Opinión

  • | 2008/07/05 00:00

    Que prohíban a los pobres

    Con ellos no hay nada que hacer: prefieren vender libros piratas en los semáforos, bajo el sol o la lluvia, en lugar de trabajar en una oficina, como uno.

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Voy a empezar con una claudicación: para dejar de angustiarme con los asuntos que me indignan, he decidido no pelear contra ellos. En adelante, por ejemplo, estaré de acuerdo con que el presidente Uribe crea que el Estado colombiano no es laico; rezaré de rodillas con él en las transmisiones presidenciales; exigiré que los capellanes que estaban en el recibimiento de la liberación de los secuestrados aparezcan también en todos los actos de gobierno. Y ya convertido a ese catolicismo cerrado y arcaico, apoyaré también las ocurrencias de los políticos más religiosos.

Empezaré por la de estos dos: la representante Gloria Stella Díaz, del Mira, el movimiento de la iglesia de dios ministerial, y el senador conservador Jorge Hernando Pedraza. Ellos son los responsables del proyecto de ley para reformar el Código de transporte, que sanciona a quienes den limosna o compren a los vendedores ambulantes que no estén a 200 metros a la redonda de los semáforos, bermas y demás, con una multa de 461.500 pesos.

Claudico: no pienso atacar ese proyecto tan hiriente, sino todo lo contrario. Me uno a ellos, y pienso defender esa ley como si fuera propia. Quizá sea la mejor manera de no sentir náuseas.

De modo que lo primero que debemos hacer es advertir lo siguiente: y es que cuando uno va en un carro, los pobres se agolpan en las calles y arman trancones, y hay unos que abusivamente recuestan contra el vidrio almanaques y chicles y chocolates para que uno les compre.

Y eso no está bien, porque nosotros, la gente de bien, como la doctora Gloria Stella o el doctor Pedraza, tenemos derecho a que los pobres no nos toquen los carros. Y eso que ellos dos deben tener escoltas, sino que ambos tienen la grandeza de pensar en el pueblo, en quienes no tenemos guardaespaldas que espanten a los pobres que se arriman a ensuciar lo que no es de ellos. Porque, no nos digamos mentiras: a veces se acercan a lavar los vidrios y lo que hacen es dejarlos llenos de grasa, y uno debe pasar por la molestia de hacerles señas para que no toquen el panorámico, de pitarles, incluso de encender el parabrisas para espantarlos.

Y uno no entiende por qué todos esos pobres deciden irse a las calles a entorpecer el tráfico, con todas las opciones que el Estado les ofrece para que trabajen en lo que quieran. Pero con ellos no hay nada que hacer: prefieren vender libros piratas en los semáforos, desde la madrugada, bajo el sol o la lluvia, y por unas migajas de dinero, en lugar de trabajar en una oficina, como uno.

Creo, y estoy casi seguro de que los doctores Pedraza y Díaz me acompañan en esta creencia, que cada quien debe conservar su sitio para que la sociedad funcione. Hay lugares como el campo, para que los pobres puedan darse allí de manera silvestre, y procreen entre ellos, y vivan o se maten o hagan lo que quieran, sin necesidad de estar invadiendo las calles. Hay que ver lo bonita que está la ciudad como para correr el riesgo de que acabe llena de mugre y de cáscaras. Porque, no nos digamos mentiras: hay unos muy chistosos y todo, como el que fue concejal, pero en general los pobres dejan todo sucio.

Además, nadie puede negar que tiene más movilidad el cuello de Mauricio Cárdenas que un carro que transita por las calles de Bogotá. Y que todos esos desempleados paupérrimos, y esos desplazados de la violencia, y esas madres miserables que explotan a sus hijos y los obligan a que pidan monedas, se demoran en quitarse cuando uno va a arrancar, lo cual es grave para el orden social del país.

He pensado militar en el Mira, en caso de que me lo autorice mi jefe político, el doctor Holguín Sardi, a quien no he conseguido agarrar despierto para hacerle la consulta. Desde allí demostraré que, al igual que mis copartidarios, no tengo nada contra los pobres y que de hecho me quiero comprar unos. Los pobres son muy útiles para cuando uno quiere hacer obras de caridad, entre muchas otras cosas. Si aún no me los he comprado es porque estoy esperando a que con la seguridad democrática haya más sobreoferta, bajen los precios y haga mejor negocio.

Quizá cuando los tenga, ellos mismos me ayuden a entender cómo puede haber gente tan fascista como ese par de políticos católicos. Y quizá también me ayuden a comprobar una cosa: y es que si el Presidente sanciona esa ley, queda claro que la política social de su gobierno no consiste en acabar con la pobreza, sino en acabar con los pobres.
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