Jueves, 19 de enero de 2017

| 1988/03/28 00:00

PROTAGONISTAS Y PROTAGONISMO

PROTAGONISTAS Y PROTAGONISMO

Del escenario nacional en el que se planteó la decisión sobre el procedimiento de la reforma constitucional, podrían rescatarse varios tipos de protagonistas, y de protagonismos.
El del gobierno, que aunque dice que ganó, perdió.
El de la oposición, que dice que ganó, y ganó.
Y el de El Espectador, que sin perder, se declaró derrotado.
Que el Gobierno perdió, perdió, aunque la realidad indique lo contrario. Con esa manera simplista que tiene la opinión pública de plantear las cosas, si la posición de Barco era la de "sí al plebiscito", y "sí el 13 de marzo", y la de Pastrana la de "si a un referendum" pero "no el 13 de marzo", pues ganó Pastrana. Esa sensación quedó consolidada con la imagen televisada del ex presidente conservador "tirando rúbrica" en la ceremonia que protocolizó el acuerdo bi-partidista en el Palacio de Nariño que a su vez dio lugar a que el ingenio popular inventara la ironía de que el episodio reforzó el esquema gobierno- oposición, "con Pastrana en el gobierno y Barco en la oposición".
Sin embargo, esta derrota aparente de la imagen de Barco ante la opinión publica es injusta. La realización del plebiscito para preguntarle a la gente si quería o no que se reformara la Constitución era un requisito de forma en un proceso de fondo, que culminaba en la reforma de la Constitución por un mecanismo extraordinario, distinto al contemplado en el artículo 218 de la Constitución Nacional, que exige que la reforma la haga el Congreso en dos vueltas.
Sacarle el quite al artículo 218 era el objetivo de Barco. Y si ese era el objetivo, pues Barco lo logró. Pero además, el Presidente logró obtener el consenso político para poner en marcha un mecanismo inconstitucional de reforma constitucional. Si Barco hubiera seguido adelante con su propósito de violar la Constitución sin consenso, la figura hubiera sido equivalente a un golpe de Estado, o a un "noriegazo", como se le dicen ahora a ese tipo de golpes. Con el consenso político, la figura del referendum adquiere una legitimidad similar a la de una pareja que vive en unión libre y resuelve casarse por lo civil en Panama: jurídicamente no vale, pero toda la sociedad juega a que sí.
Sin embargo, de nada vale que uno tenga la razón si no se la conceden. El Presidente perdió en este episodio porque la opinión publica cree que perdió, al haber hecho concesiones vitales sobre su posición inicial. Pero aún aceptando que Barco perdió prestigio, la opinión pública ahora valora al Presidente en una dimensión superior a la que lo hacía antes de que saliera con su propuesta sobre el plebiscito: la controversia sobre la imagen del Presidente radica hoy en si triunfó la tesis de los conservadores sobre la suya, y no, como hace unos meses, en si es bobo o no.
Los social-conservadores creen con el ex presidente Pastrana a la cabeza, que ganaron, y ganaron. Desde el principio se opusieron a la fórmula del plebiscito y a la fecha del 13 de marzo. Pero en realidad si la oposición ganó es por que la opinión pública cree que ganó, y no porque haya ganado. En el fondo podría decirse que el que realmente cedió terreno en este "tire y afloje" constitucional fue el ex presidente Pastrana, que había dejado claramente establecido que el social-conservatismo no aceptaría ningún mecanismo de reforma de la Constitución "que vulnerara el ordenamiento jurídico vigente".
Desde luego, la fórmula acogida lo vulnera, y de manera más rampante que el plebiscito que Barco proponía. Con este último se buscaba eliminar el obstáculo del artículo 218 de la Constitución, mientras que con la fórmula protocolizada en el Palacio de Nariño, el 218 se pasa olímpicamente por la faja, con el pretexto de que hay consenso político para hacerlo.
El que si resulta absolutamente incomprensible es el caso de El Espectador, que se declaró derrotado sin haber perdido. Con el insólito titular de "Golpe al constituyente primario", con el que presentó en primera plana la noticia del acuerdo logrado entre Barco y Pastrana, este periódico dejó la impresión de que de la reforma constitucional que se avecina había quedado eliminado el pueblo. En la propuesta inicial de Barco, lo único que habla quedado claro era que el proceso de reforma constitucional se iniciaría con un plebiscito para preguntarle a la gente si quería esa reforma, y terminaría con un referendum, para preguntarle a la gente si estaba de acuerdo con la reforma realizada. El relleno de la mitad, o sea, el procedimiento mismo de la reforma, no se había definido, pero después de realizado el plebiscito, perfectamente habría podido ser el que fue acordado entre los senadores Mestre y Holguín.
Al haber sacado el plebiscito del procedimiento, quedó eliminado un medio pero quedó firme un fin: se entrará directamente a reformar la Constitución, sin preguntarle a la gente algo que ésta obviamente habría respondido que sí.
Pero el constituyente primario intervendrá en otras dos etapas del proceso: indirectamente, a través de las próximas elecciones, cuyos resultados determinarán el equilibrio de fuerzas de la Comisión de Reajuste Institucional. Y directamente en el referendum, a través del cual la opinión pubica aprobará o no lo que se reformó.
En este esquema no hay motivo para que El Espectador se declare derrotado, a menos que para este periódico lo más importante en una reforma constitucional no sea reformar la constitución, sino preguntarle a la gente si quiere que la reformen. No faltará quien diga que es un problema de celos: que El Espectador se siente derrotado por el papel que en este nuevo acuerdo jugó el director de El Tiempo, Hernando Santos.
Pero El Espectador, que cree que perdió, puede terminar descubriendo que ganó, si lee bien la fórmula de la reforma constitucional. En ella descubrirá que el constituyente primario está "vivito y coleando", y que, eliminado el plebiscito, hay otra bandera que puede tomar: la de evitar que en a Comisión de Reforma Institucional, que será la encargada de redactar las reformas, se nos cuele todo el Congreso, con lo que se logrará precisamente lo que se quiso evitar con el consenso político: que al ser los congresistas los que redacten los cambios de la Constitución, la reforna constitucional termine haciéndose por el artículo 218, pero en una sola vuelta.

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