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Opinión

  • | 2017/09/19 10:39

    La pregunta del millón

    ¿La lucha contra la corrupción, como pegamento central de las coaliciones electorales, es suficiente?

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La lucha contra la corrupción no rinde tanto. Esa bandera no alcanza a arroparlo todo ni a todos, porque si todos los candidatos ahora la tienen como plataforma electoral, la prometen como programa prioritario de gobierno y la usan de caballito de batalla mediático, ¿qué los diferencia? 

¿Qué entiende cada uno por corrupción? ¿Cuál tiene la mejor fórmula para acabar con ella? Y otra cuestión: si buena parte de los candidatos y precandidatos han desempeñado cargos públicos, ¿qué tanto han hecho con las leyes y mecanismos que existen? Si la lucha contra la corrupción busca cambios en la sociedad, ¿será mejor avanzar paso a paso, o a estas alturas conviene un cambio más profundo, rápido y abrupto, del andamiaje estatal? La respuesta marcará el modelo de gobierno.

Estamos en subienda electoral. Muchos candidatos azorados tratan de quitarse el ajado y manchado vestido de “políticos” para reemplazarlo por firmas, algo así como un tácito y renovado aval hecho a la medida que los blinde de ser acusados de corrupción. Los renegados quieren lucir mejor y el botox de temporada es hablar de lucha contra la corrupción. La promesa circula por todos lados, hasta la Farc la ha incorporado a su discurso.

¿Para qué? Para estar a tono con los tiempos electorales. Para recoger votos y decirle algo -¿exactamente qué?- a un electorado que se siente agobiado, generaliza y los rechaza en rama. El mismo electorado que con frecuencia está dispuesto a mirar para otro lado atendiendo un principio perverso: como todos los políticos son corruptos, entonces voto por el que al menos me traiga algo, así sea mal habido.

Fukuyama lo dijo en su texto Qué es la corrupción, a propósito de lo que caracteriza a las democracias del mundo: si en el Siglo XX la discusión estaba entre izquierda y derecha, ahora la diferencia está en “la calidad del gobernante, el cual, a su vez, se ve afectado por los niveles de corrupción”.

Sea quien sea el o la elegida a la Presidencia, lo más probable es que llegue sobre los hombros de una coalición. ¿Qué calidad de gobierno será? Después de la foto de lanzamiento empieza la negociación de contenidos programáticos, ojalá sólidos y viables. Ese será el momento en el que se verá si una coalición está pegada con babas. Y qué tan transparentes son sus alianzas.

La meta de luchar contra la corrupción, por muy bueno que suene, no alcanza. ¿Dónde están las coincidencias reales en economía, en visión de reformas al Estado, en política energética o laboral entre candidatos como Fajardo, Robledo y Claudia López? ¿Hasta dónde, si miramos el otro toldo, el ungido podrá poner un poco de distancia y ser quien es, buscar consensos bajo una mirada más amplia, sin ser acusado de traidor.

El balance de Transparencia Internacional y otros sobre la distancia que hay entre el dicho –la promesa de lucha contra la corrupción como megáfono electoral- y lo hecho evidencia que las intenciones pueden ser las mejores, la propaganda para movilizar la indignación ciudadana puede ser agresiva, pero que traducir todo eso en hechos y avances de gobierno a favor de la transparencia y la justicia es otro tema. Una promesa electoral se hace a diestra y siniestra del espectro político y en ambos lados se incumple. Populismo y autoritarismo son caldo de cultivo para la corrupción.

Además, otro riesgo es que el respaldo a la lucha contra la corrupción no se traduzca en votación masiva. El electorado, ya en las urnas, más que votar para derrotar a la corrupción (le falta rostro a “la corrupción”), elige al candidato que le resulte más cercano, tangible y que ofrezca soluciones reales en tres temas cruciales: salud, educación y trabajo.

Entonces, ¿hace falta profundizar tanto en el asunto o basta con una versión más pandita de la lucha contra la corrupción y poner la lupa en otros temas? Si todos los candidatos van a hablar de lo mismo, al final dónde está la diferencia. Si no creen, pónganle nombre y firma a estas sentencias:

- “La corrupción amenaza a todos los colombianos”.
- “Pido la más drástica sanción para funcionarios sobornados”.
- “El gran problema es la relación entre partidos y el Congreso a base de mermeladas”.
- “El antídoto contra la corrupción es la transparencia”.
- “Ya no se sabe quién es más corrupto, si el gobernante o la clientela”.
- “Hay corrupciones de corrupciones y hace rato se salió de proporciones”.

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