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Opinión

  • | 2011/05/07 00:00

    ¿Qué es el santismo?

    Entiendo que solo los imbéciles no cambian de posición, pero cuando se cambia tanto se corre el peligro de convertir la política en un kamasutra de difícil aplicación.

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La respuesta a este interrogante me temo que no la sabe nadie, a pesar de que ya llevamos casi un año de santismo. Y me temo que los menos indicados para responder esa pregunta son ese pocononón de columnistas y de periodistas que hasta hace poco fueron los portaestandartes del antiuribismo y que hoy se han transformado en apaciguados santistas, grupo en el que hasta yo -tengo que aceptarlo- tendría que incluirme.

A mí me ha costado trabajo el tema, lo confieso. Por más que trato, no consigo ubicarlo en el espectro político nacional. Hace poco se fue a donde los conservadores y les dijo que él siempre había tenido a ese partido cerca de su corazón y que de cierta forma él se sentía conservador, así él no lo fuera. Cuando comenzábamos a pensar que Juan Manuel Santos se había convertido al conservatismo en esa ceremonia privada con los azules, llegó a Anapoima a reunirse con el Partido Liberal y les dijo que no: que su estirpe era liberal y que nunca había dejado de serlo. Sin embargo, a los cinco minutos de haber salido de la reunión con los liberales, trinó en su Twitter una declaración de fidelidad a La U. "Ese es mi partido", creo que dijo. Y como si toda esta confusión ya no fuera suficiente para poner nervioso hasta al difunto profesor Duverger, que desde su tumba debe estar tratando de descifrar este misterio de la ciencia política, la semana pasada Tony Blair, de visita en Cartagena, nos sorprendió con la noticia de que el presidente Santos en realidad no era ni conservador, ni liberal, ni de La U, sino de la Tercera Vía.

Con el paso del tiempo, el talante de su gobierno comienza también a ser indescifrable. Evidentemente, su administración no tiene el derrotero de la guerra como lo tenía Uribe, pero tampoco tiene el derrotero de la paz, como ocurrió en la administración Pastrana. Su posición frente a las víctimas y su interés por sacar adelante lo ubicarían como un gobernante progresista en esos temas tan espinosos para la extrema derecha colombiana, pero a renglón seguido sale a solidarizarse con el general Arias Cabrales y, sin mayor empacho, se va en contra del juez que lo condenó a 36 años de cárcel por los desaparecidos en el Palacio de Justicia, calificando el fallo de "injusto".

Lo dicho: unas veces Santos nos recuerda a Uribe -¿no era acaso el dueño del Ubérrimo el que salía a cuestionar los fallos de la justicia?- y en otras decide que es hora de zafarse de esa camisa de fuerza semántica que heredó de su antecesor y que mantuvo al país bajo la tesis absurda de que en esta nación, llena de guerrillas y de narcoparamilitares que se regeneran como si fueran conejos, no hay conflicto. También nos dijo que iba a ser un presidente dedicado al cuidado de los recursos naturales, pero su gobierno anda impulsando proyectos en zonas de gran importancia ecológica. ¿Alguien me puede decir en qué consiste realmente el santismo?

Si bien es cierto que ha sido acertado su viraje en el tema de las relaciones internacionales, verlo así, tan de buena tónica con el presidente Rafael Correa cuando hace poco en unos debates presidenciales decía que se sentía orgulloso de haber llevado a cabo la operación que acabó con Raúl Reyes en el territorio ecuatoriano, no deja de sorprenderlo a uno. Para no hablar de cómo fue que hizo para convertirse en el mejor nuevo amigo de Chávez, luego de ser su más encarnizado enemigo. Ni de por qué ahora de presidente ha desechado el polémico desacuerdo de las siete bases con los Estados Unidos, cuando él fue quien lo impulsó como ministro de Defensa. Entiendo que solo los imbéciles no cambian de posición, pero cuando se cambia tanto se corre el peligro de convertir la política en un kamasutra de difícil aplicación.

Repito: a pesar de que me encuentro entre las que les gusta este nuevo Santos, si alguien me pone a decir para dónde va su política exterior, de pronto me pierdo. Lo único que le diría es lo mismo que le aconsejó Felipe Zuleta, otro santista de nuevo cuño, en una columna: que no viajara tanto al exterior, sobre todo, mientras aquí en el país se le están inundando hasta sus locomotoras del desarrollo. La de la agricultura está anegada, la del desarrollo sostenible está siendo arrasada por la locomotora de la minería y la de la industria no anda porque ni siquiera ha sido considerada como una locomotora. (Entrados en gastos, tengo el pálpito de que Santos tampoco habría debido ir al Festival Vallenato en el momento en que la mayoría de los colombianos estaban sufriendo los peores embates de un invierno que vino para quedarse.)  

En fin. No los quiero aburrir con el tema porque al fin y al cabo Santos ha ido enderezando las cargas que estaban llevando al país hacia el abismo de la desinstitucionalidad. El problema es que, una vez hecho el cambio de rumbo, no sabemos muy bien hacia dónde es que nos está llevando.
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