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Opinión

  • | 2017/08/08 08:22

    Publicidad exterior visual y aprovechamiento económico del espacio público, un debate inaplazable

    "Bogotá debe avanzar en el debate sobre la efectiva descontaminación del ambiente visual y la fijación de reglas y estímulos que permitan recaudar recursos para mantener y preservar el espacio público".

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Crear espacios públicos puede resultar fácil, mantenerlos es otra cosa. Fenómenos como el vandalismo y la inseguridad, así como la necesidad de invertir recursos para su mantenimiento, recuperación y sostenibilidad hacen que el reto para una ciudad como Bogotá sea mayúsculo.

El presupuesto de Bogotá es insuficiente para cumplir todas las metas de inversión, mantenimiento y crecimiento que demanda la capital. Esta es la razón por la cual la ciudad de nuestros sueños puede convertirse en una utopía.

La venta de acciones de la Empresa de Energía y de la ETB, así como la necesidad de que la nación financie gran parte de la inversión para la construcción del metro, ratifican la imperiosa necesidad de generar recursos de fuentes diferentes a los impuestos y a la venta de activos fijos estratégicos.

Al recorrer parques, calles y avenidas es evidente que la administración no es humanamente capaz de mantener limpio y cuidado gran parte del espacio público y que es imposible poner un policía en cada monumento para evitar que sea vandalizado a través del mecanismo más ruin y cobarde, el mamarracho o "tag" que carcome a nuestra ciudad.

En materia de espacio público existe una excepción que llama la atención y ratifica la importancia de contar con las concesiones como mecanismo para recaudar recursos : los paraderos de aluminio con techo y banca, más conocidos como Eucoles, por la empresa concesionaria que los administra. Por tratarse de publicidad donde un particular recibe recursos por su explotación, es posible invertir recursos y una logística importante para su cuidado, mantenimiento y reposición.

Pero la realidad es otra y a la vez preocupante. A pesar de los esfuerzos de la administración distrital, la ciudad está inundada de vallas ofensivas que con sus luces no dejan dormir a los vecinos y obstruyen la vista de manera descarada. La ciudad no ha podido con los denominados "valleros", industria poderosa y lucrativa que, salvo contadas excepciones, ha inundado la ciudad de este tipo de elementos por doquier sin tener en cuenta ni en consideración la seguridad y estética de la ciudad.

Qué decir de los anuncios en zonas comerciales que no respetan ni conocen ninguna norma elemental ni sentido mínimo de la estética visual.

No se puede dejar de incluir en esta lista a los pendones y pasacalles ilegales que anuncian apartamentos en flagrante violación a disposiciones legales expresas. O los anuncios (ya cada vez menos frecuentes por fortuna) en postes y muros, aquellos de los denominados pegoteros o empresarios del cartel ‘cultural‘ que de cultural no tienen nada, pues ensucian la ciudad y hacen que su aspecto sea de descuido y suciedad.

En 2006, San Paulo en Brasil, había tocado fondo en materia de contaminación visual. Antes de la ley de ciudad limpia, resultaba más lucrativo alquilar una fachada de un edificio en ruinas para efectos publicitarios que vender el lote. Gilberto Kassab, alcalde de la ciudad enfrentó el fenómeno de manera decidida y frontal, impulsando una ley federal que fijó un periodo de transición para el desmonte de vallas, avisos y elementos publicitarios que se habían tragado literalmente a la ciudad. A su vez, la ley de ciudad limpia fijó criterios muy estrictos para la publicidad exterior visual, el aprovechamiento económico del espacio público y un régimen que incluye sanciones efectivas para quienes convierten el graffiti en vandalismo. El resultado, un cambio extremo en la ciudad que benefició a todos por igual.

Bogotá debe seguir por esta vía y liderar el debate sobre si queremos una ciudad inundada de publicidad, o una ciudad agradable visualmente. El debate debe seguir en el Congreso donde una ley marco que beneficie a más ciudades de  Colombia, emule el caso exitoso del vecino país y nos guíe hacia ciudades más agradables. La ley debe incluir sistemas, estímulos y mecanismos para que a través de concesiones justas y bien estructuradas el espacio público pueda ser aprovechado económicamente con réditos importantes para la ciudad en beneficio de su cuidado y preservación. Finalmente, le corresponde al alcalde y a su equipo administrar con mano firme el espacio público y aplicar todo el peso de la ley a quienes infrinjan las normas sobre su cuidado y uso adecuado.

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