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Opinión

  • | 2007/12/01 00:00

    Proceso de guerra

    El secuestro no es un instrumento legítimo, así sea una situación de guerra, como no lo es tampoco la desaparición forzada

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El gobierno y las Farc siguen jugando impúdicamente el juego cruel del llamado intercambio humanitario. Y tal vez crean que el juego va en serio los familiares de los secuestrados, en su desesperación; y es posible que incluso la senadora Piedad Córdoba se haya hecho ilusiones, pues cada cual cree lo que quiere creer. Pero los demás sabemos que no es así. Que ni a Uribe ni a las Farc, ni ha Chávez ni a Sarkozy cuando por narcisismo y propaganda meten la cucharada, les interesa la suerte de esos pobres rehenes, peones sacrificables en el tablero de un juego exclusivamente político.

Es natural que los políticos -Uribe, las Farc, los artistas invitados- jueguen así: es su oficio. Y también es normal que mientan en torno al juego: la mentira forma parte de las herramientas del oficio. Pero los llamados pomposamente "analistas políticos" de la prensa y la academia no tienen por qué prestarse al juego, hacerles el juego dándole alas a la ilusión mentirosa de que es factible y está al alcance de la mano el intercambio de secuestrados por presos. No es así, porque lo que cada una de las dos partes exige es justamente lo que la otra considera "inamovible".

Dice Piedad Córdoba, y sin duda lo cree, que antes de que el presidente Uribe lo mandara todo al diablo se habían logrado "avances sin parangón" en el camino del intercambio. Los enumera: la aceptación de Chávez, la de Francia y demás "países amigos", la del gobierno de los Estados Unidos, la de los familiares de los secuestrados. Son avances (si es que lo son) entre quienes no deciden nada: los comparsas. Los únicos protagonistas que importan son dos, el gobierno de Uribe y el Secretariado de las Farc, y ninguno de los dos está dispuesto a ceder en sus "inamovibles", digan lo que digan: pues precisamente lo que dicen para la galería es distinto de lo que hacen. Tiene razón la senadora cuando señala que el Presidente fingía apoyar la mediación (hasta que dejó de hacerlo) mientras sus ministros y sus generales y su Comisionado de Paz y su embajadora en Washington se dedicaban a obstruirla. Pero debería darse cuenta de que eso es igualmente cierto de las Farc, que ni siquiera se toman la sencilla molestia de aportarles a los mediadores las pruebas de supervivencia de sus cautivos.

(Por cierto: tampoco los "analistas políticos" les debieran colaborar en su desfachatado juego de sustituir lo importante por lo superfluo: tras la monstruosidad del asesinato de los diputados secuestrados consiguieron desviar la atención hacia el pecadillo de la demora en dar las coordenadas para la recuperación de los cadáveres; y consiguen ahora desviar la atención de la monstruosidad del secuestro hacia el detalle secundario de las pruebas de vida).

Dice también Piedad Córdoba, y a lo mejor también lo cree, que "la facilitación y la mediación se habían convertido ya en un primer paso hacia un proceso de paz". Eso tampoco es así. Porque ninguna de las dos partes, gobierno y Farc, quiere un proceso de paz (aunque digan que sí). Prefieren ambas el proceso de guerra en el que estamos, porque ambas creen que van ganando. Yo, personalmente, creo que no va ganando ninguna de las dos, pero no es mi opinión (ni la de la senadora, ni la de los demás comparsas) la que importa. Y no sólo las dos partes quieren guerra, sino que buena parte del público la quiere también: basta con ojear los comentarios de los lectores de la prensa a las informaciones al respecto.

Con lo cual queda intacto el problema de los secuestrados que se pudren en su cautiverio. Que sólo tiene solución a partir del reconocimiento de que NO se trata de un asunto humanitario, como lo vienen planteando, sino político. Las Farc no son una organización humanitaria, como la Cruz Roja, sino una organización política. Y el gobierno, lo mismo. Pero el secuestro no es un instrumento político legítimo, así sea en una situación de guerra, como no lo son tampoco, por ejemplo, la desaparición forzada o la ejecución extrajudicial. El secuestro es una monstruosidad política, independiente de la insurgencia armada; una monstruosidad que corrompe políticamente cualquier legitimidad política que pueda tener la insurgencia. Para decirlo en el lenguaje de hierro de las Farc, el secuestro no es una "forma de lucha" que pueda "combinarse" con otras. Es una aberración perversa, que deshonra la lucha.
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