Lunes, 16 de enero de 2017

| 1997/04/07 00:00

QUE LO DE BOTERO, SEA...

QUE LO DE BOTERO, SEA...

La tragedia de Fernando Botero ya sobrepasa las consecuencias de su papel en el 8.000. En circunstancias normales, la confesión parcial que hizo sobre el ingreso de dineros ilícitos a la campaña samperista, catalogada por la Fiscalía como una clara colaboración para esclarecer los hechos, le habría merecido una rebaja de la pena que lo tendría en el umbral de su libertad.Sólo espíritus contagiados por el odio y la amargura pueden suponer que este hombre que gerenció -por decirlo de la manera más gráfica- uno de los escándalos políticos más graves de la historia de Colombia no está pagando con creces su culpabilidad. Pero en eso tenemos que ser claros: no es justo que sea el único que lo haga.Por eso huele a atropello que una juez, usurpando las funciones de la Fiscalía de evaluar qué es y qué no es colaboración en cuanto a una rebaja eventual de la pena se refiere, haya dictaminado a finales de la semana pasada que Fernando Botero no tiene derecho a ese beneficio porque de su confesión, por haber sido parcial, no puede deducirse una colaboración con la justicia. Devolvámonos por un momento a la época en la que Botero tomó la decisión de renunciar al Ministerio de Defensa, con lo que perdía su fuero ministerial y quedaba a merced de su eventual detención, como evidentemente sucedió. Hay que reconocer que esa fue una decisión digna.¿Quién era, en esa época, Fernando Botero Zea? No sólo el ministro estrella del régimen, sino el heredero de una dinastía, un precandidato presidencial y un hombre joven, atractivo, exitoso y con grandes dosis de swing social. Lo tenía todo, por decirlo más corto. Su decisión de denunciar los hechos de la campaña requirió un gran valor personal, entre otras cosas porque arriesgaba, como evidentemente le sucedió, perderlo todo.Hoy, claro, es muy fácil decir que Botero, si en lugar de haber hecho una confesión parcial, en la que se declaraba inocente del diseño de la operación de los dineros del narcotráfico, se hubiera declarado culpable al tiempo que denunciaba el conocimiento del presidente, Samper no estaría en el poder. Pero poco se ha analizado el punto de por qué lo hizo.Su confesión no tumbó a Samper porque fue muy débil. Pero fue débil, no por decir mentiras, sino por contar solamente parte de la verdad. Evitó incriminarse a sí mismo, derecho que el Código Penal le reconoce a la gente culpable. Por su familia, por sus apellidos, por su posición social, escogió la fórmula de confesar la parte socialmente aceptable y penalmente más liviana de su delito, que fue el encubrimiento, y ocultar la parte socialmente reprobable y penalmente más costosa: el enriquecimiento ilícito. Se saltó los hechos ocurridos antes de los narcocasetes, y relató sólo los de después.Sin embargo, por débil, por parcial o por incompleta que haya sido su confesión, no podemos negar el hecho de que Botero, efectivamente, confesó. Y que lo que dijo ayudó a esclarecer los hechos, aunque probablemente nunca lleguemos a conocer toda la verdad. Que lo que dijo no condujera a que otros terminaran en la cárcel, o a que el Presidente se cayera del poder, no puede ser, como parece que lo es, el único criterio para decir que Fernando Botero no colaboró con la justicia. Comparemos su situación con otros que verdaderamente no han hablado. Eduardo Mestre, uno de los hombres mas inteligentes y hábiles que ha producido la política colombiana, autor intelectual de más de una presidencia del país (¿qué tal, por ejemplo, que Mestre estuviera asesorando a Serpa?) no ha dicho ni pío. Pero ni pío. Y fue el eslabón político clave de los hechos que derivaron en el proceso 8.000. Como tampoco Alberto Giraldo, hombre a sueldo de la empresa Rodríguez Orejuela. ¿Qué tal que las paredes de su casa, entre las cuales circularon cajas empacadas con papel morado y estrellas amarillas, y se produjeron pagos y adhesiones políticas memorables, hablaran? Matemáticamente, entonces, tiene que haber una diferencia. Lo de Botero es hablar. Lo de Mestre y Giraldo, aquí o en Cafarnaún, es no hablar. Y si la ley penal colombiana contempla beneficios por confesión, y la confesión es veraz, y además de veraz aporta datos que impulsen la investigación, que son elementos todos que la Fiscalía reconoce haber encontrado presentes en la confesión de Botero, pues Botero merece que su pena sea revisada con la posibilidad de que se haga merecedor de algún beneficio en tiempo.En conclusión, Fernando Botero manejó mal su confesión. Sin duda alguna si hubiera dicho toda la verdad, se habría caído el gobierno y la juez que le acaba de negar el beneficio se lo habría concedido sin pensarlo dos veces. Pero no tiene ninguna lógica que Botero, por un error moral en la campaña, y por un error estratégico en su confesión, pase el mismo número de años en la cárcel que los hermanos Ochoa, socios de Pablo Escobar y narcotraficantes de pura cepa.

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