Viernes, 19 de diciembre de 2014

| 1985/07/15 00:00

PRONTUARIO DEL RIDICULO

PRONTUARIO DEL RIDICULO


La semana pasada la pareja presidencial norteamericana apareció retratada en las principales publicaciones del país. Se preguntará el lector qué tiene eso de extraño. Tan solo el hecho de que los esposos Reagan no estaban posando en cumplimiento de alguna ceremonia presidencial, sino de una conyugal: dándose un apasionado beso en la boca, que habrían envidiado Clark Gable y Vivian Leigh en "Lo que el viento se llevó".

El beso, sin embargo, no fue producto de un súbito arranque de pasión presidencial. El señor y la señora Reagan habían aceptado posar para un fotógrafo, que previamente había solicitado a la pareja el permiso de tomar el close up de un beso. Hubo según parece, 3 ó 4 ensayos, que aparentemente no fueron del gusto del fotógrafo. Fue el quinto beso el que quedó registrado por la lente fotográfica, quizás la única en la historia que ha tenido el privilegio de acercarse a menos de seis centímetros de un par de labios presidenciales.

Idéntica solicitud de un fotógrafo a un presidente colombiano habría sido interpretada como un insulto. Y no es para menos. Si en algo lleva ventaja la clase política colombiana sobre la norteamericana, es en que aún conserva el sentido del ridículo.

El beso de los Reagan, sin embargo, es apenas una anécdota en el largo prontuario de concesiones de los políticos norteamericanos al ridículo. Recientemente el espectáculo había corrido a cargo de Geraldine Ferrarol ex candidata a la Vicepresidencia por el Partido Demócrata e importante feminista norteamericana, quien por un puñado de dólares aceptó endosarle sus votos a una mundana cuña de Pepsi-Cola. En ella aparece doña Geraldine explicándole a sus dos hijas las opciones de la mujer moderna. "Lo importante es saber escoger", les dice, mientras les entrega descaradamente una botella de la bebida. En Colombia, una comercialización semejante de cualquiera de las mujeres "presidenciables", así no fuera por la cuña de una gaseosa sino por la del diccionario jurídico de "Legis", habría sido interpretada, y con razón, como la desbandada general de la dignidad política, además de como una imperdonable traición al sexo femenino.

Pero echemos un poco más para atrás. Ni siquiera el argumento de que se trataba de una campaña para combatir el consumo de drogas aligeró el ridículo de doña Nancy Reagan cuando se hizo fotografiar, hace dos o tres navidades, comodamente apoltronada en las piernas de Mario Baracus, alias "Mr. T.".

También fueron razones benéficas las que llevaron al ex presidente Gerald Ford y al ex secretario Kissinger a aceptar aparecer actuando en el papel de si mismos como invitados en un banquete de la popular serie televisiva "Dinastia", saludándose "de cuchis" con la pérfida Alexis. No pudieron evitar, sin embargo, que una nada despreciable dosis de ridículo los hiciera parecer... al uno menos ex presidente y al otro menos ex secretario. ¿Cabe acaso en la cabeza de algún colombiano la posibilidad de ver aparecer a Julio César Turbay y a Jorge Mario Eastman paseándose con nombre propio, por los salones charramente decorados de "Notas de Sociedad"?

Pero la lista de ridículos de la clase política norteamericana continúa. En una famosa fotografía que recorrió el mundo, el ex presidente Johnson en una memorable rueda de prensa, se desabotonó el pantalón, se sacó la camisa y exhibió orgullosamente la cicatriz de una operación de apéndice. Ni siquiera nuestro buen Belisario, con toda la dosis de populismo que justa o injustamente se le atribuye, sería capaz de exhibir la cicatriz de su propia operación, realizada por cierto cuando los elevados indices de su popularidad hubieran neutralizado cualquier propensión al ridículo semejante.

¿Y qué me dicen de Carter? Fue incapaz de resistir la tentación de contestarle a la famosa periodista Barbara Walters una pregunta tan poco presidencial como la de si dormía en la misma cama con su señora. En contraste, el más delicado amago que ha registrado el país en el campo de las intimidades maritales se produjo con la noticia de que el matrimonio del ex presidente Turbay había sido anulado. Nadie se atrevió, sin embargo, a caer en el mal gusto de sustraer esta noticia de la órbita privada, que era a la que estrictamente pertenecía. Es probable que una primera dama norteamericana, en las mismas circunstancias, no habría dudado un instante en venderle los derechos de su historia a la revista People, que la mitad del país habría bebido con avidez.

Desliz común entre las esposas de los dirigentes políticos norteamericanos, que oscila entre lo ridículo y lo trágico, es el de abrirle las puertas a la prensa para que se asome a la intimidad de sus tratamientos antialcohólicos o a los detalles de sus mastectomías.

Pero los mismos presidentes norteamericanos haciendo gala de una absoluta pérdida del sentido del ridículo, se aseguran de llorar en público varias veces durante su período presidencial, el caso más reciente lo protagonizó hace unas cuantas semanas el presidente Reagan cuando, en el colmo del sentimentalismo, se echó a llorar en Normandia, como muestra de su emocionada evocación de la historia. ¿Le perdonaríamos los colombianos a uno de nuestros presidentes que hiciera una exhibición de llanto en el Pantano de Vargas?

Los anteriores ejemplos demuestran que existe, en algún momento, una relación de causalidad entre la pérdida del sentido del ridículo y la pérdida de la intimidad. Y es quizás este último, precisamente, el bien que más celosamente guarda la clase política colombiana. Hasta tal punto que la máxima concesión a la intimidad en el caso de algunos presidentes colombianos ha consistido, por ejemplo, en permitir que los retraten en vestido de baño, como el ex presidente López, o comulgando, como Alberto Lleras, o en dejarse ver manejando un renault 4 por la séptima, como Belisario.

Hagámole, pues, una concesión a la clase política colombiana: la de que, a diferencia de la norteamericana, nuestros dirigentes conservan intacto el sentido del ridículo. Podrán ser, sí, malos gobernantes, pero jamás nos darán la oportunidad de acusarlos de ser malos payasos.--

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