Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2006/11/18 00:00

    ¿Qué tan grave es la situación?

    Sin duda para mí las dos mayores crisis desde el 9 de abril fueron el holocausto del Palacio de Justicia y el asesinato de tres candidatos presidenciales

COMPARTIR

Ante la avalancha de sucesos que vienen estremeciendo al país, Alberto Casas dijo en La W que este es el peor momento que ha atravesado Colombia después del 9 de abril.

Debo admitir que la reflexión me hizo tiro, pero también me produjo la duda de si es válida, o es exagerada.

Porque echando para atrás en la historia, después de esa fecha han sucedido muchas cosas graves.

Se recrudeció la guerra fratricida entre liberales y conservadores, que dejó más de 200.000 muertos.

El Congreso de la República fue cerrado por Ospina Pérez.

Tuvimos un golpe de Estado y la instalación de un general, Rojas Pinilla, en el gobierno, una de las más graves crisis institucionales de la historia.

Los errores en el manejo de los brotes de insurrección en Marquetalia dieron nacimiento al fenómeno guerrillero que aún padecemos: después del Frente Nacional, pasamos de la guerra entre partidos a la lucha de clases, alimentada ideológicamente por el ambiente mundial de la revolución castrista y la Guerra Fría.

Vivimos la toma del establecimiento por parte del narcotráfico: el país fue sometido a una incesante violencia narcoterrorista, a partir del asesinato del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara. Los hijos de los policías, a los que asesinaban con la fórmula de la ruleta rusa, no sabían si iban a ver a sus padres regresar vivos a sus hogares, y las madres no sabíamos si íbamos a recibir vivos a nuestros hijos cuando los enviábamos al colegio.

A comienzos de los 90 se revocó el Congreso a través de una reforma injurídica vestida de golpe de opinión para recuperar la institucionalidad a través de un vuelco en la Constitución.

Luego vivimos el proceso 8.000, el culmen de la infiltración narco en el gobierno, hasta el punto de que en un mismo período coincidieron en el país un Presidente, un Procurador, un Contralor y es probable que por lo menos medio Congreso, impuestos por los narcos.

En el siguiente período presidencial se experimentó con un fallido proceso de paz con la guerrilla y se disparó el fenómeno paramilitar, que ya venía creciendo de tiempo atrás, con el consecuente debilitamiento por punta y punta del Estado.

Pero sin duda alguna para mí las dos mayores crisis después del 9 de abril fueron el holocausto del Palacio de Justicia, con la disculpa de hacerle un juicio político al Presidente de la República pero la intención real de borrar los archivos judiciales de los narcos, y el asesinato de tres candidatos presidenciales, Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y Galán.

Lo que nos está sucediendo hoy en Colombia no sólo es la confluencia de todo lo anterior, sino que pocas veces y al mismo tiempo, las instituciones habían estado tan debilitadas.

El Congreso y la clase política en general aumentaron su desprestigio, que ya tenían ganado por cuenta de la corrupción y los lazos con el narcotráfico, ahora crecido porque sus miembros han comenzado a ser desenmascarados como la 'matriz social' del paramilitarismo.

La desaparición de los partidos políticos es indiscutible, y quién sabe si irreversible.

La Iglesia, que ha sido durante los últimos 50 años una institución muy fuerte en Colombia, ha sufrido su propio desgaste con su falta de liderazgo y de influencia en el conflicto interno del país, y recientemente, como coletazo del fenómeno a nivel internacional, por los escándalos de pederastia.

La institución militar y el cuerpo de Policía no podrían estar peor parados, ni cuando era evidente que habían sido permeados por el narcotráfico. No sólo subsisten esos vasos comunicantes, sino que los 'falsos positivos' y hechos tan inexplicables como la masacre de Jamundí los tienen divididos y expuestos al descrédito de la opinión.

La Fiscalía quedó duramente cuestionada después de los hechos del 'brujo' y de repetidos casos de corrupción interna.

La Procuraduría está bajo la lupa por supuesta omisión frente a intereses regionales y relaciones familiares.

Las Cortes Constitucional y Suprema y el Consejo de Estado andan en un agarrón institucional y mantienen abiertas unas heridas limítrofes muy delicadas, que han redundado en el descrédito de la justicia.

Y el gobierno, como institución, está reducido a la presencia de un Presidente fuerte rodeado de ministros muy débiles y muy poco influyentes.

Y aunque el Presidente fue reelegido con más de siete millones de votos, la figura de la reelección le quitó a la Presidencia del país una majestuosidad institucional, que no se sabe bien hacia dónde degenerará en el futuro.

Para completar, el gobierno norteamericano, nuestro padrino durante estos últimos ocho años, está gravemente desgastado, derrotado, desbalanceado. Y es la primera vez que los países vecinos no son solidarios con Colombia en su lucha contra la guerrilla.

Dejo a los lectores la respuesta al interrogante que abrió esta columna.

¿Está viviendo Colombia la peor crisis de su historia desde el 9 de abril?

ENTRETANTO… ¿No será hora de mandar al país de vacaciones?
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1830

PORTADA

En la cuerda floja

La economía avanza a paso muy lento. Se necesita con urgencia un estartazo, pero el desánimo y el pesimismo limitan las posibilidades de una recuperación.