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Opinión

  • | 2004/08/22 00:00

    Que Dios me perdone

    Carlos Cortés Castillo cuenta por qué él y mucha gente de su generación se alejaron de Dios. Participe en el foro y cuéntenos cuál es su relación con la religión.

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Recuerdo que la última vez que recé fue la noche que mataron a Luis Carlos Galán. Minutos después de que el candidato presidencial era mal acomodado en el asiento trasero de un carro y llevado a un hospital, me metí debajo de las cobijas, recité una corta oración y pedí por su recuperación. Al otro día entré a la habitación de mis papás, que me miraron de reojo y dijeron: "Está muerto".

Tenía 9 años en 1989 y había ejercido mi vida cristiana sin reparos. Rezaba con alguna frecuencia, aunque las contradicciones teológicas aparecían sin que estuviera dispuesto a aplazar partidos de fútbol o monólogos de muñecos de Lego para resolverlas. No tenía tiempo ni argumentos para cuestionarme, no entendía el concepto del Cielo ni cómo diablos me subiría allá después de mi muerte, tampoco eso de la Trinidad y la inmaculada concepción -que con los años pasó a parecerme insólito- o la multiplicación de los panes y los peces, que hasta donde entendí, habían sido comidos totalmente crudos.

Estudiaba en un colegio de sacerdotes donde era obligatorio ir a misa una vez por semana. Hice mi primera comunión con todos mis amigos -mi colegio era sólo de hombres- y con mi hermana. Ese día mi papá entró a misa; hasta entonces yo recordaba haberlo visto apenas una o dos veces allí. Mantuvo sellados los labios y las manos cruzadas, y no hizo fila para recibir la comunión. Mientras yo sostenía el cirio encendido y la espada erguida, sentía una mezcla de vergüenza con una seductora rebeldía. A mí tampoco me gustaba la misa, me parecía tediosa.

Por esa época partió para Italia una tía monja. Desde que tuve memoria Sor María, que según otra tía se llamó alguna vez Romelia, vivía en un monasterio en Chapinero donde la solíamos visitar para entregarle unos víveres por una pequeña puerta y darle la mano a través de un anjeo metálico. Si algún milagro le ocurrió a ella fue salir de esa cárcel para montarse en un avión y nunca más volver. En una conversación que tuvimos días antes de su liberación me contó que mi papá había sido pajecito de matrimonio cinco o seis veces de igual número de hermanos y hermanas que tenía -de un total de once- , y monaguillo en la parroquia de su natal Chiquinquirá. Sor María me hacía una invitación de fe a través del ejemplo paternal. Se notaba que no había visto los cambios, que había estado encerrada mucho tiempo.

Con los años entendí que mi familia -mis dos hermanas, mi mamá, mi papá y yo- estaba rodeada de fieles. Una tía nos metía medallas de la virgen de Chiquinquirá en la guantera del carro, otra ponía estampitas de San Rafael detrás de las puertas y los velones aparecían encendidos en la casa. La virgen se le reveló a una hermana de mi mamá, y en los manchones de humedad de las paredes y en las cascadas de la finca de mi tío ocurrían milagros.

Los comentarios escépticos de mi papá eran mal disimulados por los codazos de mi mamá. Ella, a pesar de intentarlo, también encontraba difícil aceptar todo eso. Pasó el tiempo y no le reprochó a ninguna de mis hermanas que no recibiera el sacramento de la Confirmación. Yo tampoco tenía interés en recibir nada, pero un amigo me convenció con una frase contundente, casi un proyecto de vida a los 16 años: "El problema es que se friega la parranda de matrimonio. Si no se confirma no puede casarse por la Iglesia, y las fiestas de los matrimonios civiles son muy aburridas".

No era sólo una frivolidad de mi amigo, ni mía a la postre. Era una manifestación de lo que se veía en muchos estudiantes de mi colegio y de otros más. La religión no se tomaba como algo serio a pesar de la insistencia de los padres y los abuelos; a pesar del esfuerzo (respetuoso y sin apasionamientos) del padre Francis -rector del colegio-; de los discursos con acento paisa del padre Carlos y de las canciones de catequesis de Milton.

Me confirmé entonces, sin remordimientos, con el vestido bocadillo impregnado de fiesta de quince de la noche anterior. Mi papá me dejó en la iglesia y se devolvió a la casa para ver un partido de fútbol de la liga italiana. Hasta ese momento pensé en él como mi padrino, pero al parecer no estaba dispuesto a servir de accesorio de ningún santo misterio. Escogí entonces al novio de mi hermana, que se encogió de hombros y aceptó la dignidad. Mi mamá llegó tarde y me felicitó, y mientras un par de estudiantes recibían cadenas de oro, relojes y sacos, mi padrino me regaló un chocolate Kit-Kat. El Padrino de mi amigo -el que pensaba desde ya en el matrimonio- y el de casi todos los demás era el hermano mayor. Cada uno de ellos le daba a su ahijado un abrazo impersonal para después marcharse. No era una ocasión especial.

No tengo una explicación para esa creciente apatía, pero supongo que en parte se debió -y se debe aún- al distante discurso de la Iglesia, a su moral vetusta y a sus pocas respuestas. Nadie en mi generación se sintió pecador por no ser virgen; nadie creyó haber deshonrado a su padre y a su madre cuando mintió y cambió una tarde de estudio por un par de cervezas; nadie creyó que sus problemas provenían de una voluntad divina, y absolutamente nadie perdió horas de sueño por haber tenido malos pensamientos, o por haberse reservado sus culpas para sí mismo.

El grado de bachiller fue mi última misa. No quiere decir que desde entonces no entro a una iglesia cuando hay un velorio, un bautizo o un matrimonio. Lo hago, pero es diferente, se acabó la obligación y se convirtió tan solo en una formalidad. Protocolo del que nace, del que se casa y del que muere. Mis tías siguen rezando, mi abuela empieza cada frase con un "Si Dios quiere" y sor María llama desde Italia y reparte bendiciones. Ella ora por todos.

Que Dios me perdone pero no voy a misa y no creo que me vaya al infierno. Que Dios me perdone pero hace casi una década que no me confieso. Que Dios me perdone pero no rezo antes de almuerzo y sólo como ostias con arequipe, en forma de obleas. Y que Dios me perdone, porque la Biblia en mi casa sí se usó por muchos años, en el piso, para reemplazar una pata coja del sofá.

* Abogado y periodista

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