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Opinión

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Habría que hablar de Antanas Mockus, que quiere ser presidente. Como todo el mundo en Colombia. Basta con que alguien llegue a un cargo interesante alcalde de una gran ciudad, rector de una gran universidad, subdirector de un gran periódico para que, en vez de ocuparse de la ciudad, la universidad o el periódico, lance su candidatura presidencial. Por eso no funcionan las ciudades, ni las universidades, ni los periódicos. Eso sucede con los cargos, pero es más general: sucede con los oficios. Los colombianos nunca somos esto o aquello, zapateros o cirujanos o trapecistas, sino que estamos de eso, provisionalmente, como desembolate mientras nos llega la hora de aspirar a la Presidencia de la República, única manera de lograr, por fin, ser ex presidentes. Mockus, que ahora está de alcalde de Bogotá, y antes estuvo de rector de universidad, lo que de verdad quiere es ser presidente. Se lo confesaba el otro día a un periódico: "Si se presentara esa oportunidad, yo me lanzaría".Habría que hablar, pues, de las ambiciones presidenciales de Mockus. Pero en Colombia lo urgente impide siempre ocuparse de lo importante: hay que achicar el agua, en vez de remendar el casco de la barca que se hunde no hablemos ya de pensar en dirigir su rumbo: para eso están las olas, las corrientes, el azar. No hay tiempo para pensar en por qué nada funciona las ciudades, las universidades, porque siempre hay alguna catástrofe que requiere atención inmediata. No es que prestarle atención impida la catástrofe, eso tampoco. Pero así se nos va la vida.La catástrofe que tenemos ahora en la puerta se llama la ley de punto final.No voy a discutirla desde el ángulo jurídico, pues eso, aunque es lo único que se discute siempre en este país de juristas, es lo único que no tiene importancia. Todo lo que se ha hecho en la historia de este país, lo bueno y lo malo, no se podía hacer desde el punto de vista jurídico. La conquista, la independencia, las guerras civiles, el cultivo del maíz en Antioquia (jurídicamente, no se podía hacer ni siquiera el poema que se hizo al respecto), el cultivo de la coca. En este país de nefelibatas los que andan por la nubes: 'nefelibatas' es una palabra que usaba a menudo Alberto Lleras cuando estaba de periodista y quería impresionar a sus contemporáneos para que lo eligieran presidente de la República en este país de nefelibatas solo se discute lo que no tiene efectos sobre la realidad. Y por eso la realidad nos arrolla: la conquista, la independencia, la coca...Tampoco una ley de punto final para absolver a los políticos, como la que ahora se anuncia, tendría efectos sobre la realidad: como no los tiene ninguna ley, porque ninguna se cumple. (Así, para poner un ejemplo de actualidad, la ley prohíbe todavía la pena de muerte; pero el Estado, ilegal y clandestinamente, la aplica a diario: hay más detenidos desaparecidos cada año en Colombia que ejecutados en la China, donde la pena de muerte es legal y pública). Con ley de punto final o sin ella, condenados o absueltos, los políticos seguirán siendo los mismos, porque no hay otros. Pues los corruptos no son solo los congresistas, o sea, la cresta de la ola: es la ola entera, de abajo arriba, la que está corrompida, desde los manzanillos de vereda (e incluyendo a los manzanillos armados de la guerrilla). Y desde hace muchos años: en alguna de las campañas presidenciales de Betancur se inventó el lema 'un hombre bueno para un país bueno'; y ya entonces el comentario inevitable fue: "¿y es que vamos a importar un país?". Después resultó que tampoco Belisario era tan bueno; pero es ex presidente. Los corruptos, digo, son todos los políticos, y no porque individualmente considerados tengan malas inclinaciones, sino porque la manera de hacer política en Colombia implica la corrupción: no porque sea rentable que lo es sino porque es costosa. Le cuesta tanto a un hombre honrado como a uno deshonesto ser elegido a algo: y eso lo tiene que pagar, o bien saqueando a quienes lo eligieron, o bien con plata del Grupo Santo Domingo o del cartel de Cali. No fue por placer, sino por necesidad, que tanto la campaña presidencial de Samper como la de Pastrana se saltaron los topes legales del gasto.Ley inútil, pues. Y sin embargo catastrófica. No por la catarata de otras leyes de punto final que reclamarán otros grupos de delincuentes distintos de los políticos: todos querrán la suya, los raponeros, los secuestradores, los lavadores de dólares, los jaladores de carros, los narcotraficantes. (Lo cual tendría la ventaja de que se despejarían los juzgados, sí; pero ¿qué más da que estén atascados o que dejen de estarlo, si de todas maneras las sentencias rara vez se cumplen?). Tampoco esa catarata de leyes tendría efectos, pues de todos modos, sin ellas, los secuestradores secuestran, los jaladores jalan, los narcotraficantes trafican, los políticos politiquean. Pero la ley sería catastrófica porque consagraría la impunidad. Y es peor una impunidad consagrada que una impunidad tácita.La ley que habría que dictar es otra. No una que absuelva a los políticos corruptos, sino una que les impida ser políticos, que es la única manera de que no sean corruptos. Y esa ley es sencilla: es una que prohíba que haya presidentes de la República. Saldríamos del que hay ahora, para empezar; y a la vez, de una sola tacada, de todos los demás políticos, que sin el aliciente de llegar a la presidencia dejarían de hacer política. Tal vez entonces el alcalde Antanas Mockus se ocupara de administrar a Bogotá, en vez de estar lanzando su candidatura
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