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Opinión

  • | 2015/03/11 16:04

    ¿Qué pensarán las FARC?

    ¿La guerrilla tendrá la misma desconfianza hacia el establecimiento existente de aquí para allá?

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Millones de colombianos se despertaron este miércoles con enorme desconfianza de lo que puedan hacer las FARC tras el anuncio del presidente Juan Manuel Santos de hacer una pausa en los bombardeos contra campamentos de la guerrilla. “Por esa razón –y para impulsar el desescalamiento del conflicto– he decidido dar la orden al ministro de Defensa y a los comandantes de las fuerzas de cesar los bombardeos sobre los campamentos de las FARC durante un mes. Al cabo de ese tiempo haremos una nueva revisión del cumplimiento del cese unilateral por parte de las FARC y –de acuerdo con sus resultados– decidiremos si continuamos con esa medida”.
 
“¡Qué horror!”, gritaron unos. “¡Ahora si nos llevó el que sabemos!”, expresaron otros. “¡Es el fin! ¡Acabaron con la poca moral que les quedaba a las tropas!”, se lamentaron los demás. Años de confrontación contra la guerrilla han alimentado una desconfianza natural en este lado de la sociedad. Pero ¿cómo recibirán esta decisión allá, monte adentro, entre los miembros de la guerrilla? Y, sobre todo, ¿tendrán ellos una desconfianza igual hacia este lado, es decir, lo que llaman ellos el establecimiento?
 
Eso sólo lo saben las FARC. Es factible, sin embargo, hacerse a una idea de su pensamiento a través de sus entrevistas, sus comunicados, su historia misma, atravesada por las dos palabras de hoy: bombardeos y desconfianza. “Todo este problema nos lo habríamos ahorrado -nos decía ‘Manuel Marulanda Vélez’ a los periodistas en los tiempos de la negociación en El Caguán- si en lugar de habernos bombardeado en Marquetalia el Gobierno hubiera hablado con nosotros”. Se refería al presidente conservador Guillermo León Valencia, quien, a principios de la década del 60, decidió exterminar a sangre las resistencias campesinas que reclamaban en Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero, Sumapaz, El Ariari.

El líder de ese movimiento, Pedro Antonio Marín, sobrevivió a esos bombardeos y junto con sus primos y otros labriegos se internó en las montañas y creó las FARC. Una guerrilla que volvió a sentir el rigor de los bombardeos, muchos años después, el 9 de diciembre de 1990, cuando el presidente César Gaviria Trujillo ordenó acabar con aviones Kfir, A-37 y helicópteros artillados a Casa Verde, en cercanías del río Duda, en las estribaciones de la cordillera Oriental, en Uribe, Meta, hasta donde la insurgencia se había expandido. A pesar del despliegue tampoco acabaron con las FARC. Por el contrario, estas se hicieron más fuertes.

Luego, los bombardeos se volvieron una constante. El más ruidoso fue en la misma noche del 21 de febrero del 2002, cuando se rompieron los diálogos del Caguán. A pesar de que había un acuerdo entre las partes de darse un margen de tiempo para volver a la confrontación en caso de que esto sucediera, el presidente Pastrana no esperó y ordenó acabar con todos los campamentos que estaban en Los Pozos creyendo que así mataría a la cúpula de una vez por todas. Las FARC, siempre tan desconfiadas, preveían un incumplimiento y habían levantado sus pertrechos para volver selva adentro. A pesar de tan descomunal uso de fuerza, no mataron a nadie del Secretariado.

Y volvimos a ver los bombardeos por televisión cuando mataron a su líder ‘Alfonso Cano’, el 4 de noviembre del 2011, en Suárez, Cauca, en una operación con una decena de aviones, 20 helicópteros, en la que se arrojaron centenares de kilos de explosivos y participaron 5.000 hombres. La acción se produjo en momentos en que ‘Cano’ ya mantenía conversaciones secretas con el Gobierno para iniciar el proceso que ahora se adelanta en La Habana. Y a pesar de la desconfianza, las FARC siguieron adelante.

En la isla empezaron a contar las consecuencias de los bombardeos. “Nos pegan unas matadas muy horribles”, dijeron. “Ese estruendo de las bombas es el infierno. Las explosiones nos rompen los oídos, la tierra nos cae encima y cuando todo ha pasado, apenas se oyen los gemidos de los sobrevivientes y aquí y allá hay pedazos de cuerpos, cabezas, de los compañeros, de nuestras parejas”. El eco de sus relatos se escucha nítido cada vez que de aquí llegan noticias de un nuevo parte militar de parte del Estado. Y, sin embargo, continuaron en la mesa de conversaciones.

En este tiempo han cambiado el tono, insisten en que ellos han cedido: tienen a casi todo el Secretariado en La Habana hablando en lugar de estar aquí disparando, han pedido perdón por lo de Bojayá, decretaron una tregua unilateral e indefinida, anunciaron que no reclutaran menores de edad, entregaron voluntariamente al general Rubén Darío Álzate, han dicho que su propósito es hacer política legal, que van a participar en el desminado, se reunieron con Kofi Annan, hablaron con el enviado de los Estados Unidos, iniciaron la subcomisión con seis generales y un almirante activos. Y desde su perspectiva creen que no han recibido nada a cambio.

Ponen de ejemplo el texto del Plan Nacional de Desarrollo que va en clara contravía de los acuerdos firmados, señalan la política agraria del actual gobierno que para ellos sólo aumenta la inequidad y dicen que están sentados y con paciencia negociando a pesar que de que “no se puede tocar el origen de los problemas”: “Podemos hablar y negociar de todo menos el modelo político, el económico y el militar, es decir, las tres causas por las que nos levantamos en armas”. Pero, afirman, seguirán.

“¿Ustedes creen que Santos si quiere hacer la paz?”, le preguntó la periodista María Jimena Duzán a ‘Carlos Antonio Lozada’, uno de sus comandantes. “Sí. Claro que él quiere firmar la paz, pero lo que no quiere hacer son las reformas estructurales para mantenerla”. A pesar de esto continúan punto tras punto. Exigen, eso sí, acabar con el paramilitarismo y sus distintas expresiones porque para ellos está intacto en el país. “Aunque se cambiaron de nombre, son las mismas bandas criminales”. Para ellos, es trascendental ponerle fin a este fenómeno armado no sólo por el acoso y persecución contra líderes de derechos humanos, maestros y campesinos, sino porque prevén que tras la firma los mataran a ellos como hicieron con Guadalupe Salcedo, Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo Leal.

Lo sorprendente de estas mutuas desconfianzas es que la negociación avanza, entre los suspicaces de aquí y los escépticos de allá. Mientras muchos se despiertan horrorizados, otros, en cambio, interpretan que empieza a asomarse el fin de una guerra cuya página más sonora en sus inicios fue un bombardeo a un joven llamado Pedro Antonio Marín, conocido como ‘Tirofijo’, y que murió de viejo.

*Director de Semana.com
Twitter: @armandoneira 
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