejar de hacer para consolidar la paz, y no en quién se queda con el mérito del protagonismo.

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Aun cuando siempre tuve claro que la firma del acuerdo del Teatro Colón entre el Gobierno y las FARC era apenas el primer paso de un largo camino hacia la paz, debo decir que el optimismo que vivía por esos días se ha ido desvaneciendo.

Muchos pensábamos, equivocados, que por más pataleos que vinieran del uribismo y de otros sectores que no apoyaron la negociación, este acuerdo era ya una realidad: estaba blindado. Sin embargo, hemos visto que la paz que tanto necesita Colombia está todavía muy lejos. Para nadie era un secreto que la implementación del acuerdo que pretende poner fin a una guerra de más de cincuenta años no sería un asunto ni fácil ni rápido. Pero aun cuando sea difícil aceptarlo para quienes queremos la paz, ni el Gobierno ni la guerrilla supieron prepararse para lo que se venía después de la firma. Los que si lograron hacerlo, y de qué manera, fueron los líderes de la oposición.

Ellos, desde el principio, tal vez gracias a que obedecen todos al mismo señor y no tienen posibilidad de contradecirlo, disponían de una metodología y de un objetivo claros. Su intención no era otra que hacer todo lo que en sus manos estuviera para no permitir que la paz se consolidara en este Gobierno, y poner en la Casa de Nariño a uno de sus miembros con el fin de que fuera él quien se encargara en adelante del asunto. Para lograr su maquiavélico y egoísta propósito, el uribismo ha echado mano de las más sucias y cuestionables estrategias jurídicas, políticas y electorales.

Como ha quedado plenamente demostrado en la entrevista y las grabaciones de Juan Carlos Vélez, el uribismo utilizó en su campaña por el No en el plebiscito la estrategia de mentir, desinformar y aterrorizar a la gente con el absurdo fantasma de que con la paz vendría el castrochavismo. Y así ganaron. Eso les dio un nuevo aire político y la posibilidad de exigir modificaciones al acuerdo. Fue entonces cuando se abrió el dialogo con ese y otros sectores para buscar un consenso entre todos sobre cómo enfrentar la nueva realidad. De ahí salieron nuevas propuesta y modificaciones que fueron incluidas casi en su totalidad en el acuerdo final.

Sin embargo, Uribe y sus muchachos siguieron atacando al proceso y al Gobierno, y confundieron cada vez más a la opinión. A ellos, realmente, poco les importan las modificaciones que se hagan o se dejen de hacer, o la manera como se maneje la implementación. Su consigna es una sola y está muy clara: criticar, destruir, atrasar, desinformar y torpedear todo lo que tenga que ver con la paz, para desprestigiar a Santos y llegar de nuevo al poder.

Esa posibilidad, que antes se veía lejana, está hoy cada vez más cerca: con la decisión de la Corte que puso freno al Fast Track, Uribe tuvo una inesperada victoria y logró lo que parecía imposible: que llegaran las elecciones del 2018 y el proceso de paz con las FARC aún no estuviera resuelto. A esa piedra en el camino se han sumado, entre muchos otros factores, los errores y demoras del Gobierno en la implementación de los acuerdos, y varias actitudes indolentes de las FARC: tienen cantidades de plata que no reconocen; preocupan la disidencia de ese grupo, la falta de reconocimiento y petición de perdón a la victimas, las caletas, los atrasos en el desarme, etc.

Lo triste de todo esto es que hace un tiempo las discusiones se han distanciado de los temas puramente referentes a la paz que tanto necesitamos, y se han centrado en la política, en lo de siempre. Es difícil enfrentarse a esa realidad que nos seguirá acompañando por un buen tiempo. Pero en este país, a la hora de la verdad, poco importan las ideas, la coherencia, la vida, la salud, la paz o la honestidad. Aquí lo que se considera importante es tener poder, salir a menudo en las noticias, manejar el destino de la gente, enriquecerse, disponer de escoltas y ser el que manda.

Hoy es indispensable que todos los actores del proceso, desde Timochenko hasta Uribe, piensen, por un segundo, en qué es lo mejor para el país; en qué hay que hacer o dejar de hacer para consolidar la paz, y no en quién se queda con el mérito del protagonismo. No puede ser que después de tantos años sentados en la mesa, cada quien por su lado siga buscando excusas y encontrando la manera de no llegar al objetivo común, porque ante todo quieren anteponer su agenda propia. ¡El poder es pasajero, y quedarse sin puesto o sin tener un Presidente amigo, no es tan grave! Llegó el momento de que, después de haber vivido mucho más de 50 años en guerra, todos antepongamos el futuro de Colombia como prioridad, consigamos la paz y después, sí, pensamos en las elecciones.

En Twitter: @federicogomezla

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