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Opinión

  • | 2015/11/27 15:38

    Detrás de la muerte de un comunicador en Caucasia

    El asesinato ocurrió en Caucasia el pasado lunes. Fue alumno mío en la sede de la Universidad de Antioquia en ese municipio. Denunciar la corrupción era su objetivo.

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A Dorancé Herrera lo conocí hace cuatro años, cuando dicté en la sede de la Universidad de Antioquia de Caucasia la cátedra de Investigación Periodística en la carrera de Comunicación Social. Era curioso con los temas, tenía claro qué era lo que buscaba en las aulas de clase y su objetivo era denunciar la corrupción como parte de su actividad política.

Su intención era riesgosa, sobre todo en un municipio como Caucasia y una región como el Bajo Cauca antioqueño, donde todos los males de la corrupción y la violencia afloran a simple vista y sin que ninguna autoridad se atreva a actuar de manera contundente.

A través de las conversaciones con Dorancé, comprendí que la corrupción en esta región de Antioquia es estructural, no “son casos aislados”, y se apalanca en una impunidad que deja muy mal parada a la justicia. Cuando uno toca tierra en Caucasia, llega a un territorio donde se siente la tensión que genera la ilegalidad enquistada en sus instituciones. Ya hace parte del panorama y pocos le meten la mano. Aquellos que lo intentan son amenazados y desterrados. Se impone la ley del poder hegemónico ilegal, que es fuerte y conocida.

Alguna vez me llevó en su motocicleta a una zona en las afueras de Caucasia, hacia la salida a Medellín. Me condujo a una zona rural conocida como La Trampa y tras un corto recorrido me mostró un proyecto de vivienda a medio hacer y tragado por la maleza. Dorancé veía en esa obra inconclusa la desidia del Estado y eso lo indignaba. Me insistía que algo se debía hacer periodísticamente, pero nunca pudimos concretar nada.
¿En qué andaba Dorancé cuando fue asesinado en la puerta de su casa, junto a uno de sus amigos, a plena luz del día? Las pistas para dar con los responsables de su muerte podrían comenzar en un artículo que escribió días antes de las elecciones del 25 octubre en su perfil de Facebook y que retomó el periódico Bajo Cauca Hoy, titulado “El precio de servir a un desgraciado”, en el que cuestionó duramente al actual alcalde de Caucasia, José Nadin Arabia, por los líos surgidos alrededor de una finca llamada La Uribe.

Ese predio de cerca de mil hectáreas, ubicado en el sector Las Malvinas, de Caucasia, le fue entregado en comodato para su explotación a un grupo de campesinos e indígenas y afros en 2013, luego del proceso de extinción de dominio adelantado contra narcotraficantes del Cartel de Medellín. Desde ese año, cerca de 2.500 personas que integran por lo menos diez asociaciones campesinas se dedicaron a las labores agrícolas y ganaderas.

El propósito tras el comodato era que a cada familia se le titulara un pequeño predio para que construyera su casa, con lo que se solucionaría el problema de vivienda a todas estas personas. Pero según describió Herrera en su artículo, al parecer, el alcalde Arabia pretendía extraer una parte de la tierra: “lo que quiere es dejar a sus amigotes con casa fincas de 300 metros cuadrados y para eso pretendía quitarnos 10 hectáreas”. ¿Quiénes serían esos “amigotes” que se veían afectados por la resistencia de Dorancé?

El comunicador evidenció en ese escrito su preocupación por la falta de apoyo de Arabia en el proceso de titulación del predio y le recordó que él había respaldado su candidatura en 2011, cuando presentó su nombre a la ciudadanía para ser nuevamente Alcalde de esta ciudad, circunstancia que no debía olvidar por cuanto lo hizo con el ánimo de resolverle el problema a las familias de La Uribe: “él está acostumbrado a darle la mano a uno y apenas uno da la espalda le lanza el puñal como lo ha hecho conmigo”.

Después de una extensa argumentación contra el mandatario seccional, Herrera lanzó una frase premonitoria que, lastimosamente, se concretó: “pretende despojarme de lo que yo conseguí y he ganado con mi esfuerzo para mí y mis amigos, y te lo digo primero sobre mi cadáver haces y engañas a la gente que se ganó los derechos de La Uribe con tanto esfuerzo”.

Con fecha del 5 de noviembre circuló un panfleto en el que amenazó a varios líderes campesinos relacionados con la finca La Uribe, entre ellos a Mario Arrieta, Eder Cordero y a Dorancé Herrera, a quienes calificaron de “desadaptados”, y les dieron 48 horas para abandonar la región.

Un detalle que preocupa a los periodistas del Bajo Cauca que, además, eran sus amigos y compañeros de universidad, es que el mismo día en la noche el perfil de Facebook de Dorancé fue cerrado, sin que se sepa quién lo hizo y borrando mucha información. A través de esta red social, el comunicador y líder campesino expresaba sus inquietudes políticas y sus cuestionamientos.

La situación en el Bajo Cauca antioqueño es compleja. La tradición ilegal de esta región ha socavado los cimientos de la legalidad. Allí, pese a que el Estado ha desplegado diversas estrategias para recuperar el territorio, no ha sido posible que la legalidad se imponga. Hoy quienes mandan allí a sus anchas son las llamadas ‘Autodefensas Gaitanistas de Colombia’, así lo constaté a través de una investigación realizada para la Fundación Ideas para la Paz. (Ver investigación)

Ejercer el periodismo crítico en esta región de Antioquia se está volviendo cada vez más difícil. Varios de los periodistas que allí viven y trabajan están amenazados, y muertes como la de Dorancé, quien intentaba combinar sus aprendizajes en periodismo con su liderazgo social, tienen un efecto intimidatorio profundo que le pone mordaza a aquellos que quieren decir la verdad. El silencio va ganando terreno en el Bajo Cauca antioqueño.

En Twitter: jdrestrepoe
(*) Periodista y docente universitario

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