Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/01/06 00:00

¿Qué pasa cuando se detiene el tiempo?

Miriam de las Victorias Tello analiza la extensa novela de Ángela Becerra `Lo que le falta al tiempo` y concluye que ninguno de los personajes escapa al doble juego entre el pudor y la impudicia.

¿Qué pasa cuando se detiene el tiempo?

“La santa poseía lo que le faltaba al tiempo: detenerse”. La extensa novela de Ángela Becerra, Lo que le falta al tiempo, pasa, como el alma de la narradora, por todas las estaciones del año. El invierno, el otoño, la muerte, hacen valer su presencia desde la primera página del libro, a la par con los pies descalzos de Mazarine, quien sólo encuentra paz después de descubrir sus orígenes ancestrales secretos. En los años 80, la vida de la protagonista se desarrolla al lado del cadáver de una adolescente que fue violada y asesinada a los 14 años a manos de la Santa Inquisición; la muerta ha sido conservada, en la casa de Mazarine, dentro de un armario que hace las veces de santuario, por generación tras generación de la familia Cavalier, perteneciente a la Orden Arts Amantis, los amantes del arte, quienes desde la Edad Media hasta la época de la protagonista dieron rienda suelta a la búsqueda del cuerpo de Sienna para guardarla como su santa protectora del arte dual en las Catacumbas de París, donde todavía hacían reuniones y rituales a sus muertos.

Esta novela fabricada, según narra la autora, a raíz de una historia contada por sus amigos Teresa Soler y Ángel Cequier, sobre los cuidados promulgados por la familia Soler al cuerpo de Clara Mártir, transcurre en dos tiempos bien diferenciados, el medioevo y el modernismo. En el primero aparecen con fuerza movimientos y sectas que defienden ideales religiosos, en el que las mujeres se vieron obligadas a librar batallas de distinto orden en unión con sus padres, hermanos e hijos, defendiéndose de los ejércitos cruzados dirigidos por Simón Montford y bajo la custodia de Inocencio III, quienes se abalanzaron contra todo lo que consideraron herejía y por fuera de las leyes del cristianismo. En el otro tiempo cobijado en la novela, el modernismo, con sus signos ezquizoides de celulares, internet y desesperanza, Mazarine camina descalza por las calles de París, tal como fue la costumbre de las mujeres de la Orden los Arts Amantis; camina limpia y sin rasguños, casi como un ser alado, con su mundo dividido en dos: por un lado, su doble: la santa, fue su mundo mental, inconsciente, al que confiesa en secreto sus penas existenciales y sus amores imposibles no resueltos (Mazarine es la encarnación viva de la adolescente dormida por siglos). Por otro lado, ausente de la realidad, cae presa de un amor inconcluso, manifestación de un yo confuso, ansioso por alcanzar una conciencia de ciertas fases de su evolución mediante la pintura; mientras, Cádiz, su maestro, el hombre de sus pasiones, está sumergido en su estilo de pintura denominado por él “dualismo impúdico”, atado contradictoriamente a los sentimientos religiosos y de tradición familiar, entre la metafísica y el fuerte impulso por inflamar su ego, contraponiéndose a todos sus miedos sin distinguir el fastidio de vivir y el ingenio de su arte pictórico.

Ninguno de los personajes escapa al doble juego entre el pudor y la impudicia; donde quiera que aparece el pudor están las huellas del misterio, del concepto religioso que no es otra cosa que el entrenamiento del dominio sin límites. La Orden de los Arts Amantis pretendía poseer el cuerpo de la santa desde los tiempos en que era usual el tráfico de reliquias religiosas; era la época de la mafia de traficantes de reliquias cárnicas: de huesos, pelo, uñas, o cuerpos de los llamados santos o mártires. Cádiz, con su cabeza encanecida y sus ojos gastados, hacía de su vida un manejo de doble moral. Enamorado como estaba, debía rehusarse a dirigir sus miradas deseantes y carnales a la joven alumna de 23 años. En el llamado dualismo, según la autora, desde sus comienzos, en la Edad Media, estaban completamente ligados el amor y el arte en estado puro; entonces era dado concebir el retrato dual: las dos caras de un mismo yo. Coincidieron así maestro y alumna cual acto simbiótico, en el deseo de pintar juntos cuadros en los que se plasmara en el lienzo la pasión carnal y la espiritual. A través de la pintura, un instinto animal les unía sin rozarse. El pintor presentó la más célebre exposición de arte erótico en París, misma exposición que llevó al fracaso de vida de ambos pintores: el reconocido Cádiz, al confesar la participación de su alumna en el trabajo común, descorre el telón de su propia arrogancia, que encubría sus miedos y sus sentimientos dobles; la relación con Sara, su esposa, se rompe, y se abre una brecha insalvable entre él y Mazarine. El resultado de la exposición creó un halo de exhalación de gloria y muerte, pues la realidad sobrepasó los conceptos de dualidad del ser humano.

¿Ficción o realidad? En pleno siglo XXI se hace una narración llena de truculencias, desde la relación enfermiza de Mazarine con la muerta Sienna hasta el homicidio de Cádiz. El recalcado dualismo no es sólo del alma humana sino que se transporta a los lienzos del pintor y a la concepción de un arte nuevo, que no es otra cosa que el reflejo del tratamiento dado en este siglo XXI a las letras y a las artes en general; dicho con las palabras de Sara: las formas de ninguna manera hacen el fondo, pero sí ayudan a sublimar un hecho, a hacerlo inolvidable. En la novela, el contenido subordina la forma de expresión, un rasgo de la literatura clásica que ha sido dejado atrás en nuestros días. Se observa una escritura esmerada que, sin embargo, no logra una buena amalgama entre el tiempo antiguo, donde viven los sectarios del Arts Amantis, y el tiempo moderno, en el que transcurre la obra. No basta mostrar fotografías, como hace la novela, del personaje Mazarine descalza en París, como descalzas andaban las mujeres de dicha secta, para actualizar el anacronismo. Si lo que le falta al tiempo es detenerse, esta búsqueda de la posesión de la santa, un tiempo detenido, cifra el carácter de la novela en su conjunto, una suerte de empresa mortuoria. Es así como el lector siente el desarrollo de estos temas escabrosos, lo que da lugar a una atmósfera francamente ajena a los afectos y a la realidad político-social de esta época.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.