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Opinión

  • | 2005/01/30 00:00

    Prohibido para menores

    Esa confusión de puntos focales es lo que hace tan abominables a los noticieros colombianos: balas, goles y colas

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La Comisión Nacional de Televisión, como de alguna manera tiene que justificar el desperdicio de su presupuesto y el descaro de los sueldos de sus miembros, nos propone a "los interesados en este asunto" que hagamos comentarios sobre una definición de pornografía que ellos copian de un estudio argentino. La intención, claro, es prohibir los contenidos pornográficos en los

canales nacionales, pero antes de prohibirlos hay que definirlos, y por eso se busca una definición de pornografía por consenso.

En la definición argentina se alude a la fellatio, al

cunnillingus, a la masturbación y a los primeros planos genitales. Se incluye también en lo pornográfico una serie de actividades de esas que en el siglo XIX se llamaban perversiones, tales como necrofilia, zoofilia, sadismo, incesto, sexo grupal y otras. Finalmente serían también pornográficas las escenas "ambientadas en lugares cuyo acceso está vedado a menores de 18 años: 'sex shops', locales de 'strip tease' femenino y masculino, prostíbulos, etc"

La palabra pornografía, etimológicamente, se refiere a la descripción explícita (gráfica, si quieren) de la actividad de las que en griego se llamaban pórne, es decir, rameras. Pero claro, cuando la palabra fue inventada, no existían ni las fotos ni la televisión. Había, sí, bastante tráfico de novelas, pinturas y dibujos en los que se relataba o se pintaba el sexo explícito. Con el paso de los siglos, lo que en Grecia pudo ser pornografía (digamos un ánfora con el dios Príapo persiguiendo doncellas) hoy se exhibe en los museos como una obra de arte. Si hace 2.500 años estas ánforas sirvieron para "envilecer la sexualidad de los seres humanos", yo no sé, pero hoy sirven para enriquecer los museos y los coleccionistas.

No nos digamos mentiras: pornografía, desde el punto de vista de la moral religiosa, son todas aquellas imágenes que exciten nuestro apetito libidinoso y por lo tanto nos lleven a pecar. Si uno cree que peca al desear, y al descargar ese deseo por vía de la masturbación o la búsqueda de un cuerpo que esté de acuerdo, entonces hay infinidad de imágenes pornográficas. Esto los musulmanes lo saben y por eso son tan rigurosos: hay que poner un velo incluso sobre el rostro, y cubrir las manos con guantes, porque basta una cara o un dedo de mujer para despertar la concupiscencia en el hombre. Esto lo sé por mí y por eso lo digo; de las mujeres no hablo.

Desde un punto de vista rigurosamente moral y religioso, entonces, habría que prohibir no digamos las orgías y las mamadas, sino también la publicidad de ropa interior, los escotes muy hondos y las faldas muy cortas. Todo esto se presta para la arrechera. Claro que estas cosas dependen mucho, también, de la habituación y la costumbre. Si uno lleva seis meses en un barco, o 10 años en un monasterio, y durante todo este tiempo no ha visto sino barbas, basta un tobillo femenino (o menos, un aroma de mujer), al desembarcar en el primer puerto o al salir a la primera calle, para desatar toda la gama de la concupiscencia. En cambio, si uno ha crecido en la mitad del Amazonas, los pezones al aire no lo inmutan (y los niños muinane, que yo sepa, no crecen perversos). Y si es camarógrafo de películas de porno extremo, la visión más profunda de las cavernas humanas no pasa de ser la toma tediosa de un anatómico tejido de células. Lo pornográfico está más en el ojo que en la imagen.

A mí, más que prohibir la pornografía, que por abundancia de público debería tener su espacio, su canal y su permiso, me gustaría más bien que no se auspiciara la confusión de los géneros. Se anuncia, por ejemplo, la llegada al país de las

naked-news, las noticias al desnudo, que no es una promesa de sinceridad informativa, sino una mezcla de información y nudismo. Unas muchachas van dando las noticias, y cuanto más excitantes son estas (en sentido informativo), más prendas se van quitando ellas. Si viene un tsunami, se quedan cortas cuando quedan en cueros.

Hay ya un programa, por cable, de recetas en bola. Son clases de culinaria con modelos semidesnudos. Está una mujer haciendo una salsa de ciruelas con miel y tamarindo; de repente se da la vuela para alcanzar la sal, y aparecen en toda su dimensión un par de nalgas simétricas que quitan el apetito, o por lo menos lo desplazan. Es eso lo que a mí me molesta: esta confusión de puntos focales, y por eso es tan abominable el esquema de los noticieros colombianos: balas, goles y colas (prefiero con u esta última palabra, pero no quiero ofender el sentido del pudor de los lectores). Ese híbrido de soft-porn e información es lo que no me cuadra, pues uno no se concentra ni en las noticias ni en los cuerpos. Hay tiempo de informarse y tiempo de desear, como diría el Eclesiastés.

Pero hay algo que me gusta de la definición de pornografía que propone la Cntv. Si uno la toma literalmente, algunas escenas memorables del cine quedarían a salvo. Pienso por ejemplo que ese instante mágico en que Angie Cepeda se quita la ropa en la película Pantaleón y las visitadoras -que es uno de los momentos más eróticos del cine latinoamericano-, quedaría a salvo. No hay fellatio, no hay primeros planos, no hay zoofilia, coprofilia o porquerías de esas. Hay solo algo muy puro: el deseo intacto inspirado por un cuerpo inaudito. Pero si miro bien la definición de la Cntv, las 'visitadoras' son prostitutas, y el comercio con ellas debe de estar "vedado a los menores de 18 años".
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