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Opinión

  • | 2017/05/25 08:54

    Conciencia de río

    La diversidad es el mayor motivo de celebración de nuestra propia vida.

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El día 22 de mayo celebra la biodiversidad en el planeta Tierra, femenino para muchos pueblos pues encarna la madre, el origen, incluso la Ley. La vida sintiente, la vida sensible, la vida sensual y todas sus manifestaciones.

Colombia, coincidencialmente, sentenció unos días antes que el Atrato, el del gran caudal, tiene derechos como río, violados sistemáticamente ante la vista de un Estado que no ha sabido ni podido defenderlo, trayendo como consecuencia el riesgo de muerte para todas sus especies, las acuáticas y las terrestres, incluida y sobre todo la humana, la más amenazada. El colapso de este ecosistema implica tal acumulación de violaciones a los derechos, que en su conjunto encarna un cuerpo lastimado, un espíritu enfurecido.

La extensión de los derechos a los ecosistemas o al territorio representa el alcance ético que se deriva de la comprensión de la vida como un fenómeno continuo al vincular genes con poblaciones de especies y a estas con comunidades y biomas, formas organizadas y con identidad propia en la multiplicidad de sus expresiones: aquello que llamamos natura, donde nuestros propios cuerpos anidan junto con el fuego, las vacunas, los aviones y la Internet. Porque todo viene de la evolución de las moléculas o de un acto misterioso de creación divina, según se prefiera creer sin que cambie la constitución de nuestra responsabilidad consciente respecto a la diversidad. Reconocer derechos para todas las expresiones de la vida implica un acto solidario, humilde y reconciliador con el mundo para ampliar nuestra perspectiva como especie aparentemente inteligente, es decir, capaz de descubrir y disfrutar las razones de la existencia.

Reconocer los derechos del río, del bosque o de la montaña implica una disposición de ánimo especial a la cual concita la Corte, para volver a ver, escuchar y sentir la vitalidad del territorio. Tal vez incluso para reiniciar o extender esa conversación que la nación Embera tiene aún con el agua y los cangrejos, el polen, las chicharras. La misma que tuvieron los pueblos africanos con sus selvas y sus sabanas de origen y reconstruyen cada día con sus territorios chocoanos. Por supuesto, una conversación capaz de reconocer un “otro diferente” con el cual dialogar, con quien reconstruir historias, a quien sanar luego de intoxicarlo con mercurio o despellejar su cauce, pero también con quien llegar a acuerdos para seguir pescando, navegando, incluso cosechando el oro en otras condiciones. La misma noción de respeto que exigimos y nos cuesta entender tanto en el trato entre seres humanos y que indudablemente se irá extendiendo a otras regiones del país como la Ciénaga Grande de Santa Marta, la laguna de Fúquene y tantos sitios emblemáticos de nuestro país, donde pese a esfuerzos recientes no se vislumbra salida.

Renovar nuestra conexión vital es un acto de decencia, solemne y alegre a la vez, como me cuenta mi vecino de viaje al recordar a su mamá poniendo semillas de corozo para las aves del jardín: gracias a ella y a todas las personas que tienen gestos de vida para con el resto de creaturas, sus casas, sus maneras de existir. La diversidad es el mayor motivo de celebración de nuestra propia vida.

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