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Opinión

  • | 2007/10/06 00:00

    Prohibido el gerundio

    La ingenuidad del gobernador consiste en creer que si uno modifica las palabras, cambia también la realidad

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En estos días el gobernador de Brasilia dictó una ordenanza mediante la cual "se prohíbe el uso del gerundio como disculpa para la falta de eficiencia". La prohibición, menos mal, no va dirigida a todos los ciudadanos de Brasilia, sino solamente a los funcionarios de la administración regional. Según el gobernador Arruda, los funcionarios se amparan en expresiones como "estamos trabajando en eso", "estamos preparando" o "estamos planeando", para postergar una respuesta concreta y en últimas no hacer nada.

Es verdad que cada país tiene su propia jerga de ineficiencia. En México, por ejemplo, la palabra mágica es "mañana". ¿Cuándo estará listo este arreglo? Mañana. Uno va al otro día y como no está listo, vuelve a preguntar, para obtener cada día la misma respuesta: mañana, mañana, mañana. "Mañana" es como un futuro indeterminado que nunca acaba de llegar. Como si más que "mañana" fuera más bien "el mañana", es decir, algún día que nadie sabe cuándo llegará. Si Arruda, el gobernador de la capital de Brasil, lo fuera de la capital de México, seguramente expediría un decreto prohibiendo el uso de la palabra mañana.

Si trajéramos a ese mismo gobernador a Colombia, tal vez tendría que expedir un decreto para desterrar el uso del diminutivo. Aquí vivimos en ese reino, jalonados por la misma manera de hablar de Uribe y de Uribito. Un momentico, un ratico, tengan un poquito de paciencia. Cualquier colombiano habrá podido constatar que un minutico, por diminuto que sea, dura muchísimo más que un minuto. Ni hablar de un segundito, que, como decía un autor alemán, fácilmente se convierte en una horita, en un diíta.

La ingenuidad del gobernador de Brasilia consiste en creer que si uno modifica las palabras, cambia también la realidad. A la gente con poder se le ocurren siempre, desde la antigüedad, ideas absurdas para mejorar las cosas. Un emperador romano -tal vez Calígula- decretó alguna vez, sin mucho éxito, que se trabajara de noche y se durmiera de día, con alguna excusa tonta sobre el sol de Roma, pero en realidad para favorecer sus instintos de noctámbulo. Cuando Antanas Mockus era alcalde de Bogotá, en un ataque de feminismo, propuso que una vez al mes hubiera "una noche sin hombres", para que las mujeres pudieran salir tranquilas por la calle sin miedo a abusos y atracos.

Al-Hakim, un califa de El Cairo que gobernó desde finales del siglo X hasta el año 1021, dictó normas rarísimas para esa ciudad. La más extraña (opuesta a la de Mockus) fue que decretó la prohibición absoluta de que las mujeres salieran de sus casas. No podían salir nunca, ni a la esquina. Y para reforzar su orden publicó un bando por el que se prohibía a todos los zapateros de Egipto volver a fabricar zapatos de mujer. Durante siete años, cuenta la historia de esa ciudad, ni una mujer se asomó por las calles de El Cairo, lo que sumió a los varones del reino en una tristeza sin fondo.

Algo parecido podría ocurrir en Medellín si el alcalde fuera, digamos, Fernando Vallejo. En una entrevista que le leí hace mucho, recuerdo que proponía que se prohibiera la circulación pública de todas las mujeres embarazadas, para que no dieran mal ejemplo de comportamiento prolífico a las clases bajas, que ya parían demasiado. Fuera de esta idea sobre el movimiento, Vallejo ha expedido también decretos de tipo estilístico. Para él, por ejemplo, todas las novelas tienen que estar escritas en primera persona del singular, pues cualquier otra fórmula cae en la ridiculez de lo imposible. Según él, desde que Dios murió, ningún autor debería pretender suplantarlo, pues nadie puede meterse en la cabeza de ningún humano que no sea sí mismo.

En esto de los decretos lingüísticos Vallejo se da la mano con otro escritor colombiano: García Márquez. En una de esas entrevistas fugaces que se leen más que sus obras duraderas, el hijo de Aracataca sostuvo alguna vez que debería prohibirse en todas las novelas del mundo el uso de los adverbios terminados en "mente". Esta ligereza ha sido una peste en las salas de redacción de los periódicos y entre los editores de las editoriales. Obsesionados con suprimir este tipo de adverbios, cada rato termina uno leyendo frases tan horribles como que "la señorita María miró a su novio de manera fija, mientras él le hablaba de manera lenta, y de manera abrupta caía la noche." En vez de este terror a unos adverbios útiles, cuyo riesgo de cacofonía existe solamente si se repiten mucho, estos correctores deberían volver a leer Cien años de soledad, y así verían que esta gran novela está llena de adverbios terminados en mente.

En fin, el poder (político o literario) no sirve para enseñarle a hablar o a escribir a la gente. Los que así lo ejercen, terminan humillados por la propia corriente del lenguaje, que a todos nos arrastra. Estoy seguro de que el gobernador de Brasilia, el señor Arruda, antes que el gallo cante, habrá usado el gerundio por lo menos tres veces.
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