Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/03/29 00:00

Que se callen

¿Por qué no se callan? ¿Por qué estamos condenados a tener siempre a nuestros expresidentes, aún después de muertos, respirándonos en la nuca?

Que se callen Foto: León Darío Peláez / Semana

Hace dos años, el expresidente Andrés Pastrana...

Un momento de reflexión: ¿a alguien le importa un bledo lo que hiciera o dijera o pensara hace dos años el expresidente Andrés Pastrana, o lo que piense o diga o haga ahora?

Un momento de reflexión. Mío. Del lector.

Y la respuesta, tristemente, es que sí. Por razones que saltan a la vista, Andrés Pastrana no debería haber sido presidente de Colombia nunca. Pero el caso es que lo fue: la historia de Colombia aguanta cualquier cosa. Por las mismas razones evidentes, lo que dice o lo que piensa o lo que opina no debería importarle un bledo a nadie. Pero el caso es que nos importa a todos, porque a todos nos afecta. Los esporádicos graznidos de Pastrana son como los demenciales trinos diarios del también expresidente Álvaro Uribe, que no está en sus cabales. 

Tonto el uno, loco el otro, qué más da. En Colombia los expresidentes reinan después de morir. Y lo hacen, sobre todo, en momentos electorales como el que estamos viviendo. Y en Colombia, no sobra recordarlo, los momentos electorales suelen durar cuatro años cada vez.

Con lo cual vuelvo atrás.

Hace dos años, recién elegido el actual presidente Juan Manuel Santos, el expresidente Pastrana estaba encantado con su gobierno. Decía que veía en él “muchas caras conservadoras, frescas e incontaminadas”; y supongo que así llama él a las caras pastranistas. (Aunque, ¿hay caras pastranistas? Tiene que haberlas, ¿no? Al fin y al cabo hubo más de seis millones de personas que votaron por él para elegirlo presidente). 

También el ya muy difunto, pero todavía presidente reinante Alfonso López Pumarejo llamaba “alegres” a las caras liberales. Pero resulta que ahora Santos, enredado en el lío del fallo adverso para Colombia de la Corte de La Haya, quiso salirse por la tangente anunciando que publicaría las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores de los últimos 30 ó 40 años, para que se viera que la culpa del desastre diplomático no era suya. Y entonces Pastrana, sin duda con razón, se sintió directamente aludido. Se delicó. Temió tal vez que las actas desvelaran que, mientras el gobierno de Nicaragua estaba cimentando pacientemente su alegato diplomático para quedarse con el mar de San Andrés, la política exterior del suyo consistía en llevar a la reina Noor de Jordania de visita al Caguán de la guerrilla. 

Pero alguien le debió soplar que su rabieta frívola sonaba demasiado a vanidad herida, vacua, como él. Y entonces decidió adobarla con reflexiones más serias: una crítica a la política de paz de Santos desde su propia sabiduría caguanesca que tanto había ilusionado a la bella reina de Jordania. Según Pastrana, esa política de paz de Santos no es más que grosero electoralismo en cabeza propia. “La gente se pregunta hasta dónde va a ceder el presidente Santos para hacer la paz, no tanto por ella sino por su reelección”.

Puede ser. Pero, ¿por qué no se callan? ¿Por qué estamos condenados a tener siempre a nuestros expresidentes, aún después de muertos, respirándonos en la nuca? Desde ultratumba llegan todavía las admoniciones de López Michelsen, que cuenta con la ventaja de haber sido profesor de Derecho Constitucional en un país poblado por constitucionalistas aficionados. Desde ultratumba flota sobre todas las cosas el espíritu –¿Turbayesco? ¿Turbayoso?– de Julio César Turbay. Belisario Betancur es el único que guarda un discreto silencio, interrumpido de tiempo en tiempo por incómodos llamados a declarar ante funcionarios del poder judicial. Pero hay que ver a los que todavía están vivos: César Gaviria, que demasiado tarde descubre las virtudes de la legalización de las drogas. Ernesto Samper, a quien le pasa lo mismo con la diferencia de que él las había descubierto tempranamente: antes de ser presidente con ayuda de los narcos y de mantenerse en la Presidencia a fuerza de complacer en todo a los Estados Unidos en su prohibicionismo –“por convicción, no por coacción” decía el pobre–; y ahora viene a redescubrirlas con igual oportunismo cuando empiezan a estar de moda de nuevo en el poder. Lean ustedes el libro que, sin rubor, acaba de sacar.

En cuanto a Uribe, de él ya he hablado lo bastante. Y ahora sale Pastrana otra vez. Es que no habrá nadie que les diga: ¿Por qué no se callan?

(Y a Santos también). 

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