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Opinión

  • | 2004/06/27 00:00

    Propósito nacional

    La ideología toma un hecho verdadero como premisa, pero exagera su alcance, silencia otros hechos reales y simplifica la relación causa-efecto

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Para dónde va Colombia? La respuesta, que entresaco de discursos oficiales, charlas con los taxistas y editoriales diversos es tan clara y contundente que encaja en un silogismo:



- Primero acabaremos la guerrilla, que es la raíz de los males

- Al haber seguridad florecerá la inversión

- La inversión creará empleo - y viviremos mejor.

Hay por supuesto detalles que alargan (o acortan) el argumento según el estado de ánimo y el estrato de quien hable. Pero esas frases resumen lo que piensa la opinión, y al mismo tiempo resumen el programa del gobierno.

¡Por fin! Un propósito nacional, una ruta definida, un marco que da sentido al presente y al futuro, una idea que comparten los de abajo y los de arriba. Eso, aunque no fuera más, es un factor de optimismo, un acicate potente, la razón de ser de Uribe y el sentimiento-argumento detrás de la reelección.

Tras el cuatrienio frívolo de Andrés y los años vergonzosos de Samper, habría que ir tal vez al comienzo de Gaviria para toparse con algo similar: la imagen cultivada de Galán, Constituyente, apertura y "revolcón" eran entonces el camino que entusiasmaba al gobierno y a la gente.

Faltaba sin embargo el insumo esencial para darle pasión y contundencia a un proyecto nacional: el enemigo. No un enemigo impersonal o etéreo (la corrupción, la pobreza), sino concreto y tangible como enseña la historia universal (la potencia colonial, el ejército invasor). Pues bien: el enemigo son las Farc y surgieron de las cenizas del Caguán, como que Uribe proviene del fracaso de Pastrana.

Por más que nos creemos racionales, las ideologías se basan en pasiones _y así lo prueban mil experimentos_. La ideología, para ser precisos, toma un hecho verdadero como premisa, pero exagera su alcance, silencia otros hechos reales y simplifica la relación causa-efecto entre el hecho inicial y el resto del universo.

El hecho verdadero es el daño que las guerrillas le están haciendo a Colombia: un daño inmenso, injusto y criminal. Su atrocidad sin límite, su desprecio por todo y el modo como acabaron de enredarnos la vida colectiva y personal justifican con creces la indignación de todos.

Este hecho indignante y verdadero es la premisa de nuestro silogismo. También es cierto que el secuestro ahuyenta la inversión, de suerte que, sin guerrilla, más capitales vendrían o no huirían. Y por supuesto es verdad que la inversión se necesita para que haya empleo. O sea que los tres pasos del argumento son formalmente válidos.

Pero además ya se han dado avances -así sean disparejos_ en cada uno de los eslabones: las Farc han sido golpeadas, la economía mejora y se está creando empleo. De aquí infiere el gobierno que uno es causa de lo otro y que el modelo funciona.

Y sin embargo el argumento exagera, simplifica y silencia porque comienza por una indignación:

Exagera: Las Farc no están tan golpeadas, la economía no despega en serio, y los empleos son pocos y son malos.

Y exagera: seguimos con el récord en secuestros, así que nadie habría de invertir aún.

Simplifica. No toda inversión genera empleos y hay muchas inversiones que causan desempleo. La seguridad es uno de los muchos factores que afectan la inversión. Y la guerrilla es una de varias fuentes de inseguridad.

Y simplifica. ¿''La raíz de los males'' de veras es la guerrilla o, digamos, por decir, el narcotráfico _que no es lo mismo ni viene a dar lo mismo ni se arregla de idéntica manera_?

Silencia. La economía del resto de América Latina ha mejorado igual o más que la de acá, y el desempleo también está cediendo allá. ¿Acaso la explicación es pues algo distinto de la seguridad?

Y silencia. El avance canceroso de esos otros ejércitos privados que se toman regiones y barriadas mientras las Fuerzas Armadas persiguen a las Farc.

Modestamente concluiría yo que la adopción de un proyecto nacional pedía más luz y menos calor de los que usaron el presidente Uribe y la opinión.
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