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Opinión

  • | 2015/03/18 11:28

    Purga o la opresión de las botas

    Cuánto más difícil es para una víctima de violencia sexual relatar lo sucedido, cuánto mayor debe ser el esfuerzo del destinatario por entenderla.

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“Le ataron las manos a la espalda y le pusieron una bolsa en la cabeza (…) En algún sitio goteaba agua en el suelo. Percibía olor a sótano.  La puerta se abrió. Botas. Le rasgaron la camisa y los botones salieron disparados (…) Aliide se convirtió en una mosca en la lámpara, salió volando( …) la mujer con la bolsa en la cabeza que yacía en medio de aquel cuarto era una extraña y Aliide ya no estaba allí; su corazón corría con sus patas de insecto hacia las rendijas, se fundía con las raíces que crecían en la tierra debajo de aquel cuarto.”  Con estas palabras describe Sofi Oksanen en su novela Purga los indescriptibles vejámenes de que son víctimas las mujeres en cualquier guerra y nos dicta una lección que nos abre los ojos en este y otros conflictos.

Todo surge con la toma de Estonia en los años cuarenta. Aliide tuvo que imaginarse insecto para escapar a las botas rusas invasoras. No puede en cambio usar la imaginación para evitar encontrarse con otra mujer que también huye del dominio masculino. Para la otra mujer todo es más moderno, pero el sufrimiento es del mismo orden, pues también hay botas del hombre de turno al poder.  Esta segunda vez se trata de la esclavitud sexual de las mafias rusas, donde se repiten la sumisión forzada, la violencia y el abuso.

Ninguna de las dos mujeres puede explicarle a la otra de lo que es víctima, pues en la sociedad que viven, los elementos sobre la mesa las “inculpan” a ambas y la desconfianza cunde.  A Aliide, la vieja, siempre le dirán que la violación era un castigo por haber protegido a la resistencia. A Zara, la joven, le han tomado fotos en ejercicio de la prostitución. Y a las prostitutas nadie les cree. Ni siquiera a las forzadas.  El silencio reina y cuesta trabajo romper el círculo de botas viejas o nuevas que pisan las gargantas de ambas mujeres.

Estos dos casos particulares, que pudieran ser lejanos, recuerdan el silencio que también oscurece la situación colombiana donde hay un nivel altísimo de sub-registro. En la Unidad de Víctimas hay registrados 8.409 hechos que atentan contra la libertad e integridad sexual en los últimos 30 años, lo que contrasta con estudios que estiman casi 400.000 en un periodo de 8 años, o que sólo uno de cada cinco casos de violencia sexual es reportado, y de esos casos, sólo dos de cada 100 son susceptibles de dar lugar a una condena. Con estas cifras, está claro que hay que buscar la forma de vencer la vergüenza, la rabia y la necesidad de evitar la estigmatización, para que haya denuncia. Pero también, hay que analizar la posición de quienes investigan los pocos casos denunciados para que haya una adecuada celeridad en las investigaciones e impedir una revictimización.

Para evitar convertirse nuevamente en esas botas que oprimieron a la víctima y al mismo tiempo cumplir con su rol, el sistema judicial puede contribuir con reflexiones y decisiones conscientes que permitan entender y atender los delitos de violencia sexual como actos de abuso de poder que a su vez impiden el acceso a la justicia. Así lo reconoció la Corte Constitucional en el auto 092 de 2008 y, siete años después, insiste en ello a través del auto 09 del 2015 en el que resalta la persistencia de factores culturales como la vergüenza, la estigmatización, el temor a ser objeto de nuevas agresiones y la ausencia o debilidad estatal en ciertas zonas.

Además, si se trata de actos en el marco del conflicto, es clave tener en cuenta que la violencia sexual se usa como arma de guerra y que las mujeres no solo son victimizadas para causar daño individual sino para producir escarmiento colectivo.

Romper el silencio para denunciar es entonces un primer paso, el segundo es destruir las barreras de acceso a la justicia, evitando la revictimización y reconociendo el desequilibrio originado en el dominio masculino, para después entender los patrones y las causas en el conflicto. Cuánto más difícil es para una víctima relatar la opresión, cuánto mayor debe ser el esfuerzo del destinatario por entenderla.

*Subdirectora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (www.dejusticia.org)
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