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Opinión

  • | 2004/05/02 00:00

    Puertas giratorias

    En Colombia los políticos de carrera o de convicción tienen que retirarse del Congreso para albergar algún día la esperanza de engancharse en el Ejecutivo

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Cuánto nos habríamos ahorrado si los 'malos' de la Constituyente del 91 hubieran logrado meter en su articulado la posibilidad de que los congresistas pudieran ser nombrados ministros o embajadores, como sucedía en otras épocas en las que el Congreso era campo abonado para sacar un máster en administración pública. Desde que los gobiernos tienen que recurrir a los desempleados, o a los periodistas 'toderos', o a los consejeros presidenciales por cercanos, o a los parlamentarios o candidatos derrotados, o a unas señoras sin mucho oficio para armar un gabinete o surtir la plana mayor de la diplomacia, los gabinetes van como van y la diplomacia viene como viene. Los primeros en protestar por esta medida, que en proceso de resurrección podría condimentar la actual reforma constitucional de reelegir al Presidente, han sido los parlamentarios 'buenos': Claudia Blum, Rafael Pardo, Andrés González, entre otros, pusieron el grito en el cielo ante la posibilidad de revivir lo que en una época se consideró una medida para hacerles la vida insufrible a los caciques. Pero más de 10 años después la medida sólo ha demostrado que los ministros se consiguen lo más lejos posible de la cualidad de que tengan la más ligera noción de manejo del Estado y que los políticos de profesión se ven ante la alternativa de hacer sus carreras en el Congreso, inhabilitándose para brillar en el Ejecutivo, o esperar buenamente en el asfalto a que algún presidente prevenido los descubra de la nada. Si de lo que se trataba era de evitar que el Congreso fuera comprado con confites, pues esto ahora parece es una piñata. Al congresista no lo pueden nombrar, pero sí a su más amplia parentela, lo que suena más a un reconocimiento hipócrita de sus capacidades. Esta prohibición fue inspirada en la meta de frenar los abusos de los congresistas con los auxilios y el turismo parlamentario, pero el sentimiento anticongreso condujo al extremo de imponerles a los congresistas un completo manual de incompatibilidades e inhabilidades suficientes para convertir la labor parlamentaria en la más aburridora y anquilosante del mundo, capaz de aniquilar la carrera política más brillante del país. El argumento de que el hecho de que los parlamentarios sean "nombrables" no es suficiente para alimentar la queja de que volverían a utilizarse los cargos públicos en retribución al ejercicio parlamentario. ¿Acaso ya no estamos viviendo esa misma polémica por puestos diplomáticos 'de quinta'? Mientras en países como Gran Bretaña, cuna de la democracia, para ser un ministro de gobierno es requisito fundamental ser congresista en ejercicio, en Colombia los políticos de carrera o de convicción tienen que retirarse del Congreso para albergar algún día la esperanza de engancharse en el Ejecutivo. Lo que determina que la política en Gran Bretaña transcurre en alternación, mientras en Colombia ambos poderes son del todo excluyentes, como si haber ejercido en uno manchara el hecho de ejercer en el otro, en lugar de comportarse como escuelas alternativas de derecho público. Esta prohibición ha logrado una gran paradoja: evitar que al Congreso de la República llegue la mayor cantidad de gente buena. Allí están llegando los que tienen un muñón político o la posibilidad de un implante a mediano plazo. ¿Dónde, me pregunto, se están formando los políticos colombianos? ¿De dónde, me pregunto yo, se están surtiendo los gobiernos nacionales? ENTRETANTO...¿Si estadísticamente está demostrado que es el segundo factor de intoxicación de colegios, ancianatos y bazares, por qué no prohibimos el arroz con pollo del menú nacional?
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