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Opinión

  • | 2011/08/06 00:00

    ¡Qué viva Colombia, carajo!

    Es exagerado decir que hicimos el ridículo ante los cuatrocientos millones de personas que siguieron el espectáculo. Quizá si la luz hubiera estado prendida.

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Permítanme desahogarme: tengo dolor de patria. Me duele el país. No soporto a aquellos que critican lo que hacemos; a aquellos que despedazan la bonita ceremonia de inauguración del Mundial Sub-20, cuyo resumen cuelgo en la versión web de esta columna.

Es verdad que pudo haber salido mejor, no lo niego. De entrada reconozco que fue una tontería no encargar el montaje a coreógrafos profesionales, como Nerú o William Vinasco Ch. Yo, personalmente, habría tratado de convocar a artistas que bailaran mejor o que, al menos, pesaran menos de 120 kilos. Pero entiendo a los organizadores: ¿qué más podían hacer, si los demás cantantes no acudieron al llamado? El exsecuestrado que canta corridos no volvió a aparecer. Shakira ahora se cree catalana. Silvestre Dangond dijo que prefería reservarse para cantar en el Mundial Sub-12. Y Martha Senn se negó a salir al escenario sin ballenas, pese a que tenía ahí mismo a Juan Piña, que, a mi juicio, lo hizo muy bien, más allá de que haya deglutido a dos bailarines durante la presentación. (Jorge Alfredo Vargas también se lució en la transmisión, aunque luego haya deglutido a Juan Piña).

Es cierto que el show tenía algo de presentación escolar. Pero no lo neguemos: cualquier sueco pudo gozar con ese bello recorrido folclórico que abarcaba todas las zonas del país, como la llanera, interpretada por unos muchachos que simulaban bailar joropo mientras los desplazaban otros que simulaban ser del Bloque Centauros. También fue destacable el espectáculo de explosiones de cierre, que representaba a la población de Toribío; y la irrupción en escena de un señor disfrazado de papagayo, que en un comienzo supuse que era Poncho Rentería, pero que resultó ser Bambuco, la mascota del Mundial. Es injusto. Si recibían mascotas, han debido ponerle una trusa a Pachito Santos y dejarlo bailar en la ceremonia. Se lo merecía. Pobre.

Sin embargo, es exagerado decir que hicimos el ridículo ante los cuatrocientos millones de personas que siguieron el espectáculo. Quizá si la luz hubiera estado prendida. Pero nadie pudo ver nada: ¿quién manejaba la luz? ¿César Gaviria, acaso? ¿Fabio Puyo, el del Guavio?

Y, con todo, el evento fue un éxito. El presidente no pudo hablar porque el micrófono estaba dañado, con lo cual evitamos ofrecerle al planeta la versión criolla del Discurso del rey. Y con la talla de las bailarinas y de Juan Piña demostramos al mundo que en Colombia no hay hambrunas.

Pero, lamentablemente, hay apátridas que no creen en nuestra raza; en esa gente bella, en esa gente linda que come cubios y se mete la corbata entre los botones de la camisa para que no se le chorree en el almuerzo.

Sépanlo de una vez: Colombia es un país en el cual la gente puede cumplir sus sueños. En caso, claro, de que los sueños consistan en ver a Jota Mario Valencia todas las mañanas. Es una lástima que no creamos en nosotros mismos, cuando todos los extranjeros sucumben ante nuestros encantos. Un futbolista inglés estaba preocupado porque le habían dicho que a Inglaterra le había tocado el grupo de la muerte y se veía jugando contra una bacrim. Pero -vean el final del mismo video- una vez que llegó al aeropuerto, lo recibió una comparsa de mujeres policías que bailaban cumbia con unas panderetas, como sucede en cualquier país normal, y el pajarraco Bambuco se abalanzó sobre él y lo puso a dar vueltas hasta que se lesionó el tobillo. Después, en la calle, le robaron el celular, es cierto: pero ya nadie le quitaba lo bailado.

No hay un solo extranjero que no esté gratamente sorprendido con el país: un hooligan quedó derretido con Suso el Paspi. La delegación de Arabia Saudita se convirtió al catolicismo luego de oír el programa El man está vivo, del padre Linero. Y, exceptuando la celebración del gol de James Rodríguez, el pueblo se ha sabido comportar aunque las canchas ya no tengan rejas: las quitaron para encerrar a los exfuncionarios de Uribe porque, al ritmo que caen, Acerías Paz del Río no da abasto.

Es verdad que Bogotá podía estar mejor preparada para recibir el flujo de turistas. Han debido ampliar el horario de los paseos millonarios, al menos, y convencer a Clara López de que no inaugure cada dos horas una nueva cuadra de la 26, porque mientras corta la cinta, lee el discurso y toca la banda, pueden presentarse algunos atascos. Pero hay paquetes turísticos muy completos que incluyen asistir a una frijolada de doña Olga Duque, que es nuestro museo de cera; visitar a Belisario en su clase de manualidades de La Fontana y poder tocarlo para pedir un deseo; alzar al Pincher Arias; alzar a Edward Niño; ir a un concierto con tiroteo en Aguapanela's y conocer la agencia espacial de Angelino.

Dejen las críticas. Amen al país. Todo ha salido bien, y el espectáculo de clausura saldrá aun mejor, como ya lo anunció Yuri Chillán. Ojalá cante ella, Yuri, siquiera una baladita. Y ojalá convoquen a José Obdulio y Bernardo Moreno, que son expertos en hacer montajes; y llamen a Mockus para que caliente al público gritando arengas; y baile Jean-Claude, vestido con mallas y maquillado de señora, que es como lo quiere ver el país; y contraten a Inocencio Meléndez para que cante todo lo que sabe. ¡Y que viva Colombia, carajo!
 
 
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