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Opinión

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La nueva patria boba resultó más boba que la anterior. En momentos en que el cese de la confrontación armada con la guerrilla nos abre la puerta como país para que aprovechemos las nuevas oportunidades de crecimiento y desarrollo, un grupo de colombianos ha decidido que hay que sabotear esa oportunidad y convencernos de que es mejor aferrarnos al pasado de la guerra en la que se sentían tan cómodos y de la que sacaban tantas ventajas.

El proceso de paz podía haber sido ese momento fundacional que nuestro espíritu nacional tanto necesitaba, un lugar en nuestra historia para decir que a partir de allí fuimos capaces de hacer las cosas mejor; de respetarnos como miembros de una misma patria y de proyectarnos como un país distinto. Un país con vocación de liderazgo y con ánimo para sacar provecho de todas las ventajas que nuestra posición geopolítica nos brinda, que nuestra geografía nos ofrece y que nuestros suelos nos regalan. Pero no.

En lugar de eso, un grupo de colombianos, liderados por el ex Presidente Uribe se ha propuesto como objetivo sabotear esta oportunidad histórica. Y han empleado todas las armas de la maledicencia, la contumacia y la maldad para lograrlos. Patético, pero también paradigmático fue el discurso en Grecia. No dijo una sola verdad sobre Colombia, pero si nos proyectó como esa caricatura que muchos creen que somos: una nación de malandrines donde solo los mafiosos y criminales triunfan. El discurso de Uribe fue la reivindicación de la Colombia de Pablo Escobar y de Popeye, esa Colombia venal con la que nos identifican los que miran Netflix en todo el mundo.

Nuestra primera independencia, aquella del Florero de Llorente pasó a nuestra historia como la Patria Boba porque las pugnas internas impidieron consolidarnos como país. Pero aquellos padres de la patria tenían razones muy serias para discrepar, ¿cómo debían organizarse los poderes? ¿Debíamos ser un país federal? ¿cómo tener una economía independiente y autosuficiente? En fin, discusiones de verdad sobre temas de fondo que permearon las tensiones políticas de Colombia y América Latina durante todo el siglo diecinueve.

Pero los mezquinos líderes de la ultra derecha no tienen ideas nuevas sobre el Estado, la economía o la democracia. Lo único que tienen es rabia y temor. Rabia de que la guerra se haya acabado sin que ellos hayan podido levantar sus manos victoriosas sobre un enemigo derrotado. Rabia de que ese fin de la guerra abra la puerta a una Colombia distinta, más justa , donde sus gritos de batalla no serán la voz cantante. Y temor, mucho temor.

Temor a tener que reconocer que ellos también actuaron como guerreros y cometieron atrocidades. Esta no fue una guerra donde los colombianos sufrimos únicamente las barbaridades de la guerrilla. Hubo atropellos y vejaciones desde todos los bandos. Y ahora tenemos que confrontarnos con lo que hemos hecho, con lo que nos hemos hecho y con lo que hemos sido. Y estos vociferantes temen tener que reconocer lo que ha ocurrido, y que el país descubra la verdad.

Esa suma de rabia y temor los lleva a tener que desprestigiar y distorsionar todo lo que está pasando. Si las FARC negocian es una estrategia porque no van a firmar, si firman es porque no van a cumplir, si cumplen es porque nos están engañando. Y así, contra toda evidencia y contra toda esperanza, nos quieren hacer creer que la única opción para el país es retornar el poder a quienes sólo quieren impunidad para sus propios actos.

Sí, la patria boba es más boba que la anterior, pero los colombianos tenemos la oportunidad de tomar un camino diferente, el de la esperanza y un futuro mejor. Bobos, tal vez, pero estúpidos no.

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