Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2015/12/04 12:34

¡Quédese, alcalde!

Me dicen que la idea no es mala, pero insisten en que no va a suceder.

Poly Martínez.

Estamos a menos de un mes del fin del mandato de los alcaldes que se estrenaron el pppprimero de enero del 2012. Cuatro años han pasado y con la resaca del 25 y las promesas del próximo 31, seguramente el guayabo nos sorprende tratando de anclar entre la alegría del cambio, el malestar de las oportunidades perdidas y los deseos de que el alcalde que llega sea mucho mejor que el que se fue o, si la ciudad es de esas bien de buenas, que supere los éxitos de su antecesor.

Hay tantos recursos y herramientas de medición como lecturas e interpretaciones de cifras, logros y retrocesos. ¿Cuál puede ser la más ajustada a la realidad? ¿La rendición oficial de cuentas con su despliegue mediático? ¿Mejor los videos didácticos donde una mano visible nos pinta pajaritos en el aire y casitas para indicar, por ejemplo, cuánto fue el avance en vivienda? ¿Nos quedamos con lo que dijo el alcalde en las entrevistas a los medios? ¿Navegamos la avalancha de información que combina todas las formas de lucha digital en las redes sociales?

Definir el perfil de un alcalde, su modelo de liderazgo y evaluar la gestión se ha vuelto un tema crítico en el mundo. Por ejemplo, en Inglaterra ha llevado a replantear todo el sistema. Hoy un alcalde serio debe rendir cuentas y asumir su responsabilidad en un entorno local globalizado, digital pero paquidérmico, atrapado en una administración pública que conspira contra la innovación; tiene que lograr una gestión eficiente y transparente, alejada de la maquinaria política partidista para que no se lo devore en el día a día y le permita enfocarse en los temas clave a favor de la comunidad y no de la politiquería que lo llevó al cargo.

En el caso de Bogotá, tenemos cifras de sobra, disponibles y enfrentadas: las que entregan las Secretarías y las que presenta la Veeduría Distrital; las oficiales vs. las del contralor de Bogotá o de la Personería. A estas se suman las de programas que le miden el pulso a la ciudad y nos cuentan cómo vamos. Y si las de terceros no le gustan al alcalde y considera que todos están contra él, pues tiene las metas e indicadores que él mismo fijó –e incumplió– para su gestión, además de la percepción ciudadana (lo que los argentinos llaman “sensación térmica” y que, haciendo el símil, en Medellín se siente hoy como una eterna primavera, mientras en Bogotá se padece como una condena en el infierno).

Pero a nuestro alcalde la realidad de su gestión se le escapa. Y es en este punto donde lanzo mi propuesta: que Petro se quede al menos un año más.

Ese año extra –que debería ser agregado a todos los alcaldes: cuatro años de gestión y uno para padecer o disfrutar in situ sus propios inventos– lo entiendo como un período de transición, pero en sentido inverso: para regresar a vivir el día a día sin esquemas de seguridad especiales, sin privilegios, sin lagartos, sin la presión de nada, sin la soberbia, sin tener que recibir a los concejales y demás. Hombre raso, a pie o en transporte público, ya no por el carril de Transmilenio aprovechando la escolta y el cargo para tomar atajos. Que camine por los andenes del centro, recupere el estado físico esquivando vendedores y rateros; que disfrute los fines de semana visitando otros municipios de la sabana luego de horas de embotellamiento en cualquier “autopista” de salida. Si tiene carro, que sienta las texturas de la malla vial y se frunza al caer en cada hueco, pague impuestos y se pregunte a dónde va a parar su plata al ver tanto deterioro. Que se baje de la nube y vuelva a pisar la ciudad, con mayor razón si teme que Peñalosa acabe cobrando los éxitos de los programas iniciados en su administración. En últimas, ese año extra se convertiría en el más contundente indicador de su mandato.

Sí, que Petro entregue el puesto el primero de enero del 2016 y se quede a vivir en la ciudad que nos quiere dejar, literalmente. Que no se vaya de año sabático a escampar y estudiar para luego regresar, como si nada y más sabihondo, a dar la pelea por la candidatura del Polo a la Presidencia.

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