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Opinión

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En la actual guerra civil de Liberia un tercio de los combatientes tiene menos de 12 años. "Es que los niños obedecen mejor las órdenes militares _explican sus jefes_ porque es más fácil aterrorizarlos". Una niña norteamericana de siete años cuyo papá quería hacerla figurar en los libros de récords se acaba de estrellar pilotando una avioneta cuando hacía un vuelo de costa a costa en Estados Unidos. Un duque sevillano, Grande de España, está preso por tomar fotografías eróticas de niñas de cinco años. Un premio Nobel de medicina fue detenido hace unos días por practicar la pederastia con muchachitos que adoptaba en la Nueva Guinea. En Escocia están demoliendo un colegio en el que un profesor de gimnasia mató a tiros a 16 niños y niñas hace menos de un mes. Tal vez sea cosa de los periódicos, y no de los niños: pero es un hecho que últimamente los niños muertos, los niños torturados, los niños explotados, los niños oprimidos, salen mucho en los periódicos.La utilización de la infancia es universal. En Arabia venden a los niños como esclavos, y en el Sudán, y en la Amazonia. En la China, si cuando nacen son hembras, las dejan morir a la intemperie. En Estados Unidos se transmiten servicios de pornografía pedofílica por Internet. Tailandia, y últimamente también Cuba, tienen en la prostitución infantil su principal fuente de divisas. En España usan niños huérfanos de hospicio para que saquen a la suerte los números de la lotería. En las grandes ciudades del Brasil la Policía asesina a los niños de la calle. En el Tíbet les rapan la cabeza para reclutarlos en las lamaserías. En Irán y en la India ponen a las niñas a tejer alfombras, y en el Ecuador a tejer sombreros. Y así, en todas partes. En el norte de Francia todavía se usan niños para deshollinar chimeneas, y en el Oriente Medio para transportar bombas.Y así, en todos los tiempos. Los antiguos griegos devoraban a los niños: dioses como Cronos, héroes como Jasón. Los egipcios los enterraban vivos. Los cartagineses los quemaban en el horno de Moloc. Los romanos los despeñaban por la Roca Tarpeya. El rey judío Herodes quiso degollarlos a todos, y se le escapó uno. El patriarca Abraham, que solo tenía un hijo, decidió sacrificarlo para quedar bien con Dios. Y después los cristianos: los predicadores enviaban a los niños a morir en las Cruzadas, los reyes los encerraban en una torre para que murieran de hambre, los papas los hacían castrar para que cantaran bien. Eso, en Occidente. En Oriente, no digamos: los japoneses les sacaban los ojos como a los canarios, los chinos los crucificaban, los indios los hacían pisotear por elefantes. La verdad es que nunca, en ninguna parte, ha sido cosa fácil ser niño. Incluso a los mejor tratados les echa uno una mirada y se estremece: hay que ver cómo los visten sus mamás.Pero tal vez los que corren peor suerte son los niños colombianos. Trabajan en las minas de carbón y en los chircales de teja, cargan fusil en la guerrilla, en las ciudades se venden en los burdeles o son asesinados en las esquinas, piden limosna en la calle o son exportados para adopción, les extirpan los riñones para venderlos, los secuestran, les pegan, los hacen trabajar como sicarios o en la publicidad de la televisión. El ex ministro Botero, hoy preso (aunque no por eso), disfrazaba de soldaditos o de policiítas a sus niños de pocos años y los ponía a corretear entre los tanques. No los dejan salir a montar en triciclo en el parque: a lo mejor los secuestra alguien. Los ponen a mirar televisión. Y a cada rato aparece en los periódicos la historia de algún niño de Bogotá, o de Pasto, o de Pereira, a quien su madre dejaba encadenado en la casa mientras ella salía a prostituirse en la calle.Y ahora resulta que, por añadidura, sus padres los obligan a llorar ante las cámaras para impresionar favorablemente a los televidentes. Y no unos padres pobres de barrio de invasión que pretendan así evitar el desahucio: sino los principales ministros del gobierno, que pretenden con eso no ir a la cárcel. De manera que una niña de siete años sale sonriendo frágilmente, sentada en las rodillas de su padre: "Mi papá no es un mentiroso". Y otra de nueve, abrazada a un osito de peluche, hace pucheros: "Mi papá no hizo eso". Y uno de ocho, llorando bajo los besos de su padre: "Mi papá es inocente".Lo que acaban de hacer con sus niños los ministros Pardo, Turbay y Serpa puede tal vez serles útil. Pero es repugnante.
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