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Opinión

  • | 2014/12/24 00:00

    ¿Qué vamos a comer el 24?

    Con la comida de navidad podemos exigir más información sobre la industria de alimentos.

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¿Qué se va a servir en las novenas? ¿Preparamos pavo, mantenemos los buñuelos o hacemos natilla? Este tipo de preguntas, que en un comienzo son respondidas por la barriga, iluminan una discusión más general sobre la justicia alimentaria y la relación de la cocina con la política. De hecho, en las recetas navideñas hay tres platos que llaman la atención por el vínculo que tienen con una forma de la industria y la falta de información que tenemos sobre ellos.

En primer lugar está el pavo. Aunque es un alimento que se relaciona directamente con la tradición estadounidense de la fiesta de Acción de Gracias, a paso lento esta ave se ha abierto campo en las mesas colombianas. Basta con ir a los supermercados para ver cómo las neveras están inundadas de pavos. Sólo para dar un ejemplo, en dos grandes almacenes de cadena encontré 11 marcas de pavo, de las cuales sólo 4 son nacionales.  Pero, ¿cómo se produce esta carne? ¿es verdad que es más saludable que el pollo o el cerdo? Si se le mete el diente a las granjas, la respuesta parece ser no. El libro de  Safran Foer, sobre la ingesta de animales, cuenta cómo las granjas de pavos son una industria casi terrorífica. En los galpones las aves viven en condiciones de hacinamiento, unas encima de otras, en medio de su propio estiércol, sin poder salir a caminar, ni a recibir luz solar. Las condiciones físicas de las granjas son acompañadas de modificaciones genéticas que le imposibilitan a los pavos de granja reproducirse y que obligan a los supermercados a inyectar químicos a la carne para que no pierdan su peso.

La lógica de la producción en masa de alimentos, es la que ha llevado a que la industria del pavo haya crecido de manera estable durante los últimos años y que el 99% de los pavos que crecen en el mundo sean destinados al consumo.  Sin embargo, toda esta información es silenciada y las personas que van a los supermercados a buscar el pavo de navidad sólo encuentran en las bolsas recetas que explican cómo adobar la carne,  marinarla en vino o caramelizar su cuero.

Los otros dos platos son los buñuelos y la natilla. Estos alimentos, reyes en los banquetes navideños, comparten un ingrediente en común: la fécula de maíz. Pero, ¿qué tipo de maíz se usa para la producción de las harinas de estas dos recetas? Si se lee la parte posterior de las cajas es imposible saberlo porque las empresas productoras no lo explican. Lo que sí sabemos es que en Colombia la siembra de maíz transgénico ha venido en aumento. De acuerdo a Asociación de Biotecnología Vegetal Agrícola, en el 2007 fueron sembradas 6.901 hectáreas de maíz transgénico, 6 años después, el número de hectáreas aumentó a 75.094. Los efectos de las semillas transgénicas se dan en diferentes niveles. Por ejemplo, en el ambiente ponen en riesgo la diversidad al desplazar otras a otras semillas y sembrarse bajo la lógica del monocultivo. En la salud humana, Greenpeace ha demostrado que el consumo de alimentos transgénicos genera nuevas alergias y resistencias a antibióticos. Los efectos también han sido económicos pues, los maiceros del Tolima ya han denunciado estar al borde de la quiebra por el uso de estas semillas.  

Por esto es que antes de comer hay que preguntarse más que la receta para preparar los alimentos. Como lo proponía en otra columna Rodrigo Uprimny, llegó la hora de que los consumidores del mundo nos unamos e investiguemos nuestros platos. En el caso de los alimentos es necesario exigirle a las industrias productoras de comida, que expliquen las condiciones en las que fueron producidos los alimentos y los elementos que las componen. Con una información más clara sobre lo que llevamos a la boca, los consumidores podemos elegir qué queremos comer no sólo por su sabor sino también por los efectos que tiene en el mercado de alimentos, nuestra salud y el ambiente.

Adenda: Por final de año Dejusticia se despide de este espacio por el 2014 y regresará a partir del 13 de enero de 2015.

*Investigador del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad – Dejusticia.
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