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Opinión

  • | 2014/09/07 00:00

    Pronóstico reservado

    El proyecto de reforma constitucional da la sensación de que está poco estructurado y no refleja precisamente una visión estratégica de largo plazo.

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Los 31 artículos que componen el proyecto de reforma constitucional presentado por el Gobierno al Congreso, supuestamente para restablecer el equilibrio de poderes en el Estado, tienen de todo, como en botica. Tal vez por eso, dejan la sensación de que estamos frente a una reforma poco estructurada que no refleja precisamente una visión estratégica de largo plazo. Prueba de ello es que al presidente le daba lo mismo que el período fuera de cuatro o de cinco años, como si la cifra se pudiera establecer de manera caprichosa.

Igual que en uno de esos videojuegos famosos, la reforma al Estado tendrá que esquivar a los congresistas que van a querer atajarla, vérselas con la oposición de derecha e izquierda que ya amenaza con hundirla y escapárseles a los orangutanes que van a querer colarse en cada parágrafo, porque una cosa es la que los congresistas se comprometen a hacer en privado y otra la que terminan haciendo cuando les toca el turno de votar y presentar proposiciones. Todo, por supuesto, en una carrera contra el tiempo que incluye ocho debates por delante.

Ante un gobierno que no ha dado muestras de liderazgo fuerte y de claridad conceptual frente a lo que quiere, la reforma nace frágil y susceptible al manoseo parlamentario. Por eso su pronóstico es, francamente, reservado. Permítanme desmenuzar un poco la iniciativa.

Lo bueno:

Que se proponga la eliminación del voto preferente, de entrada es una de las cosas que más me gustan. No era conveniente que los partidos le desplazaran al elector la responsabilidad de ordenar sus preferencias, que los candidatos de un mismo partido terminaran compitiendo entre sí y que los colombianos votáramos por personas y no por colectividades.

Es bueno también que acabemos con la reelección, no por la institución en sí misma que ha probado ser válida en otros países, sino porque en América Latina terminamos confundiendo la palabra ‘reelegirse’ con ‘perpetuarse’ y las garantías las cambiamos por abusos.

Que se transforme el Consejo Superior de la Judicatura y tengamos una sala de gobierno judicial integrada por los presidentes de altas cortes, pero también representantes de jueces y magistrados de tribunales, parece en principio más eficiente. Que se diga con claridad que el nuevo director ejecutivo de la rama judicial no sea ni abogado ni político, sino gerente de verdad, con no menos de 20 años de experiencia financiera y administrativa, también es positivo.

Suena muy bien que se prohíba expresamente el ‘yo me elijo, tú me eliges’ y que no se puede saltar de Corte en Corte como efectivamente queda en el proyecto.

Lo que no termina de cuadrarme:

Que el presidente terne los candidatos para procurador y que el Senado siga siendo el que lo elija. Del poder de las Cortes pasamos al poder del presidente en la nominación del procurador. ¿Cuál es entonces el cambio de fondo?

Tampoco cuadra eso de que los magistrados se autoelijan (cooptación plena) sin una revocatoria previa y completa, como plantea el abogado Ramiro Bejarano. En ausencia de un ‘borrón y cuenta nueva’, la fórmula no resuelve nada y, al contrario, deja en manos de las mismas roscas el alto poder judicial. ¿Por qué genera tanto susto hablar de concursos de méritos a la hora de buscar magistrados para las Cortes?

Los puntos suspensivos que deja la reforma:

El famoso Tribunal de Aforados que reemplazará la comisión de acusaciones parece una institución tan frágil como audaz. Como es el Congreso el que elegiría a los miembros de ese tribunal, hay dudas de qué tan buenos e independientes pueden ser esos nuevos altos jueces. En su selección debería participar activamente la academia, pero eso no queda claro en el proyecto.

Por otro lado, el modelo de composición del Senado que plantea que los departamentos con menos de 500.000 habitantes tengan garantizada su presencia en la ‘cámara alta’ tampoco es del todo nítido. No se sorprendan que en el camino nos digan, por ejemplo, que habrá que aumentar el número total de senadores para satisfacer todas las pretensiones y nos metan el gol de más burocracia en una entidad desprestigiada como el Congreso de la República.

No sé, no sé… pero con tanta mezcolanza de temas, tengo el presentimiento de que las expectativas superarán los resultados y que este Congreso -casi el mismo que tramitó la nefasta reforma a la justicia en el 2012- será inferior al reto planteado. De ser así, Santos y Cristo recordarán esa frase que privadamente les dijo el expresidente César Gaviria desde cuando hablaron de la necesidad de una reforma: “No se metan con tanta cosa, que eso no les va salir bien”. ¿Será?

Twitter: @JoseMAcevedo
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