Domingo, 23 de noviembre de 2014

| 2013/09/17 00:00

El equilibrio de la paz

La receta de la paz, en su aspecto político involucra la domesticación de la violencia y la delegación de la autoridad hacia aquellos que usarán el poder de manera productiva.

Andrés Casas - Casas Foto: SEMANA

Hay quienes dicen que lo de La Habana está ya “más cocinado” de lo que todos sospechamos y que por eso se explica que el presidente corra el riesgo de poner el ‘huevito’ que le queda en una sola canasta: la de la paz. Y aunque moralmente es loable y estratégicamente es una apuesta muy costosa, analíticamente hablando es muy poco probable que la receta con la que se cocina la paz en La Habana sea la adecuada para el largo plazo. 

Aunque sus ingredientes son los que dicta el sentido común (ver los cinco puntos de la agenda), dados los modelos de los actores de la mesa, el plato resultante no contribuirá en nada a la ‘dieta’ (social, política y económica) que los colombianos necesitamos con urgencia. 

Uribe pretendió hacerlo con los paramilitares, Santos lo intenta con las FARC, y como en tantos procesos previos durante la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, poner fin a la violencia e intentar alguna solución que aproveche la paz como antesala del desarrollo económico y social requiere de algo radical: transformar la manera en que se concibe el problema de la paz. La paz tiene que ver con un orden social estable, así como un desarrollo humano, económico y ambientalmente sostenible en el mediano y el largo plazo. 

La historia muestra cómo los mecanismos propuestos de manera posterior al tratado de Wisconsin, al Frente Nacional y la Constitución del 91 (por poner ejemplos conocidos y recientes) no lograron erradicar las raíces de la violencia política y social; y que como consecuencia no esperada (o esperada pero tratada con indiferencia) cosecharon la barbarie que seguimos padeciendo (y reproduciendo) en la segunda década del siglo veintiuno.  

En nuestra época tenemos una ventaja. Hay tres cosas que nuestros antecesores no tuvieron: la experiencia que nos otorgan los procesos del pasado, la evidencia científica de los estudios comparados sobre desarrollo en el mundo y la sabiduría de las voces comunitarias que han padecido la tragedia de primera mano. Sin embargo, nada de esto sirve si no reformulamos la pregunta por la paz, pues no implica solo el desarme, la desmovilización, la reinserción política y social de los combatientes, o el reconocimiento y la reparación de las víctimas. 

Si la ponemos en su dimensión real, la pregunta práctica por la paz sería: ¿Cómo hacemos para que el país funcione? La economía política del desarrollo y sus estudios comparativos de los últimos cuarenta años en todos los continentes de nuestro planeta, nos muestran que para que un país funcione se necesita alcanzar un equilibrio que depende a su vez de dos componentes. 

El primero requiere resolver los problemas relacionados con la seguridad y la confianza. Esto implica asegurar una situación en la que la gente no se mata entre sí y se respeta, el gobierno sea legítimo porque no abuse de las personas ni de su propiedad, resuelva conflictos de manera imparcial y use el dinero de los impuestos de manera transparente, efectiva y eficiente, satisfaciendo las expectativas y necesidades de sus representados. Lo anterior implica que los ciudadanos protesten cada vez que los actores estatales no respetan sus compromisos con el imperio de la ley. 

Así, solo cuando los niveles de confianza en una sociedad son altos, se da el terreno social para que se genere el segundo elemento del equilibrio arriba mencionado. La paz involucra la formación de capital y la organización de la actividad económica, esto ocurre cuando las personas forman capital y lo invierten, haciendo sacrificios en el presente para cosechar ganancias futuras. Esto implica constituir un marco que lleve a las personas hacia el desarrollo de actividades creativas, y por ende hacia el aumento de la riqueza en una sociedad. Garantizar el desarrollo económico que permite el mantenimiento de la paz depende del aseguramiento de los derechos de propiedad y la existencia de reglas económicas que defienden un mercado abierto. 

En suma, la receta de la paz, en su aspecto político involucra la domesticación de la violencia y la delegación de la autoridad hacia aquellos que usarán el poder de manera productiva. Se requiere que la sociedad transforme y re-direccione la coerción de fines predatorios y destructivos, para convertirla en un recurso productivo. Para que esto sea, en su aspecto económico, la sociedad debe vigilar que la coerción no se use para controlar o destruir la riqueza y el bienestar, sino para proteger y promover su creación, y respaldar la distribución equitativa de las utilidades sociales. 

Es decir que para que la receta que se cocina en La Habana funcione, quienes negocian deben entender que la oferta que nos hagan a los colombianos se debe alejar de lo que ya conocemos. Ninguno de los actores en la mesa dentro de sus modelos de gobierno -uno respaldado por la Constitución y el otro de facto en las zonas bajo su control- hasta el momento nos ha ofrecido esto, sino todo lo contrario. 

*Politólogo e investigador ptincipal de la World Values Survey para Colombia y del Centro de Análisis Político de la Universidad EAFIT.

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