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Opinión

  • | 2014/07/02 00:00

    Esperar es muchas veces sinónimo de injusticia

    ¿Por qué tenemos que esperar a que se firme la paz para iniciar las reformas que ya están acordadas en la mesa y que sabemos que son absolutamente necesarias?

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Después de las pasadas elecciones y ya con la tranquilidad de saber que el proceso de paz continuará y de que lo que se ha acordado hasta ahora no tendrá retroceso, pude respirar más tranquila para tratar de entender, hasta donde es posible con la información disponible, cuál es el alcance de los acuerdos a los que se han llegado en la mesa de negociaciones de La Habana. 

Cuando oía al Presidente Santos pronunciar su discurso triunfal el pasado 15 de junio, me hacía muchas preguntas que se reafirman cuando leo los acuerdos logrados. Pero sobre todo me pregunto por qué tenemos que esperar a que se firme la paz para iniciar las reformas que ya están acordadas en la mesa y que sabemos que son absolutamente necesarias. 

Si el equipo negociador llegó a la conclusión de que estos acuerdos son importantes para el bien del país y confiamos en que es un equipo serio y responsable, como creo que es, entonces qué esperamos para poner manos a la obra y de una vez por todas, sin necesidad de la presión de las FARC o de algún otro actor, emprender las reformas y los cambios que tanto se han aplazado y que tanto se necesitan.
 
Si se lee el primer acuerdo de la mesa, nos podemos dar cuenta de que no deberíamos haber necesitado un proceso de paz tras una guerra de décadas, para comprender que mucho de lo que allí se consigna, son cambios que había que hacer desde hace tiempos.

El gobierno Uribe se metió tanto en la guerra, que quiso ganarla más por un sentimiento triunfalista que por conseguir la verdadera paz para lograr con ella los cambios que tanto se necesitan. Siempre me pregunté cuál era el propósito de ganar una posición militar en algún pueblo alejado de nuestra geografía, si después éste iba a continuar igual o más abandonado que siempre. Lo único que llegaba a esas poblaciones tras la victoria, era a lo sumo un puesto de policía o del ejército, que inclusive aumentaba el riesgo de sus habitantes. 

No llegaba tras ese triunfo un Estado sólido que fortaleciera ese logro y que realmente propiciara los cambios que se requerían. Siempre sostuve que si era verdad lo que decían, que la guerra era el camino para la paz, ella tendría que tener, ahí sí, una combinación de todas las formas de lucha; pero no una de armas y horrores como sucedió, sino una cargada con un arsenal de políticas de Estado que permitieran que cada población ganada a las FARC o a los paramilitares, empezara a recibir los beneficios que garantizaran mayor bienestar a todos sus habitantes. 

Lamentablemente no era así. La política guerrera era una de tierra arrasada, que no sólo los mantenía en la miseria y en el abandono estatal, sino que obligaba a sus habitantes a salir a engrosar las filas de desplazados por la violencia, que hoy suman más de cinco millones de almas. ¿Era eso una victoria? Por lo menos desde el punto de vista social y humano, estoy segura de fue más bien una acumulación de derrotas. 

El acreditado exministro brasilero de política social, durante el gobierno de Lula, Dr. Patrus Ananías, decía que el Estado no debe llegar a las comunidades “por retazos”: los programas aislados de educación, alimentación, saneamiento, seguridad, vivienda, no logran cambios. Sólo se consiguen cuando el Estado llega como un todo, con una red de servicios que promueva una presencia  total. Es decir, buscar La paz territorial de la que habla Sergio Jaramillo en su lúcido texto (leer aquí).

En el país hay algunos ejemplos exitosos de esta política, que pueden servir de piloto y de modelo para darnos cuenta de lo que se puede y se debe hacer. Lo que se ha logrado en El Salado por ejemplo, con el apoyo y el liderazgo de la Fundación Semana, entre otros actores (vea aquí), es una muestra de que las cosas pueden cambiar sin tener que esperar a que se firmen los acuerdos y se refrenden.  Esa es la verdadera paz.

Nos llena de esperanza el espíritu reformista del gobierno que inicia y que quedó consignado en el discurso del Presidente el pasado 15 de junio cuando dijo: “vamos a ajustar todo lo que haya que ajustar y vamos a reformar todo lo que haya que reformar”. Entonces Presidente Santos ¡empecemos ya! Que no se siga cometiendo la injusticia de hacer esperar a tantos que se han acostumbrado a vivir esperando sin esperanza. Ya lo decía un célebre moralista francés del siglo XVII: “Una cualidad de la Justicia es hacerla pronto y sin dilaciones; hacerla esperar es injusticia”. 

***
Gracias a nuestros talentosos jóvenes de la selección Colombia y a su Maestro Pékerman por habernos devuelto la capacidad de soñar y brindarnos un espectáculo tan gratificante. ¡Vamos por más!

iliana.restrepo@gmail.com
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