Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/11/13 00:00

Que no nos pase lo de Kirchner

Conozco el estilo futbolístico de Uribe: no pone defensas sino autodefensas. Sabas cuadra a los árbitros. Andrés Uriel juega sin balón. Todos hacen interceptaciones.

Que no nos pase lo de Kirchner

Parto de una confesión: desde que Néstor Kirchner murió de un infarto, vivo con la angustia de que también les pase algo a los políticos de acá.

-¿Viste que se murió el molusco ese? -me dijo mi mujer hace unas mañanas.

-¡No puede ser! -me lamenté sobresaltado. Y acto seguido le exigí que se refiriera en términos menos irrespetuosos al doctor Valencia Cossio.

-¿Cuál Valencia Cossio? -me respondió-. Hablo del tal pulpo Paul.

Fue un equívoco de mal gusto, lo reconozco: los tentáculos de Paul jamás llegaron a zonas tan oscuras como los del ex ministro. Pero era inevitable pensarlo: los políticos, sobre todo los uribistas, comienzan a enfermarse. Fernando Londoño está a punto de sufrir un derrame cerebral, y a juzgar por su última columna, puede ser que ya lo haya padecido. José Obdulio tiene paranoia. Y 'el Pincher' Arias dice que lo suyo no es un cáncer, sino una pequeña gripa, cuando cualquiera sabe que se trata de una parvovirosis imparable.

Pero el que más me preocupa es Uribe. Con las nuevas revelaciones de las 'chuzadas', está más congestionado que la 26. Y encima, Santos cambia la terna para elegir Fiscal, se declara nuevo mejor amigo de Chávez y reconoce que en Colombia hay víctimas. En otras palabras: no para de pisarle los huevos. Los tres. Y por eso temo que le dé un infarto. O al menos un varicocele.

Yo, al menos, no descarto que Uribe tenga corazón. Y por eso estoy preocupado: Colombia soporta cualquier cosa -que la Contralora pose en la prensa con un chihuahua, que Moreno de Caro abra una universidad-, menos vivir sin Uribe: ¿qué tal que le pase algo? ¿Quién nos haría reír en Twitter? ¿Quién soportaría a Jorge Alfredo, a quien el esmoquin ya no le cierra, transmitiendo en directo las exequias mientras suena la música triste de El camino de la vida y pasan imágenes del ex mandatario tirándose en cámara lenta por un tobogán?

No siento misericordia por los ex presidentes colombianos, de los cuales apenas dos han pagado por los desastres de sus administraciones. Turbay, que murió aguantándose los poemas de doña Amparo Canal que él mismo inspiraba, y Belisario. Todos deberían ser castigados con una pena tan ejemplarizante como la que padece Belisario: a todos deberían extraditarlos a Barichara para que tengan que ver a Dalita Navarro recién levantada haciendo esculturas de greda por el resto de sus vidas.

Pero no ser compasivo con los ex presidentes no significa que sea insensible con el pobre Uribe.

Colombia es un país ingrato que no piensa en la salud de sus líderes. En el primer mundo, a Samuel ya le habrían asignado un dentista para que examine el tamaño de sus mordidas y le ofrecerían cómodos planes familiares para que pueda llevar a Iván y a su mamá.

Acá, en cambio, nadie hace nada por ellos. Miren a Angelino: los médicos decían que Angelino había evolucionado muy bien, pero para mi gusto aún tiene cosas de Peter Cantropus. La forma de hablar, por ejemplo. Cien días después de su infarto, se nota que perdió el aliento. Lo cual, dada la ingesta de alimentos ricos en ajo de su dieta, es una grata noticia para el país, o al menos para sus asesores más cercanos.

Por el mismo camino de Angelino va su yerno, 'el Gordo' Bautista. Debería ingresar a la Policía ecuatoriana para que le enseñen a quemar llantas. U obligarlo a que practique un deporte. Yo aprovecharía la fiebre que Édgar Rentería despertó en el país y lo metería en clases de béisbol. No es sino que el pitcher se voltee para que 'el Gordo', ¡ah, gordo sabandija!, ¡gordo rata!, ¡caco!, ¡ratero!, se robe una base.

Pero el que más me preocupa es Uribe por el grado de estrés al que lo tiene sometido el sorprendente gobierno de Santos.

Es urgente que el ex presidente se distraiga, que haga deporte.

Hace poco vi en las noticias que visitó el estadio Santiago Bernabéu. Le regalaron una camiseta firmada por los jugadores del Real Madrid. Él, en retribución, le dio a Cristiano Ronaldo un poncho firmado por todos sus ex ministros. Después le pateó unos tiros a César Mauricio que, tal y como lo hizo en Palacio, lo tapaba todo.

Bien: que ese sea el paso inicial para que Uribe monte su propio equipo. Piñera tiene uno con los mineros; Evo Morales también y, en un partido reciente, le pegó un rodillazo en los testículos a un concejal de La Paz, según mostró la prensa. Pobre Evo, es muy subdesarrollado. Yo no veo al presidente Santos pegándole en la entrepierna a, digamos, David Luna. Los veo, sí,

desenfundando los palos de golf como si fueran espadas, a la entrada de la taberna del Country, para quitarle un caddie el uno al otro. Ojalá se dé ese escándalo.

Conozco el estilo futbolístico de Uribe: no pone defensas sino autodefensas. Sabas cuadra a los árbitros. Andrés Uriel juega sin balón. Todos hacen interceptaciones. Londoño desborda por la extrema derecha. Dilian Francisca salta excitada con un uniforme de porrista que deja ver unos cucos puestos al revés, según ella, para la buena suerte. Como cábala previa a cada partido, sumergen a Valencia Cossio en un acuario con dos cajas para que elija en cuál meterse.

Es el juego que el país tanto aplaudió y del que comenzamos a conocer detalles. Entreguémosle a Uribe el fútbol colombiano, que no es que sea de infarto. De infarto está él. Y hay que ayudarle.

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