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Opinión

  • | 2014/01/14 00:00

    Hay que aprender a pasar la página

    Guardar resentimiento es algo que aprendemos, no es algo con lo que nacemos.

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La vida de una persona, desde que nace hasta que muere, es como ir al colegio: se aprende todos los días, siempre hay pruebas, exámenes, momentos maravillosos de alegría y tranquilidad, así como otros de sufrimiento y tristeza. En el colegio empieza el aprendizaje formal y los niños comienzan a establecer sus primeras relaciones con pares, a hacer amigos, a conocer y a aprender sobre lo que son las relaciones humanas. Lo mismo ocurre a lo largo de la vida, sólo que en mayor escala. 

En todo proceso de aprendizaje a lo largo de la vida, hay información que vale la pena guardar y recordar porque será siempre útil en el futuro: contenidos teóricos esenciales para la vida académica y laboral que es importante recordar y actualizar para ir evolucionando. También hay información que sólo se recuerda por un tiempo limitado, que termina por olvidarse porque ya no es necesaria y mantenerla ocupa un espacio del “disco duro” que puede liberarse para otros propósitos. En teoría, esto mismo debería ocurrir con los aprendizajes no formales, en particular con aquellos que se devengan de las experiencias en las relaciones con otros: algunas vale la pena guardarlas y recordarlas como aprendizajes para un futuro, mientras que con otras lo importante es tener la capacidad para olvidarla, para ‘pasar la página’. 

Cuando las personas viven experiencias dolorosas que les generan sufrimiento, como puede ser la muerte de un ser querido, la pérdida de una amistad, el haber sido traicionado por otra persona, una desilusión amorosa, la pérdida de un trabajo, una enfermedad, entre muchas otras, es inevitable que se genere una herida, como ocurre con la piel con un golpe o una cortada. Las heridas en la piel generan dolor durante un tiempo hasta que finalmente sanan y cicatrizan. Y aunque la cicatriz puede recordar lo ocurrido, ya no genera dolor. Las ‘heridas emocionales’ funcionan de manera similar: duelen durante un tiempo, generan sufrimiento, tristeza, dolor, y muchas veces rabia. Pero también ellas pueden sanar hasta que solamente quede una ‘cicatriz’ que, así recuerde lo ocurrido, no genera de nuevo el dolor y la tristeza que inicialmente produjo. 

“En este momento lo que me hace más infeliz no es el hecho mismo de que me hayan excluido, porque eso pasó hace mucho tiempo. Lo que me hace sufrir es que no he podido dejar ese evento atrás, porque cada vez que lo recuerdo me vuelve a dar rabia, vuelvo a llorar, me vuelve a doler el alma”. Esta adolescente llevaba varios años cargando un profundo resentimiento contra su familia. Desde niña había tenido una relación muy cercana con todos sus primos, a pesar de que eran una familia bastante grande, por lo que existían diferencias grandes de edades entre todos. Sin embargo, se veían con mucha frecuencia y estaban siempre presentes en la vida de los unos y los otros. Por eso, cuando varios de sus primos se fueron de paseo un fin de semana y no la invitaron porque no sabían que ella ya había regresado de sus vacaciones, se le vino el mundo abajo. “Cuando vi las fotos en Facebook de todos en el paseo, me desbaraté. Y aunque después hablé con ellos y me explicaron la confusión que había ocurrido, llevo más de dos años y no he podido dejar pasar que se hubieran olvidado de mí y me hubieran excluido del plan”.

La herida seguía abierta, a pesar de todos los esfuerzos que había hecho para cerrarla. Cada vez que se veía con sus primos, que hacían algún plan, que la llamaban a invitarla, el recuerdo de lo que había ocurrido años atrás le hacía sentir otra vez el mismo dolor, la misma tristeza, la misma rabia, llevándola muchas veces a ser antipática con ellos. Y esa actitud suya fue la que finalmente terminó llevando a que ellos se comenzaran a alejarse. Todos se fueron cansando de ver que, a pesar de haberle pedido disculpas, y sobre todo de haberle explicado tantas veces las razones por las cuales había ocurrido lo que ocurrió, ella se seguía negando a ‘pasar esa página’, a permitir que ‘cicatrizara’ la herida y a seguir adelante. Este alejamiento progresivo que ella comenzó a sentir de muchos de sus familiares fue lo que la indujo a buscar ayuda. 

Fueron meses de trabajo interno duros para ella. Aunque al comienzo lo que manifestaba era la rabia y el odio contra sus primos, con el tiempo se fue poniendo en evidencia que el problema de fondo era su arrogancia porque lo que a ella realmente le dolía era que, siendo ella ‘tan importante’, ¿cómo era posible que se hubieran olvidado de invitarla? Era esa arrogancia la que le impedía ver que sus primos no habían tenido ninguna mala intención, que lo ocurrido no había sido porque se hubieran ‘olvidado’ de ella, sino porque no sabían que ya había regresado de vacaciones. Por ende quien tenía que empezar a retomar el contacto con ellos y a dejar atrás ese incidente era ella. Y logró hacerlo después de escribir una y mil veces lo que había ocurrido, hasta que finalmente el dolor pasó y la herida cicatrizó.

El hábito de guardar resentimientos es algo que aprendemos, no es algo con lo que nacemos. Esto nos lo demuestra la capacidad que tienen los niños chiquitos en sus primeras etapas para no dejarse atrapar por los resentimientos que pueden generarles en un principio los regaños de sus madres: ellos saben ‘pasar la página’, y por eso logran durante un tiempo no acumular resentimiento y no llevar la cuenta de la cantidad de veces que han sido reprendidos. Pero con el paso de los meses y los años esta capacidad, por lo general, se va perdiendo. Aunque desaprender a guardar resentimientos y a llevar listas de las cosas que nos han dolido se vuelve una tarea cada día más exigente, no es imposible. Para lograrlo es esencial empezar por reconocer esos resentimientos, trabajar intensamente para superarlos, y desarrollar así la capacidad para vivir el presente y comenzar cada día como se empieza cada año escolar: con un cuaderno nuevo.

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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