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Opinión

  • | 2017/03/01 07:10

    Vamos acostumbrándonos

    Vamos acostumbrándonos, aquí y allá, a que estamos parados del mismo lado. Tal vez así se le pueda dar trámite al perdón, lo único que nos salva.

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A mucha gente no le gustó que Édgar López Gómez, quien como comandante de las Farc fuera el verdugo que azotó Cauca en los últimos años, les hablara desde el honorífico Paraninfo Caldas, invitado por la Universidad.

No debería extrañar a nadie que exista ese disgusto; es apenas obvio en la polarización en que vivimos y en la historia del proceso de paz que aún está cruda, faltan el desarme, la verdad, la justicia y el perdón. Tantos rencores y desconfianzas sólo se liman con el pasar de un buen tiempo, así que, como dijo De la Calle, hay que hacer un plan nacional de valeriana.

Pretender que antes de ponerles el altavoz a las FARC se hayan cumplido todas las fases del proceso es partir del supuesto de que en cualquier momento van a poner conejo, y eso es falso. No hace falta ser un analista avezado para notar que las FARC ya entraron en el punto de no retorno como guerrilla; insistir en que el proceso se reverse es un boicot a la esperanza de pasar de una vez por todas la página guerrillera.

En el acto de marras en la Universidad del Cauca, un muchacho que es líder del Centro Democrático en Popayán pidió la palabra y le cantó el prontuario a alias Pacho Chino; hizo lo que seguramente muchas personas querrían hacer, recordarle al verdugo por qué es tan difícil mirarlo a los ojos y hacerlo parte de la sociedad. El increpado, por su parte, respondió que los delincuentes de todos los lados serán juzgados por la misma justicia, de expresidentes para abajo.

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Eso es un debate apenas normal, digo yo, en las circunstancias de proceso de paz que estamos transitando. Que esto suceda a instancias de la Universidad del Cauca es obvio, es el lugar natural y neutral por donde circulan los debates y las ideas. Que los anfitriones le digan comandante al tipo es obvio, es el reconocimiento explícito a su responsabilidad por la ejecución de las atrocidades por las que tendrá que responder un día, cuando el sistema y sus vericuetos terminen de resolver cómo van a poner en operación la Justicia Especial de Paz. Que un uribista lo interpele fuertemente también es obvio, estos espacios son necesarios justamente para plantear las diferencias mirándose a los ojos y no atrincherándose fusil en mano.

Pero para los medios que hicieron noticia de este hecho, lo que importa no es el trámite para dirimir el conflicto, sino el conflicto en sí, y haciendo eco del twitter indignado del patrón titularon como un “serio incidente” lo ocurrido en la universidad: así se tensionan los nervios donde no hace falta y se suministra la dosis de polarización que sirve para crispar la #indignaditis diaria. Posverdad, pura y dura.

Porque la verdad fáctica es que este asunto de cómo la sociedad recibe a la gente de las FARC es bien distinto de sitio en sitio, de la ciudad al campo, y de acuerdo con el tipo de afectación de la guerra en el territorio. Mientras en las ciudades se cree, en general, que los trinos indignados “hacen patria”, bloquean los avances del proceso de paz y hasta se atreven a vociferar y amenazar con reversarlo, hay territorios como por ejemplo Putumayo y el Catatumbo, donde los campesinos reciben con aplausos y vítores a los comandantes y a la guerrillerada que van camino del desarme. Dos realidades, dos países, nada nuevo.

Así que vayan acostumbrándose, gente de las FARC, a que les canten las tablas y los prontuarios en los recintos de las ciudades o en los medios masivos. Y vamos acostumbrándonos desde esta orilla a oír de las FARC el discurso rancio y doctrinario que no conoce la humildad, distante de las lógicas del sistema al que, a partir de la firma del acuerdo, comenzaron a reintegrarse.

El incumplimiento del Gobierno en la construcción de los campamentos en las zonas veredales fue la primera evidencia a las casi 7.000 personas de las FARC concentradas de que en este proceso van a recibir atención pero no privilegios, que por ejemplo se darían si el Estado colombiano hubiera resultado altamente eficiente y operativo para ellos, cuando en siglos no lo ha sido para garantizar ni siquiera los servicios básicos de sanidad a comunidades enteras de medio país. Ahora estamos todos del mismo lado, el que padece la inoperancia endémica de los que ejecutan y la corrupción impúdica de los que contratan. Como dice un chiste por ahí: “¿Quería que las FARC recibieran castigo? Bueno, ya están en la EPS”.

Vamos acostumbrándonos, aquí y allá, a que estamos parados del mismo lado. Tal vez así se le pueda dar trámite al perdón, lo único que nos salva.

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